Estuve casi dos horas, imagino, amarrada y amordazada, sin embargo estremecida, sintiéndome muy sexy, sensual, hecha una prisionera en aquella sensual mazmorra que era el cuarto a oscuras y la cama a mi lado, aguardando a que Edgar venga para que me desatarme. Yo seguía gimiendo detrás de la mordaza, esperando que alguien escuche mis murmullos, jalando el gancho desesperada y hasta dando patadas en el suelo, taconeando las botas, pero sin éxito ni resultados. Nada. Por fin, apareció una mujer. Me miró divertida. Con una tijera cortó las cuerdas de mis manos. Furiosa me saqué la mordaza. -¿Dónde está Edgar?-, reclamé. Ella me miró divertida. -Ya se fue. Siempre hace eso con las otras mujeres. Ellas lo conocen-, dijo. Sentí rayos explotando en mi cabeza. Me sentí furiosa y desorbité los oj

