Pasaron los días del mismo modo, Sergio siguió trayéndome el desayuno cada mañana aunque ya podía salir a la calle. Es cierto que todavía necesitaba camisetas de manga larga para ocultar las ahora rosadas líneas de mi espalda y brazos pero no me importaba ya que en la ciudad a la que nos habíamos trasladado por la gira hacía mucho frío. Parecía que la tormenta había pasado y mi vida había vuelto por fin a la calma, las cosas volvían a su cauce.
Llevábamos cuatro días de concierto en esta nueva ciudad y ya estábamos más que estresados de ir de un lugar a otro. Era el momento idóneo para salir por ahí y conocer la ciudad pero como ya era habitual, los demás escogieron ir de fiesta. Hoy no me apetecía demostrar nada ante el grupo, prefería vagar sin rumbo fijo por la ciudad y relajarme en alguna zona tranquila, disfrutando de un poco de soledad sin periodistas ni fans persiguiéndome.
Salí por la puerta trasera del hotel evitando a los cámaras, tomé la primera calle que parecía más desierta y caminé sin prisa con una sensación de calma inundándome las entrañas a cada paso que daba.
Todavía no había anochecido cuando llegué a un parque con una gran fuente en el centro, no me lo pensé ni dos veces antes de tumbarme en la hierba fresca, aquel lugar era el paraje idílico que yo necesitaba para desconectar de la realidad.
Quién sabe cuántas horas pasé en la misma posición mirando las nubes que iban y venían, sólo sé que llegó un momento en que un sollozo me alertó, cada vez sonaba más cerca de donde me encontraba. Me incorporé y busqué su procedencia pero no veía a nadie, era imposible, ese llanto se oía a mi alrededor. No podía estar lejos, tenía que buscar a aquella persona y saber qué le pasaba, por alguna razón inexplicable necesitaba ayudarla. Me levanté y di una vuelta sobre mi mismo para descubrir su paradero, estaba casi seguro de que estaba detrás de mí, así que rodeé los arbustos y allí, agazapada, la encontré, la chica más bella que había visto en toda mi vida, incluso con las lágrimas resbalando por sus mejillas parecía un ángel enmarcado en cabellos azabache.
- Hola, ¿te puedo ayudar en algo?
- Lárgate, no necesito la ayuda de nadie.
- Perdona, no pude evitar escucharte y quería saber si estabas bien.
- Pues ya ves que estoy perfectamente.- Por fin se dignó a mirarme.- Así que acaso que vayas a pagarme la borrachera de esta noche, ya puedes volver por donde hayas venido.
- Entonces vámonos, tú escoges el sitio.- Adiós a la voz de la razón, me había vuelto loco y ya no podía echarme atrás.
- ¿Lo dices en serio? No voy a rechazar la oferta pero ni bebo poco ni vas a conseguir nada conmigo, ¿queda claro?- Todavía me miraba entre atónita y desconfiada.
- Claro, no te preocupes. Ahora di a que sitio prefieres ir.
- ¿Sabes dónde está La Burbuja?
- La verdad es que no soy de aquí y no conozco ningún sitio. Por cierto, me llamo Alex.
- Encantada, te diría mi nombre pero no nos volveremos a ver. Ya que no conoces la ciudad te haré de guía esta noche, ya sabes el precio, una noche a tu cuenta.
No tardamos mucho en llegar al pub del que me había hablado por el camino, era un lugar amplio de estilo moderno, decorado completamente de blanco con sofás de cuero. Nada más entrar ella fue directa a la barra y pidió una rueda de chupitos, estaba empezando a pensar que no había sido tan buena idea aceptar su oferta, si intentaba seguir su ritmo acabaría con un coma etílico como mínimo. Al tomar el primer chupito de absenta y el segundo de tequila ya todo me daba vueltas, no sabía cómo ella podía seguir en pie después de haberse tomado seis chupitos de los alcoholes más fuertes que tenían pero al menos ahora ya estaba animada y se reía.
- ¡Vamos Alex!, te permito el gran honor de bailar conmigo!
- ¿El honor? No sabía que fueras de la realeza, te llamaré entonces princesa.- Tenía ganas de picarla un poco y que sacase un poco de su carácter arisco pero sólo conseguí una sonrisa y que me arrastrara hasta la pista de baile.
Bailamos una canción detrás de otra hasta que llego una lenta y sin previo aviso ocurrió lo que llevaba deseando desde hacía horas, me besó despacio, con ternura, de una forma que yo jamás podría haber imaginado de tan acostumbrado como estaba a los salvajes besos de Sergio.