Capítulo 3

1312 Words
Conocí de casualidad a Edgar saliendo del juzgado. Había ganado un caso de paternidad que fue muy fácil. Bastó el ADN para que un sujeto reconociera a unos gemelos muy lindos y el juez sentenció que debía pagar la manutención, daños y perjuicios y una cuantiosa suma por intentar deslindar responsabilidades. Yo estaba feliz, me balanceaba dichosa por los pasadizos, celebrando mi victoria, cuando ¡pum! le di a Edgar un violento maletazo, sin querer, en su trasero. -Ay, señor, disculpe-, intenté corregir mi falta. Él me miró disgustado, furioso, haciendo brillar la ira en sus ojos. -¿Qué se cree usted? ¿Que está en el kindergarten?-, me reclamó con cólera, rebuznando y echando humo de las narices. Puse mi carita de carnero degollado y eso, creo, le bajó los decibeles a Edgar. Lentamente su rostro fue cambiando de color, la cólera se le evaporó en un santiamén y apareció una varonil sonrisa en sus labios toscos y atractivos. Sus ojos modificaron sus brillos y sus pupilas se tornaron cautivantes e hipnóticas. -No tiene que disculparse, señorita-, me susurró entonces. Su bramido, de repente, era ahora una vocecita musical, suave, hasta romántica. -Soy abogada, si gusta, puedo iniciar una demanda contra mi persona por agresión-, dije divertida estirando mi mano. Mi salida tan original le hizo reír a carcajadas. -Oiga, usted es muy original-, me dijo esta vez con el rostro iluminado. Entonces vi lo guapo que era, con su nariz larga, en punta, sus cejas pobladas y sus orejas grandes. -Soy Deborah Mercado-, me anuncié. -Edgar Carrillo-, dijo. Ups. El dueño de la cadena de pollerías más grande de América, con sede principal en Miami. Un millonario amante de la filantropía y de diversas obras en el país. Quedé muda. -¿Está involucrado en un juicio?-, intenté despertar de mi asombro. -No, no, no, algo sin importancia-, me dijo Edgar. Creo que encontró algo interesante en mí que se quedó mirando mis ojos, recorrió sus pupilas en mis labios y hasta se entretuvo un rato tratando de descubrir si llevaba sostén. -Le doy mi tarjeta-, esta vez fui yo quien lo sacó de su inercia. -Quiero conocerla, me dijo, audaz, mirándome las caderas y la minifalda que tenía puesta, la llamo para ir a comer- Le estiré la mano para despedirme pero ¡plop! me besó en la boca, con pana y elegancia, dejándome entumecida y sin reacción, completamente absorta. Quedé con la mano extendida, mientras él se marchó raudo con sus guardaespaldas, unos enormes sujetos tan grandes como los cerros, desapareciendo en las escalinatas del juzgado, mientras yo seguía entumecida, aunque mi lengua no dejaba de saborear su beso, pasando una y otra vez por mis labios. ***** No me gusta el fútbol, es más, lo odio, pero, como ya lo he dicho otras veces, Johan me despeina. Lo conocí por una denuncia que hicieron los jugadores contra el antiguo club de él, porque los dirigentes se negaban a reconocer una cláusula que les obligaba a pagarles vacaciones. Un tal Chávez me llamó y me dijo que el sindicato de futbolistas me habían recomendado. Yo había trabajado con el sindicato, resolviendo unos litigios y estaba dentro de su staff. A su presidente, Luis Malásquez, lo conocía porque había salido con mi hermana Melissa buen tiempo y lo asesoraba en muchos engorrosos trámites. -No te preocupes, le dije a Chávez, yo me haré cargo- Y cuando triunfé en la querella contra los directivos, conocí a Johan. Me hicieron un almuerzo, una parrillada en su campo de entrenamiento. Era el más alto de todos, él se desempeña como delantero, y me gustaba su mirada divertida, su barbita muy varonil, sus piernas largas, su pelo cortadito, en fin, todo él. -Usted es un ángel-, me dijo, besando mi mejilla. Sus amigos lanzaron un sonoro "uuuuuuuu" y yo me puse roja como tomate. Pasé mis pelos detrás de una oreja y sonreí con encanto. -Fue fácil, como un gol de tiro libre-, dije tratando de dármela de graciosa y todos estallaron en risas. Johan se sentó a mi lado, me cortó la carne, hizo sánguches con unos panes muy crocantes y me sirvió la gaseosa. pegó su rodilla a la mía, y wow, sentí sus piernas macizas, duras, como bloques de cemento. Hummm, que delicia, empecé a arder en fuego. -¿Usted es casada?