Me extrañaban y mucho los viajes constantes que hacía Luiggi a la selva, sus misteriosas reuniones, sus amigos siempre con el rosto ajado, desconfiados, mirando a todas partes y enigmáticos. También sus despilfarros de dinero, en joyas, costosos trajes, móviles de estreno y llevándome a fiestas muy elegantes, restaurantes carísimos y cambiando a cada momento de auto, todos del año, equipados con lo último en tecnología.
Él se sentía feliz a mi lado. Lo percibía en sus ojos, en u voz enamorada, en su sonrisa siempre larga y la forma cómo me trataba como a una reina. Me compraba peluches, finísimas joyas, vestidos, incluso costosa lencería.
-Quiero que estrenes para mí este modelito-, me dijo esa noche, después de cenar en un restaurante de la Costa Verde, junto al mar.
Era una preciosa lencería, verde, de muchos encajes, transparentes. Quedé admirada, sorprendida. Era una de las marcas más costosas.
Me vi divina, regia, seductora, demasiado hermosa, en esa diminuta prenda. Me di tantas vueltas admirando mis curvas flotando en esas pequeñeces, que hasta quedé mareada. Me solté el pelo y lo desparramé por mis hombres. Uff, estaba matadora.
Cuando salí del baño, Luiggi quedó estupefacto admirándome. Sus ojos se deslizaron desde la punta de mis pelos, bajaron por mis labios pintados de rojo, mis mejillas coloradas, mi cuello liso, mis senos emancipados sobre el sostén, con los pechos sobresaliendo puntiagudos por los encajes, mi ombligo, se entretuvo en la zona del bikini, sobresaliendo, también, en los encajes y luego prosiguió su larga travesía por mis piernas, deleitándose con mi inmensa geografía. Yo me detuve en la puerta del baño, inclinando una rodillita, apretando los dientes, abriendo ligeramente la boca, parpadeando mucho y con una mano en la cadera.
-¿Qué tal?- le pregunté mientras mi corazón pataleaba en el pecho y mi piel ardía en fuego, con los deseos que me tomara y me hiciera suya.
Luiggi aulló como un lobo y lanzándose cual tigre sobre mí, me devoró a besos y caricias.
La costosa lencería apenas duró tres minutos encima mío y terminó regado por los suelos, el sostén junto al baño y el calzón encima del televisor.
Pero siempre habían esas llamadas inoportunas, a todo momento, que me intrigaban. Luiggi respondía jadeando sin dejar de lamer mis pechos, acariciando mis piernas, con el móvil sujeto entre su oreja y el hombro.
-¿Falta personal en el laboratorio? Busca en la aldea-, decía, a cada rato.
-Contrata más avionetas-, dijo en otro momento.
-Llama a Miami, dile a Carlos que esté atento-, recalcaba con voz de mando.
Luego proseguía su misión de devorarme, lamerme, besarme, acariciarme y tomarme por completo.
Los únicos momentos que no respondía era cuando invadía mis entrañas como un torrente caudaloso. Se volvía febril y vehemente y se obnubilaba en ese encanto tan delicioso del sexo que olvidaba que el mundo existía, detenía el tiempo y dejaba al móvil timbrar sacudiéndose vehemente en el velador.
-¿Qué laboratorio tienes?-, le pregunté esa vez, tomando desayuno en la terraza del hotel donde habíamos pasado la noche. Yo estaba en un bikini rojo, muy pequeño que captaba la atención de los mozos. A Luiggi no parecía importarle y también se entretenía mirándome los pechos rebosantes queriendo resbalarse del sostén.
-Medicina natural. Ashanti, maca, manzanilla, cola de caballo, orégano esas cosas-, me sonrió deleitándose con mi anatomía.
-¿Por qué te llaman a cada rato?-, insistí.
-Oh, ya sabes, soy el que toma las decisiones-, mordió los labios recordando mis pechos.
-¿Exportas a Miami?-, bebí mi café.
-Sí, sobre todo ashanti-, me insistió.
Empezaba a desconfiar, y mucho de Luiggi, pero sus besos y caricias me desarmaban. Cuando terminamos el desayuno, me abrazó, camino a la piscina y sentía sus manos ásperas resbalando por mis muslos y era una sensación deliciosa, placentera, muy pasional, que encendía mis fuegos y prendía mi sensualidad. Me gustaba eso, sentirme sexy y muy femenina en sus brazos. Le besaba los brazos y le lamía el pecho, embriagándome con sus vellos tan varoniles.
Lugo, metidos en la piscina, flotando en el agua Luiggi me agarraba y estrujaba las caderas y yo me sentía un volcán en ebullición convirtiendo la pileta en un jacuzzi, haciendo olas con mi fuego.
*****
Yolanda me esperaba con un café humeante y los informes de los estudios hechos en el agua y el aire de Villa Flores.
-¿Tú has probado ashanti?-, le pregunté, arremolinándome en mi silla. Ella me miró extrañada.
-¿Ashanti?-
-Sí, es una planta medicina-, dije chupando mi boca y cruzando las piernas.
Yoli se rascó los pelos. Me miró a través de los vidrios de sus lentes.
-Ashanti es una ciudad de Ghana, en África. Allí producen plantas, flores y árboles-, me aclaró.
Arrugué mi naricita. -¿No es de aquí?-, me extrañé.
Yolanda sonrió. -No-, me dijo y luego se marchó.
Me volví a mirar el sol tenue del medio día y el cielo encapotado y gris de Lima.
-Me mintió-, apenas dije mientras recordaba las manos de Luiggi recorriéndome toda...