Johan me esperaba en su auto. Llegué puntual. Me había puesto un jean bien pegadito, zapatillas, una camiseta blanca sin mangas y me hice una cola con mi pelo. Me puse mis lentes oscuros.
-Estás divina-, me dijo él sonriente. Estaba con una camiseta de su equipo y un short azul, mostrando los abundantes vellos de sus piernas y tenía chancletas. Mordí mis labios.
-Qué ricas piernas-, bromeé.
Él me miró sonriente y desafiante. -Vamos a pasarla bien-, anunció.
Apreté mis dientes y mis pechos se emanciparon de inmediato. El fuego empezó a alzarse en mis entrañas.
-Como la otra vez-, le dije sacando la lengua.
Y vaya que la pasamos de maravillas. Fue, en realidad, una noche mágica, muy sensual. Johan fue descubriendo mis mágicos encantos, mis curvas pronunciadas, mis caminos largos y lozanos y mis acantilados empinados llegando hasta mis límites más lejanos conquistando todo mi ser.
Se deleitó con mis pechos empinados, redondos, gráciles, pidiendo a gritos que los lamiera y le diera muchos mordiscos. Sus manos fueron por sus muslos lisos, suaves, encantadores y eso me hizo encender aún más el deseo de ser conquistada y que llegara a mis más recónditos límites de mi vasta y deliciosa geografía.
Fui conquistada en cada centímetro de mi cuerpo con sus besos y sus caricias. Él lamió febril mis muslos y brazos como un lobo hambriento. Yo gemía y suspiraba con sus besos y caricias, soplaba candela en mi aliento, exhalaba las llamas que calcinaban mis entrañas, convertida en una antorcha enorme, chisporroteando fuego por todos mis poros.
Me deleité con su cuerpo tan velludo, con su piel áspera, con el fuego que echaba su cuerpo y que, junto a mis llamas, nos hizo una enorme tea de pasión y emoción.
Johan avanzó hacia mis entrañas con devoción, convertido en un caudaloso río que invadía mis vacíos superando las fronteras más lejanas de mis abismos, llegando a recónditos parajes que, jamás, me hubiera imaginado.
Grité febril cuando alcanzó mis límites y eso fue una campanada tan deliciosa que me hizo sentir sumamente sensual, sexy, gozando con mi feminidad en plenitud. Me arranchaba los pelos emocionada, sintiendo la erupción de él invadiendo mis entrañas, perdiéndose en esos deliciosos abismos que paladeaba excitado y enamorado, rendido a mis encantos de mujer.
Volvió a invadir mi intimidad igual a un chorro que me estremeció, me hizo delirar, al extremo que parpadeé angustiada, exhalando fuego en mi aliento, con las llamas desbordándose por mis poros, en mi respiración agitada, en todos mis gemidos y suspiros. En todo mi ser.
Johan se derrumbó exánime y abatido sobre la cama, en el momento mágico que fui completamente suya, lo que aproveché para seguir devorándolo por completo, saboreando sus vellos, alcanzando hasta sus poderosas nalgas, redondas y firmes que me entusiasmaron aún más, lamiendo su piel, embriagándome con sus carnes.
*****
Cuando llegué en la mañana a la oficina, me sorprendió que no estuviera Yolanda. Ella siempre es la primera en estar, desde primera hora, en el despacho, encendiendo las computadoras, barriendo, limpiando las papeleras, ordenando los files, prendiendo las luces, acomodando las sillas, incluso me espera con un café o galletas o a veces compra pan y les ponía lenguas de queso o mortadela, también, en algunas ocasiones, los untaba de mantequilla.
Pero ahora todo estaba en silencio, las luces apagadas, las sillas sin ordenar, las papeleras llenas y las mesitas de centro arrimadas. Me extrañé. Me tiré a mi silla, me saqué los zapatos (me puse los de taco 14 y me mataban) y timbré su número de celular. No contestó. Solo se escuchaba al robot pidiendo dejar el mensaje.
¿Estará enferma? estrujé la boca. Me lo hubiera comunicado. Llamé a portería.
-La señorita Yolanda Quispe no ha venido-, me dijo el encargado, Mateo Sato.
-¿No dejó nada dicho cuando se fue ayer, Mateo?-, insistí.
-No, señorita Deborah, no dijo nada. Salió como siempre, tranquila, despidiéndose normal-, me aclaró.
Llamé a Jimmy. -No sé nada, Deborah-, dijo cavilando.