-, avanzó él de prisa. -No, los hombres le tienen miedo a las abogadas-, sonreí, mordiendo mi lengua y a él se encantó con mi gesto. Lo vi en sus ojos. Sus pupilas empezaron a brillar y a destellar fuego. Sus amigos no dejan de mirarlo, le guiñaban el ojo, le hacían todo tipo de gestos y yo estaba azorada. -Soy delantero, yo hago los goles, hice cuarenta la temporada anterior-, me intentó explicar. Yo no entiendo nada de esas cosas y solo ponía mi cara de asombro, sin dejar de probar los panes, deliciosos. -Espero juegues por la selección-, dije. -Sí, es mi máximo anhelo-, subrayó. Cuando tomaba mi gaseosa, sentí sus manos, deslizándose por mi jean, camino a mis rodillas. Sentí un fuego intenso, corriendo por mi espinazo, y mi corazón comenzó a bombear en forma intensa. Me estremecí. Apreté los dientes. Moví las rodillas, pero él no sacó su mano, siguió acariciando mis muslos. Johan estaba seguro que yo le iba a dar un manazo. Lo leía en sus ojos, me desafiaba. Era demasiado atrevido, pero yo estaba sumamente encandilada, gozando de mis fuegos, sumida en la excitación, disfrutando de su mano pasando y repasando mi pierna. Él incluso volvió a pegarse más y sentí, esta vez, sus pantorrillas repleta de pelos. Con las puntitas de mis dedos tomé su mano y la saqué de mi muslo, con femenil desprecio. Me puse de pie y les dije a todos que debía irme porque tenía que presentarme en el juzgado por un caso importante. Los otros chicos se levantaron de sus asientos y me aplaudieron. Johan estaba entumecido, arremolinado en su silla, sintiéndose despreciado. Me fui moviendo las caderas, desafiante, agitando mis pelos y poniendo una mano en ele, muy sensual, porque sabía que me estaba mirando y admirando mi cuerpo de guitarra. A las cinco timbró mi celular. -Hola Deborah, soy Johan-, se anunció solemne. Me sorprendí. Tenía la documentación de la denuncia de Petrozzi en la pantalla. -¿El futbolista?-, susurré, leyendo el informe de inspectoría de salud con respecto al agua contaminada. -El mismo que canta y baila-, se hizo el gracioso. -Y hace cuarenta goles-, le bromeé y él se emocionó mucho. -Sí, sí, sí-, dijo efusivo. Me invitó a desayunar. Debía entrenar a la tarde y luego viajar a provincias. Solo tendría tiempo en la mañana. Estrujé mi boca y me emocioné , hasta sentí sus manos otra vez en mis muslos. Mi corazón latió de prisa nuevamente. -Quiero pan con chicharrón-, volví a bromearle. -Lo que desees, princesa-, me dijo. Me esperó en la puerta de mi casa media hora antes con su carrazo del año, haciendo retumbar una salsa, parado, con su buzo impecable, jugando con las llaves de su auto. Yo ya estaba lista. Me había puesto jean, blusa, zapatillas y me hice una cola con el pelo. No quería regalarme tampoco. Estoy segura que él se enamoró perdidamente de mi aspecto informal. No me cabe duda. Su quijada se descolgó de repente, desorbitó los ojos, se puso pálido y las llaves tintinearon en sus dedos. -Mamma mía-, dijo admirado. Yo levanté la mirada al cielo. -Hombres-, dije y le puse la mejilla. Johan no solo la besó, sino que sus manos fueron por mis brazos comprobando la lozanía de mi piel. Así empezó todo. Él se interesó demasiado en mí y a mí me gustaba lo portento de hombre que era, tan masculino y varonil, sus piernas tan velludas y sus manos como tenazas enormes.
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