MELANIE.
En el momento en que escucho la voz de Knox, empiezo a esperar que no sea él. Es bastante fácil confundir una voz, ¿verdad? ¿Especialmente si has visto a alguien una vez en los últimos veinte años y ustedes dos intercambiaron un máximo de cincuenta palabras?
Pero es. El hombre parado frente a mi es definitivamente Knox Boyle, alguien a quien reconocería en un bar lleno de gente después de tres cervezas, o dos autos por encima y uno detrás en un semáforo, o en la oscuridad durante una tormenta de nieve con un gran abrigo de invierno con cremallera hasta la barbilla y un gorro de punto.
Me mira como si fuera una especie de monstruo del bosque que está a punto de saltar sobre él y comeres sus ojos si no me elimina primero. Por un momento, creo que podría intentarlo, y eso me da pánico, así que hago lo mismo que siempre hago cuando me enfrento a una situación incómoda como esta.
—¡Ey! — digo, dándole mi sonrisa más alegre y encantadora. —Qué casualidad verte aquí— No pensé que fuera posible para el mirar más fijamente, pero lo hace.
—Melanie— dice de nuevo.
—Hola—
—¿Por qué demonios estas encadenada a un árbol en medio de una tormenta de nieve?
—Es una larga historia— digo tan alegremente como puedo manejar mientras estoy dentro de un saco de dormir, encadenada a un árbol, en medio de una tormenta de nieve. —¿Cómo has estado? Me encontré con tu hermana Hannah el otro día y me dijo que tienes un nuevo sobrino. ¡Felicidades! —
Knox me mira fijamente, su ceño se profundiza y yo me pongo un poco más nerviosa. Ahora estoy sudando dentro de mi saco de dormir, lo cual no es una situación ideal porque en el momento en que la adrenalina de este encuentro se desvanezca, me hará sentir más frío y realmente no necesito tener más frío del que ya tengo en este momento.
Para que conste, estoy noventa y cinco por ciento segura de que Knox va a rescatarme, y no se dará la vuela y regresará a su bonita y cálida camioneta para fingir que esto nunca sucedió. Esta ser un imbécil moralista, que lo era y luego esta dejar a una damisela indefensa a los elementos de la naturaleza, lo cual estoy bastante segura de que no hará.
Sacude la cabeza como si estuviera despejándose, luego da un paso hacia mí y hacia un lado, con los ojos puestos en la cadena que me mantiene atada al árbol.
—¿Dónde está la llave? — pregunta cuando encuentra la cerradura. Tiemblo un poco de alivio.
—En mi mochila— digo señalando con la cabeza, apoyada contra el árbol al otro lado. camina a mi alrededor en silencio, las ramitas y la nieve crujen bajo sus pesadas botas. —Esta en el bolsillo delantero, hay uno más pequeño, esta algo escondido. Si, ahí y luego hay un par de bolsitas dentro y está en una de ellas—
Creo que Knox investiga un poco, reajustándose a sí mismo y a la mochila para estar a la luz de su camioneta, quitándose un guante para explorar aún mejor.
—Es un poco pequeña— le digo, como si nunca hubiera visto una llave de un candado de tamaño normal. —Y si lo necesitas, creo que hay una linterna en el otro bolsillo delantero, que en realidad también podría estar la llave…—
Knox se levanta y comienza a caminar de regreso a la camioneta.
—¡Ey! — Grito, en pleno pánico. Meto la cabeza en el saco de dormir y me agacho para poder sacar un brazo del agujero donde estaba mi cara, porque la llave esta ahí en alguna parte. La usé hoy mas temprano.
—Juro que está ahí, lo siento, está un poco enterrada, pero no…—
—Estoy buscando un corta pernos— grita en respuesta, y luego murmura algo más que no escucho del todo.
Hago una pausa mientras rebusco en mi bolso con una sola mano, retorcida. Estoy mirando por el agujero de la cara con mi brazo también extendido a través del agujero de la cara, que es ceñido bastante fuerte para mantener la nieve. Técnicamente, también está atrapado de esa manera en este momento, lo cual es algo que tendré que admitir a Knox pronto.
—Oh— grito, con la voz amortiguada por el saco de dormir. Para cuando Knox regresa todavía no he encontrado la llave, pero logro ponerme de pie nuevamente y reunir toda la dignidad que puedo tener en esta situación.
