-El sicario falló-, se quejó alguien. Luiggi parpadeó con mucha dificultad. Pensó que el "problema de la abogada" ya estaba resuelto porque el hombre que habían contrato era eficiente y jamás fallaba. -¿Qué pasó?-, tragó saliva Luiggi. -No le atinó. Esa mujer tiene mucha suerte-, sopló su malhumor el otro sujeto. -Pero se habrá asustado mucho, ya no nos dará problemas-, intentó Luiggi ponerle punto final al asunto. -Ya sabes que al cartel no le gustan los cabos sueltos-, precisó el otro sujeto, poniéndole énfasis a eso de los "cabos sueltos". -¿Qué es lo que quieres decir?-, volvió a parpadear, angustiado, temeroso, Luiggi. Ahora sus salivazos sonaban como cañones cuando resbalaban por la garganta. -Silénciala-, ordenó el tipo. -¿Contrato a otro sicario?-, empalideció Luiggi. -No.

