La primera confrontación con Marroquín fue más difícil que lo que esperaba. El juez nos hizo sentar junto a una mesa larga y escuchó a las partes con su rostro ajado, ceremonial, sin decir palabra, recostado a su silla como una estatua. Ricardo llegó muy elegante, bien peinado, con un carísimo sastre que me hizo verlo de pies a cabeza. Lucía muy guapo, sobrio, seguro de sí mismo, llevando un maletín y olía delicioso. Imaginaba su cuerpo desnudo detrás del impecable terno y eso me impacientaba. Golpeaba mis rodillas. Vi sus manos grandes, con muchos vellos, con una pulsera en una muñeca y su reloj impresionante en la otra. Me saludó con un besote en la mejilla. -Está muy guapa, señorita Mercado-, me dijo solemne y su vozarrón me estremeció, como en los viejos tiempos, cuando flirteábamos y

