-Debemos hablar-, fue lo que dijo Ricardo Marroquín, con un tono serio, seco, frío, incluso calculador. Pensé en ese momento que lo que quería era transar un acuerdo de la disputa con la minera Azuleja. Quedamos en almorzar en un conocido restaurante. Me puse un vestido violeta corto, zapatos blancos, cerrados, con taco mediano, una cartera negra y me aleoné los pelos para verme sexy. También me puse mis lentes transparentes redondos para verme más sensual. Él ya estaba cuando llegué apurada. Lo saludé estirando mi mano, pero Ricardo me jaló del codo y me besó la mejilla. Luego acomodó la silla para sentarme y me alcanzó el menú. -Aquí sirven un delicioso lomo saltado-, me anunció. Alcé mi hombro. -Lomo saltado entonces-, sonreí coqueta, juntando mis dientes. Había venido preparada par

