Capítulo 13

566 Words
Luiggi no dejaba de besarme el cuello y acariciar mis piernas, explorando debajo de mi falda, arañando mis pantimedias. -Cálmate-, le rogaba, trataba de apartarlo, porque no me dejaba de escribir un mensaje de texto a Jimmy. Necesitábamos, de todas maneras, la versión del empleado agredido por Figueroa. La demanda de abuso y agresión ya estaba en manos del juez y no podíamos ganar esa batalla sin la versión del ex trabajador. Es más, los demandantes tenían, supuestamente, pruebas irrefutables y yo pensaba que habría alguna declaración firmada por el agredido o quizás, imágenes de los videos de vigilancia. No sabíamos las armas rivales y eso me tenía preocupada. Pero Luiggi estaba afanoso, vehemente, febril, mordía mis orejitas, lamía mi cuello, olía el canalillo de mis senos y sus manos ya habían llegado a mi calzón, ansioso y convertido en un tórrido cauce queriendo invadir toda mi geografía. Cuando al fin pude mandar el texto, empezó a besar mi boca con desesperación, saboreando ms labios con encono, probándolos como si fuera un chupete, un caramelo sabroso. -Vamos a cenar-, le pedí, entonces, cuando las llamas empezaban a calcinarme, pero Luiggi no quiso encender el auto. -Ya estoy comiendo Deborah a la parrilla-, refiriéndose, imagino, a que él estaba convertido en llamas. Me hizo reír. -Idiota, barullé, pero sus dedos ya estaban sacándome las pantimedias y querían avanzar hasta mis límites lejanos. -Me muero de hambre, Luiggi-, intenté escabullirme. Fue inútil, su lengua ya saboreaba mis senos con embeleso, su otra mano buscaba con ansias mis caderas y me tenía aplastada sobre la puerta del carro. Sus muslos aprisionaban los míos y estaba, literalmente, a su merced. Entonces sonó su celular. -Me salvó la campana-, sonreí, reincorporándome, acomodando mis pantimedias, mi falda, abotonando mi blusa y peinándome otra vez. También me repinté la boca. -¡¿Una tonelada?!-, bramó Luiggi. Me sobrecogí. -¿Dónde estaban los hombres que contratamos para custodiar la carga?-, reclamó indignado. Parpadeé asustada, temerosa. Él seguía gritando. -No me importa, son cinco meses de trabajo al tacho. ¡Imbéciles! ¡Quiero la cabeza de Salas! Él estaba a cargo del envío a Miami. ¡¡¡Una tonelada decomisada!!! Es una catástrofe, caramba-, gritaba como tirano. Estrujé mi boca, me incomodé. Jalé mi falda hasta las rodillas. No sabía qué hacer. Quería bajarme del auto. -¡¡¡Salas es el responsable!!! ¡¡¡Lo quiero fuera!!!-, tiró Luiggi el celular. Nunca lo había visto así, desencajado, amargado, furioso, lanzando golpes al timón. Estaba rojo como un camarón hervido. Yo estaba callada sin saber qué decir, mirando a todas partes, arreglándome el pelo, acomodando una y otra vez mi falda, perdida en mi desconcierto. -¡Maldita sea!-, continuó ladrando. -A lo mejor no es tan grave, intenté darle ánimo, todo tiene solución en esta vida- Pero Luiggi me gritó. -¡Cállate, mujer! ¡Tú no sabes nada!-, me dijo ladrando en mi cara, mostrándome sus colmillos como un perro salvaje. Chupé mi boca, me volví y me azoré. Me escondí en mis hombros. Él siguió maldiciendo, lanzando lisuras, arrancó el auto y me llevó a mi casa. -Te llamo mañana-, me dijo y tuve que bajarme de prisa. Cuando le iba a decir chau, arrancó y se fue. Quedé estupefacta. -¿Qué haces tan temprano?-, me preguntó Melissa. Estaba cuidando a Mamut. -Hombres-, le dije riéndome.
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