Carrillo me llamó al día siguiente. -Paso por ti-, dijo, apenas, y colgó. Me molesté. Le escribí un mensaje de texto. -Tengo mucho trabajo-, y le puse un emoji con la cara furiosa, pero no me respondió. Al rato, atronaba el claxon. Era su camioneta.
Salí iracunda con los brazos cruzados. -Tengo mucho trabajo, Edgar-, le reclamé.
Me miró con suficiencia, con la boca ajada, sin moverse de su asiento ni despegar las manos del timón. Tenía la camisa abierta mostrando todos sus vellos. -Sube-, me ordenó serio, seco, cortante.
No sé por qué lo obedecí. Como una tonta fui a la casa, tomé mi cartera, m móvil, cerré la puerta y subí al auto como una autómata, un títere a su vozarrón. Carrillo me miró despectivo, sin fijarse en mi camiseta blanca con una rosa estampada mi jean roto ni mis zapatillas. Tenía el pelo suelto y apenas me había pintado.
-¿A dónde vamos?-, le pregunté y no me respondió. Hizo chirriar los neumáticos y enfiló raudo hacia Chorrillos. Fuimos a un hotel exclusivo. En la puerta lo reconocieron. -Señor Carrillo, su sitio de siempre está libre-, le dijo el encargado del parqueo.
Un tipo le abrió la puerta y otro sujeto me hizo bajar de la camioneta tomándome una mano. El ascensor estaba abierto con un hombre más. -El cuarto 657, señor-, le indicó. Entramos al ascensor en silencio. Recién Carrillo empezó a verme con embeleso, recorriendo la mirada por mis curvas, los pechos emancipados en la camiseta y tomó un mechón de mi pelo.
-¿Qué tan buena eres en la cama?-, me preguntó de frente.
Me puse roja como un tomate. Crucé los brazos y me puse tiesa. Sus manos comenzaron a ir por mis caderas hacia mis muslos.
-Piernotas-, suspiró.
Sentía el fuego escalando por mis pantorrillas con destino a mis entrañas. Mi corazón se alborotó frenético y yo me puse febril, mordía mis labios y sentía escozor en mi todo mi cuerpo. Empecé a disfrutar sus manos.
Se acercó y olió mi cuello, mis orejas, lamió mi mejilla. Me sonrojó aún más.
-Qué linda mujer-, dijo. Me sentí excitada.
El ascensor se abrió directamente a un cuarto, enorme, con una cama king size y había un jacuzzi burbujeando, también un pequeño bar repleto de bebidas alcohólicas, perchas, cuadros y luces amarillentas.
¡Pum! Carrillo me arrinconó a la pared y empezó a besar mi boca con desenfreno. Sus manos masajeaban con insistencia mis pechos, endurecidos por la excitación. No hice nada. Me dejé besar y acariciar absorta, gimiendo, suspirando, con los ojos cerrados, sumida en la inconsciencia.
Edgar se mostró furioso, vehemente, fuera de sí. Sus manos aprisionaron mis caderas como tenazas y me mordió los labios, descontrolado, demasiado rudo y hasta cruel conmigo. Me sacó la camiseta y yo desabotoné el jean, quise sacármelo pero él no me dejó. Besándome, lamiéndome, se fue arrodillando y luego, de un tirón, me sacó el pantalón. Se inclinó para verme y luego lamió mi calzón haciendo que mis llamas se dispararan en todo mi cuerpo. Me levantó de los brazos y me lanzó a la cama. Reboté, incluso, entre las almohadas.
Me mordió los brazos y estrujó mi cintura con vehemencia. Yo estaba desarmada, a su merced, sin atinar a nada, lo único que hacía era gemir, suspirar, jalarme los pelos, exhalar el fuego que me calcinaba todo el cuerpo.
Carrillo estaba demasiado ansioso. Jaló con furia el sostén reventando los ganchos y me sacó el calzón de un tirón y luego se apoderó de mis profundidades, alcanzando, en un santiamén mis abismos, con deleite y gozo. Yo seguía jalándome los pelos presa de la euforia.
Gritaba, aullaba, lloraba mientras Carrillo regaba su virilidad, como un torrente caudaloso y arrasador, todos mis vacíos, alcanzando mis entrañas igual a un río, deslizándose hasta mis más profundos rincones y lejanos límites y eso me sumía en una terrible emoción, en una profunda pasión, en una exultante frenesí que me hacía desenfrenada, golpeando la cama, hundiendo mis uñas en su espalda.
Alcanzó mis más hondos rincones, igual a una cascada violenta y virulenta a la vez. Furiosa, obnubilada, desesperada, mordía a Carrillo en sus brazotes, arañaba su espalda, haciendo profundos surcos en su piel y hasta le tiraba puñetes en su pecho de acero.
A él lo excitaba aún que me haya vuelto una tigresa agresiva, eufórica y siempre al ataque, disfrutando al máximo de la virilidad de él. Yo tenía desorbitado los ojos, estaba eclipsada por completo, perdida entre las nubes, extraviada en el placer del sexo, vagando por las estrellas.
Me sentía una antorcha, una tea inmensa, chisporroteando mis fuegos y me encantaba mucho ser candela. Estaba fascinada ardiendo en los brazos de él, invadida por la vehemencia de Carrillo. Y disfrutaba de mi sensualidad. Cuando alcanzamos el clímax en las manos de Edgar, desaté, entonces, al máximo, mi feminidad y me sentí plenamente sexy, extremadamente deliciosa.
Carrillo se desplomó, entonces, como una piltrafa, igual un trapo, sobre la cama.
Yo estaba despeinada, con los ojos desorbitadas, soplando mi sensualidad en mi aliento, echando fuego por las narices y los poros, convertida en cenizas, sintiéndome la mujer más sexy del mundo, adorablemente femenina, desparramada en la cama, sudorosa, echando humo en mis gemidos.
Edgar estaba sudoroso, cansado, sorprendido, también exánime y agotado ante tanta pasión que había tenido en esa entrega descomunal de pasión. Aún tuvo fuerzas para lamer mis pechos. Yo disfrutaba sintiéndome tan sensual nunca.
Carrillo siguió acariciando mis muslos, tan tersos, lisos, suavecitos, estrujó mis caderas redondas firmes, grandes y deliciosas y otra vez volví con mi concierto de suspiros, sumida en la excitación, naufragando en el idilio de estar poseída por ese hombre.