La notificación de la cita para la primera evaluación del análisis de la posibilidad de realizar la fecundación in-vitro me llegó el lunes en la tarde. Mi corazón casi se detuvo al leerla.
«¿Cómo así?—pensé aterrada—¿Entonces no te importa en absoluto lo que yo opine, Grayson Vallmonth?» me sentí enojada y herida. Todo lo que le había dicho se lo había pasado por las nalgas. Lo odié con más intensidad que nunca.
También detesté a Lizbeth por prestarse para algo así aunque a ella no la culpaba del todo, en su situación de desempleo tenía sentido que aceptará cualquier cosa aún cuando fuera algo que pusiera en riesgo su integridad. Tal vez estaba ante una situación de falta de dinero muy exasperante, además yo tenía la culpa de que la hubieran despedido dos veces.
Le escribí a Grayson un mensaje bastante corto pero explícito y decidido: «no iré», no estaba dispuesta a ceder, yo no quería tener hijos con él y no me importaba el hecho de no tener que llevar la carga del embarazo en mi cuerpo mas bien eso se me hacía mucho más despreciable pues colocaba a otra mujer en una situación de extrema vulnerabilidad solo por necesidad económica.
Mi esposo era experto en aprovecharse de las necesidades de las personas, yo lo sabía mejor que nadie por eso lo despreciaba con tanta fuerza. No era alguien empatico, ni gentil ni benevolente... Solamente era cínico y despiadado.
Él vio mi mensaje y tuvo la osadía de responder: «te veo el miércoles a las 3pm» lo peor era que en esos días no había llegado a la casa, me había dejado a mi suerte, abandonada emocionalmente y luego pretendía que jugara aquel jueguito enfermizo, le diera mis óvulos y tuviéramos una cría solo porque a él se le había metido entre ceja y ceja que quería un heredero. Eso no estaba bien, para nada.
De todos modos no estaba dispuesta a ir, no me iba a presentar por nada del mundo. Así cuando llego el día no fui a lo que Grayson escribió: «ya evaluaron a Lizbeth y está completamente sana, el viernes en la mañana serán tus exámenes para evaluar la calidad de tu material genético, tienes que venir en ayunas». Sentí como la ira me llenaba de pies a cabeza, no pude contenerme y quebré el marco de una de las estúpidas fotos de nuestra boda que estaban decorando la sala. Una foto espantosa en la que yo tenía cara de estar muy enferma y mi marido lucía como un desalmado.
Me quedé dormida llorando como una magdalena, este no era el destino que deseaba para mí odiaba estar sometida a los caprichos del desgraciado señor Vallmonth él era una pésima persona e indudablemente yo merecía algo mejor.
En medio de la madrugada mi teléfono timbro, me levanté buscándolo a tientas y lo descubrí debajo de la cama. Creí que era el bruto de mi esposo pero una vez inesperada llego a mis oídos:
—Hola Karinna—mi corazón latió desbocado, se tratada de nada más y nada menos que Oscar—perdón por llamar pero necesitaba saber de ti—encendí la lámpara medio atolondrada, estaba incrédula de escucharlo hablar—¿Cómo va tu vida?, ¿qué tal está tu esposo y el bebé?
Le conté que no había bebé, que mi matrimonio con Grayson era un fraude y que era profundamente infeliz. No supe porque le dije tanto pero el momento de hipersensibilidad en el que me había llamado influyo en que hablara más de lo necesario. Oscar pareció impactado con todas mis revelaciones, pues cómo no si él tenía otro concepto muy distinto de mí y una idea totalmente distorsionada de cómo habían sucedido las cosas. Supuse que saber la verdad era un alivio para él así como un inconmensurable dolor pues había sido el deber y no el amor lo que me alejó de au persona.
—Escapemonos—murmuró, en medio de aquella penumbra me aferre a esas palabras carentes de sentido como a un bote salvavidas—vayamonos juntos, lejos de ese imbécil de Grayson... Tu mereces ser feliz, no estar con alguien que no te quiere y no es capaz de respetar ni tus decisiones ni tu autonomía. Ese despreciable tipejo te ve como una muñeca cuya única utilidad es servirle, sabes que no es para ti.
—Lo sé—confirme apretando el teléfono de forma casi dolorosa, en ese momento la voz de Oscar era la única compañía que tenía y de cierta forma lograba reconfortarme—quiero irme contigo, lejos de Grayson Vallmonth. No lo amo ni un poco en estos meses lo único que logrado es despreciarlo más de lo que ya lo hacía.
—Entonces ven conmigo, prometo que cuidaré de ti no te haré ningún daño ni te obligaré a hacer cosas que no quieres—me enterneció que Oscar me aclarara eso porque yo lo conocía lo suficiente bien como para saber que el jamás me haría algo así, era la persona más noble y bondadosa que conocía por eso era a él a quien quería y por eso no existía espacio alguno para Grayson Vallmonth en mi corazón.
—Si iré contigo—dije desesperada—vamonos mañana por la tarde, antes de tener que ir a hacer los exámenes de sangre que él quería para evaluar mi salud. Necesito verte, no he vuelto a vivir desde que ya no estas aquí.
Acordamos irnos el jueves por la noche antes de las pruebas que Grayson quería que me hiciera, no estaba dispuesta a ser partícipe de esa locura. Ya había tomando mi decisión, nada ni nadie me detendrían, el tratamiento de mi padre había dado frutos antes de lo esperado. Que aquel idiota viera como se las arreglaba él solo.
Así que mientras el señor Vallmonth esperaba por mí en la sala del hospital privado de W.R.S yo iba en carretera con Oscar, huyendo de aquel destino funesto, dispuesta a tener una mejor vida. No conocía de lo que era capaz el hombre con el que me había casado.