Capítulo 11

1706 Words
Edgar me esperaba en el comedor del mejor hotel de Lima. Me puse un vestido verde, muy cortito, bien entallado, con una sola manga, un collar de perlas, pantimedias, zapatos negros, taco 14 y una cartera de mano, también verde. Llevaba el pelo aleonado y me hice un bonito maquillaje, natural pero efectivo. Él me miraba asombrado, admirando mis curvas que apenas contenían el vestido. -Lindas piernas-, me dijo. Moví mis hombros con coquetería. El mozo me acomodó la silla. Edgar prendió un cigarrillo y me echó el humo. Tosí, pero a él no le importó. Volvió a echar otra bocanada. - Tienes una bonita figura, tu cuerpo es muy armónico, eres bastante sexy, ¿nunca pensaste en ser modelo?-, me preguntó sin dejar de mirar mis senos que aparecían como colinas en el vestido. -No, le dije riéndome, pero siempre estoy a la moda- En la universidad había sido miss primavera casi todos los años y sí, si tuve ofertas para dedicarme a la pasarela. Fue cuando estaba haciendo mis prácticas de derecho en un estudio de mucho prestigio. Una de las dueñas de una importante cadena de ropa, que estaba afrontando una demanda, recuerdo, de patentes, se interesó mucho en mí, tanto que me ofreció, incluso una fuerte suma de dinero. -Saldrás en las revistas y la televisión, tengo muchos contactos para importantes productoras, yo les surto de vestidos a sus artistas-, me decía haciendo brillar sus ojos. Pero lo mío era el derecho. -He pedido cazuela y arroz a la jardinera-, me anunció Edgar, sin dejar de fumar, escondiendo sus ojos detrás del humo. -Está bien-, acepté, tomé la carta y me dispuse a buscar algún platillo interesante, pero él me cortó con brusquedad. -Ya he pedido, te dicho-, dijo con una voz firme, de coronel. Dejé la carta y junté mis manitos. -¿Cómo vas en tus negocios-, sonreí. -Bien, pero en la mesa no suelo hablar del trabajo-, subrayó. Me sentí idiota. Él seguía tranquilo, imperturbable, sin quietar los ojos de mi escote, tratando de adivinar si llevaba sostén y yo no sabía ni qué decirle. Crucé las piernas. -Con el clima no se sabe, un día hace calor y al otro frío-, reí. Edgar volvió a chupar su cigarrillo. -Me gusta tu vestido. Quiero que compres muchos modelos parecidos, de todos los colores-, dijo él. -Uy, me azoré, son caros, son de marca-, respondí riéndome, tirando mis pelos atrás. -Pagas con mi tarjeta de oro-, lanzó una pequeña billetera de cuero. Además de la tarjeta habían muchos dólares. -Gracias pero no necesito-, la arrimé en forma discreta. -No te estoy pidiendo. Cómprate vestidos-, volvió a ordenarme. -Hay dólares allí-, chupé mi boca. -Te los regalo-, dijo. Ahora me sentía más idiota. Me seducía cómo me trataba, como a una empleada. Yo sobaba mis muslos con excitación, pegada los dientes, tenía mis pezones muy duros y me sentía a su merced, plenamente dominada a él. Me absorbía su mirada fija en mis senos y quería tumbarme a sus brazos. Me sentía totalmente suya, su propiedad. Y esa sensación me excitaba mucho, hacía prender mis fuegos, sentía chisporrotear las llamas por todos mis poros. Mordía mis labios impaciente, deseosa que me siga mirando, escarbando detrás de mi vestido. -Habrás tenido muchas novias-, dije febril, excitada, obnubilada, ante él. -Lo suficiente para saber que no tienes sostén-, echó a reír. Ahhhh, suspiré sonrojada. ¿Cómo lo supo? ¿Se notaban mis pezones? Ay, me sentí besada, acariciada por ese hombre. Las llamas me quemaban, sentía ardor en todo mi cuerpo. No podía de dejar de sobar mis muslos. Movía mis tobillos. Cruzaba y descruzaba las piernas. -Calzón blanco-, dijo él luego. Uyyyy me azoré aún más, me puse roja, me sentí una antorcha intensa, rutilante, quemándome toda. -¿Está bien?-, pregunté rendida, extasiada, exhalando sexo en mis soplidos. -Habría que verte sin vestido-, se lanzó hacia el respaldar de su silla. Me sentía sexy, sensual, toda suya. Me encantaba esa sensación, disfrutaba plenamente de eso. Él lo notó. -Me gusta que te excites-, dijo. Ya no supe qué decirle. Comí apurada, atragantándome varias veces, sin tratar de mirarlo, pero me era imposible. Lo deseaba. Mi cuerpo pedía a gritos sus caricias. Quería sentir sus manos acariciando mis piernas, disfrutar sus besos, que me bese la oreja, el cuello. Yo ardía en llamas y no podía controlarme. Traté de ver su pantalón, haciéndome la zonza. El fuego me calcinó en un santiamén. -Vamos arriba-, me ordenó. Como autómata me puse de pie, recogí mi cartera, guardé la billetera que me dio y fui adelante, meneando las caderas sin contenerme, queriendo ser aún más sexy y sensual. Subimos al ascensor y quería que él me besara, me tocara. Me le pegué bastante, pero Edgar seguía indiferente, con la cara arrugada, el rostro adusto, imperturbable, dominante, imponente, tratándome como a su esclava. Y eso me gustaba, me excitaba, me despeinaba, me volvía loca. Mis senos reventaban debajo del escote. Era una suite real. De muchos muebles, bar, alfombra, luces, jacuzzi, un king size, azulejos, espejos, candelabros y lámparas, un escritorio enorme, PC, un