Mía Belmont El sol de la mañana se filtraba por las enormes cristaleras del Penthouse, dibujando líneas doradas sobre las sábanas de seda. Me desperté con una sensación de plenitud que hacía meses no experimentaba. Aleksandr todavía dormía a mi lado, con la respiración profunda y acompasada; su rostro relajado perdía por un momento esa dureza implacable que lo caracterizaba ante el mundo. Me levanté con cuidado, disfrutando de la libertad de mi propia desnudez, y caminé hacia el baño para comenzar mi rutina. Necesitaba el agua caliente para centrar mis pensamientos antes de enfrentar el mundo exterior. Me metí en la ducha, dejando que el chorro golpeara mis hombros, y comencé a enjabonarme con lentitud. Sin embargo, el vapor del agua no fue lo único que empezó a calentar el ambiente.

