Quería alejarme de Luiggi. Me preocupaba su comportamiento, las extrañas llamadas que recibía, la forma cómo se turbaba discutiendo a cada rato, sulfurándose, y siempre de malhumor, pendiente de los mensajes de texto, haciendo cuentas y preguntando por ciertos contactos en Colombia, Panamá y Miami. -¿Me estás esquivando?-, me reclamó esa tarde. Yo preparaba mi alegato en el caso de Figueroa, de que la agresión al ex trabajador era una calumnia, y estaba absorbida en eso. Golpeé mis rodillas. -Es que estoy muy ocupada-, dije arreglándome el pelo y chupando un lapicero. -Quiero verte, me haces falta-, me suplicó él. Luiggi me gusta mucho, me encantan, demasiado, sus besos y me despeina su cuerpo áspero y velludo. Sentí sus manos callosas raspando mi piel y me entusiasmé. El fuego empezó