frío bar y todas las comodidades. Él me quitó mi cartera, la lanzó a cualquier sitio y mirándome a los ojos, corrió la cremallera del vestido y lo echó al suelo. Yo estaba boquiabierta, entumecida, ardiendo en fuego. Miró mis senos. Mis pezones parecían cerros empinados, alzados como indómitos encrespados y lamió uno de ellos con embeleso. Sentí la electricidad corriendo por todas mis venas, provocando rayos y truenos dentro de mi cabeza. Mi corazón empezó a patear duro dentro de mi pecho. Luego me agarró mis caderas. Comprobó su tersura, sus redondeces, su firmeza mientras su boca, ahora, lamía mi cuello y olía embelesado mi cuello. Empecé a gemir, a suspirar desesperada. Disfrutaba como loca que me estrujara las caderas. Me gustaba sentir sus manos apretándolas, una y otra vez. Me rompió las pantimedias. Con furia, con ira, como si fuera un estorbo a sus deseos. Los jaló, los arañó, los arranchó y me dejó en calzón. -¿Por qué no usas encaje?-, pareció molestarse. -Me gustan de algodón, son más cómodos-, dije aún más idiota. Se arrodilló y besó mis muslos. Me jalé los pelos, cerré los ojos y suspiré completamente excitada. Lamió la tanga y sentí más fuego calcinando mis entrañas. -Quítatelo-, me dijo. Yo estaba echando fuego, encandilada. -Sácamelo tú-, le imploré. -Dije, quítatelo-, me ordenó otra vez con su voz de coronel. Como autómata metí los pulgares y me lo bajé. Quedé completamente desnuda, temblando como una novata. Me empujó a la cama. Me dio un empellón que me tumbó a las almohadas. Me excité más sabiéndose suya. Tomó mis manos y las amarró con su corbata. No dije nada porque estaba demasiado extasiada. Luego comenzó a besarme, a lamer todo mi cuerpo. No dejó ni un pedacito sin que pasaran sus labios y su lengua. Traté con desesperación por desatarme, pero no podía, estaba bien amarrada, aún así pude darle golpes en su pecho, presa de la excitación, del fuego que me hacía cenizas. Traté de morderlo, pero era difícil, él estaba, ahora, encima mío, mordiendo mi cuello. Yo no podía clavarle mis uñas porque mis manos estaban, juntas, atadas. Le arañé el pecho. Y así, empezó a avanzar hacia mis profundidades con vehemencia, con fuerza, haciéndome gritar. Yo aullaba presa de la pasión cuando sentía su torrente llegando a mis abismos rápidamente. -¡Fuerte! ¡Hazlo fuerte!-, le imploré, golpeando mi cabeza con mis manos atadas. Y Edgar lo hacía con ira, con cólera, aplastándome sobre la cama, taladrándome impetuoso, sin compasión. Sentí desbordar su virilidad en mis entrañas como un río caudaloso, vehemente, invadiendo mis abismos con celeridad. Lo sentí hecho un volcán en plena erupción dentro de mí y eso me hizo gritar aún más. Quería arrancarme los pelos, pero no podía. Yo seguía golpeándolo con mis manos atadas y él parecía disfrutar de mi tormento. Gozaba con mi angustia. -Gritas mucho-, se quejó y me metió una de sus medias en mi boca. Lo aseguró, de inmediato con su pañuelo, amarrándolo a mi nuca. Mis gemidos, entonces, se amordazaron, ya no podía seguir aullando, y me sentí aún más suya, completamente suya, totalmente suya. Quedé vencida, inútil, ya no pude resistirme más, me entregué hecha su prisionera, su rehén. Mis manos cayeron sobre mis ojos y me quedé allí, siendo objeto de todos los deleites de él, saboreándome, apropiándose de mis tesoros, profanando mis fronteras más lejanas, llegando a mis mayores límites, conquistando uno a uno mis larga geografía, degustando de mis acantilados, de mis cascadas de mis cerros empinados y mis desiertos y oasis con pasión y encono. Edgar quedó satisfecho, cansado, exhausto, soplando con dificultad, rendido y sudando mucho. Se quedó encima mío, respirando acelerado. Me encantaba su cuerpo firme, duro, musculoso. Eso reavivaba mis fuegos, sentía sus muslos ásperos apretando los míos, duros como troncos, y los sobaba febril, gozando con su poder, tan varonil y masculino. No me desató. Se quedó dormido. Traté de bajarme la mordaza. Lo había anudado bien. No podía. Me ahogaba. Al fin bajé el pañuelo y quité su media. Soplé angustiada con náuseas y traté de respirar, haciendo fuerza. Con mis manos atadas me serví agua del bidón, pero la mitad se cayó a la alfombra. Cogí una toalla y me lo pasé por mi sudor. Estaba totalmente duchada. Mis pelos los tenía ajados, hecha una calamidad y me sentía aún febril, echando fuego en mi aliento, con deseos de más sexo. Me sentía súper femenina, enormemente sensual, muy sexy. Más mujer que nunca. Traté de despertarlo sacudiendo su espalda, pero no respondió. Roncaba. Parecía un carro malogrado. En las cómodas busqué una tijera, un cuchillo, algo. La corbata me maltrataba mis muñecas, se apretaba más con mis intentos de jalarlo con los dientes. Al fin encontré un pica hielo y con la boca logré aflojarlo y con la nariz lo jalé. Al fin libre libre. Entré desesperada a la ducha, abrí el agua fría y el baño se llenó del humo que brotó de mi cuerpo, apagando las inmensas llamas que brotaban hasta el último pedazo de mi anatomía.
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