Me comuniqué con su madre. -Yoli no me ha llamado hace dos días-, me respondió también preocupada.
Sentí mi corazón tamborileando de prisa en el pecho y mis pelos se fueron erizando. La sangre empezó a hacer ebullición en mis venas y un frío horrible se apoderó de mi espalda.
Ordené el despacho, haciendo tiempo, puse en su sitio las sillas, prendí la PC de Yolanda y revisé sus archivos. No había nada.
Yo debía ir al palacio de justicia, para el sustentar la denuncia contra la minera Azuleja. Por eso los tacos grandotes, para lucir inmensa. Me puse un sastre rojo, pantimedias negras, lentes y aleoné mi pelo. Lucía una blusa amarilla y llevaría mi maletín James Bond.
Timbró mi móvil. Exhalé mi susto. Era Yoli.
-Me asustaste, mujer, ¿qué pasó que no has venido? ¿estas enferma?-, sentí más tranquilidad, mi corazón se desaceleró y me calcé los zapatos.
-Estoy secuestrada, Deborah. Me tienen dos sujetos. Dicen que me van a matar a menos que pagues cien mil dólares-, me dijo.
Desorbité los ojos, mi mandíbula se cayó al suelo y quedé paralizada. -¿Qué?-, pregunté incrédula.
-Lo que oyó, imbécil, dijo un hombre, tienes una hora y no llames a la policía o tu amiguita se muere-
Luego colgó.
Justo llegó Jimmy apurado, asustado, temeroso y hasta despeinado.
-¿Hablaste con Yolanda?-, me preguntó. Me encontró con la boca abierta, pálida y temblorosa.
-Está secuestrada-, dije.
No volvieron a llamar. Pasaron más de dos horas y perdí la audiencia en el palacio de justicia. Estábamos aterrados, nerviosos, pendientes de mi móvil, pero nadie llamaba.
-Nos quieren matar de los nervios-, dijo Jimmy estrujando sus dedos.
Yo sacaba mis cuentas. Juntando mis tarjetas sumaba 40 ó 50 mil dólares. Pediría un tiempo más. Mi mente era una máquina de ideas, salidas, soluciones y mis ojos represaban las lágrimas.
A Yolanda la conocía los cinco años que tenía el despacho. Llegó la oficina tempranito, entusiasmada por el aviso que colgamos en el internet. Fue la única que vino, además. A nadie le convenció nuestra solicitud: despacho de abogados nuevo, con afán de crecimiento, poco sueldo pero muchas posibilidades de éxito, necesita secretaria.
Me miró divertida, sonriendo con encanto, con sus pelos lacios largos, sus lentes redondos grandes y su vestido bien entallado.
-Quiero crecer con ustedes-, me dijo sin dejar de reír. Me contagió su entusiasmo.
Yoli se convirtió no solo en la secretaria del despacho, sino mi amiga y confidente. Muy intuitiva, humana, gentil, romántica, dulce, tierna y apacible, se involucró con el despacho hasta volverse vital en vital. Ahora su vida peligraba.
Al fin timbró el móvil. Era un número desconocido.
-¿Deborah Mercado?, preguntó alguien con la voz ronca y gangosa.
-Sí-, dije temblando, trastabillando con mi miedo.
-Soy el Capitán Herrera. Aquí está una mujer Yolanda Quispe, histérica, llorando mucho, afirma haber sido secuestrada y golpeada pero que la dejaron irse-, me detalló.
Me emocioné. Mi pecho parecía una pelota rebotando entre mis senos. Cogí la mano de Jimmy y lo jalé hasta el auto. -Allá vamos, Capitán-, dije eufórica.
Yoli, en efecto, estaba tumbada sobre el regazo de una mujer policía, llorando a gritos, sin controlarse. Apenas me vio se colgó en mi cuello.
-Dos hombres feos me secuestraron, dijeron que me iban a matar, tenía pasamontañas pero eran grandazos y fuertes-, me relató sin contener el llanto.
-Tenemos las descripciones. Estamos en una razzia por el lugar-, me informó la mujer policía.
-Me pegaron, me subieron a un minivan, me pusieron un trapo en los ojos y me llevaron no sé dónde. Me pateaban-, seguía llorando Yolanda.
-Hace dos horas apareció en la comisaría, dijo el Capitán, afirma que los hombres la abandonaron cerca de aquí, en un parque y se fueron-
Jimmy ató los cabos rápido. Me miró estupefacto. -La audiencia. La minera. No querían que fueras al palacio de justicia-, enumeró.