No es mucho. Me corta la cadena sin ceremonias, asiente una vez, luego agarra mi mochila y se la pone en mi espalda. Luego se detiene y me da otra mirada, probablemente porque todavía estoy en este saco de dormir y en este punto, se está volviendo sospechoso.
—La camioneta está a unos quince metros de distancia— dice. —¿Estarás bien sin el saco de dormir por tanto tiempo? —
—Bien— digo. No hay forma de dar esta noticia que me haga quedar bien o incluso…bien. —Estoy atascada—
El me mira de nuevo, con la cara totalmente en blanco, aunque estoy empezando a pensar que esta cara en blanco en particular es una “¿Estás bromeando?” cara en blanco, no una expresión verdaderamente neutral.
—En el saco de dormir— dice, sin llegar a expresarlo como una pregunta.
—El cordón que cierra la parte de la cara se atascó en la cremallera— le explico. —Y estaba trabajando para desenredarlo cuando llegaste aquí, pero aún no lo había sacado del todo—
Se acerca a mí y arroja mi mochila al suelo con un movimiento fácil.
—¿Puedo? — pregunta, señalando el enredo del cordón y la cremallera a la derecha junto a mi cara. Asiento con la cabeza. el saca una pequeña linterna de su bolsillo y se acerca aún más, me mira, y asiente antes de tomar la cremallera en una mano enguantada. —Tú querrás cerrar los ojos, esta es brillante—dice.
Si. Incluso a través de mis parpados la luz es muy brillante. Incluso a través del saco de dormir, Knox está muy cerca, tan cerca que puedo escuchar su suave respiración y sus pequeños y tranquilos sonidos de pensamiento mientras tira de la cremallera, del cordón, como si estuviera tratando de ver cada ángulo del desastre que he causado. Estoy segura de que estoy imaginando que puedo sentir su calidez.
—Melanie— dice finalmente, en voz baja y tranquila. —¿Qué diablos hiciste? — Abro mis ojos y es brillante pero no cegador. Se ha quitado un guante y está tirando experimentalmente de varios bucles del cordón enredado. Ninguno de ellos se mueve.
—Me estaba acercando— miento. —Si tiras de ese gran bucle allí…—señalo. —…creo que esa es la clave para desatarlo—
Mete la mano por el agujero junto a mi cara y nuestros dedos se rozan. Knox frunce el ceño con más fuerza y, sin decir nada, envuelve mi dedo con toda su mano.
—Uh— digo, y se lo quita solo para agarrar toda mi palma, su mano cálida y áspera y de alguna manera con desaprobación.
—Mierda, estás helada— murmura, principalmente para sí mismo. Se quita el otro guante y los mete bajo el brazo junto con la linterna, intercalando de mi mano entre las suyas. —Nuevo plan. La camioneta primero—
Miro más allá del hacia la camioneta del Servicio Forestal, cuyos faros brillan entre los árboles con tanta intensidad que no puedo ver mas allá. Estoy empezando a comprender como la gente cree que ha sido abducida por extraterrestres, porque probablemente así es como empieza.
—Está bien— digo. —Si no te importa agarrar mi mochila, creo que puedo saltar.
—Te cargaré—
—No— digo, y el levanta las cejas una pequeña fracción de centímetro y no se mueve. Yo suspiro.
—¿Tendré dignidad? —
—¿Saltar es digno? — Desafortunadamente, es un buen punto. Cierro los ojos y respiro profundamente otra vez.
—Acepto mi destino— le digo, y el asiente una vez.
—Bien— dice Knox. Suelta mi mano, mete sus guantes y su linterna en el bolsillo de su abrigo, y luego hay un hombro en mi estómago y un gruñido indigno que se me escapa mientras me levantan en la configuración menos sexy: boca abajo y culo arriba.
—Trata de no moverte demasiado— dice, y agarra también el asa de mi mochila.
—Bien— me las arreglo. Mantengo la posición en un silencio digno mientras el cruza los quince metros hasta el camión, abre la puerta y me deja caer en el asiento del pasajero, donde hago lo mejor que puedo para ponerme erguida, aunque el saco de dormir de nailon es muy resbaladizo y eso se convierte en su propio desafío.
Sin hablar, salta a mi lado y se inclina, una mano se plantó en el asiento junto a mi muslo, su torso prácticamente cubría mis piernas.
—Hola— digo ante el contacto repentino.
—Encenderé la calefacción— explica, y ah, sí, se oye el tintineo de las llaves cuando el motor arranca. —Olvidé el corta pernos, ya vuelvo— La puerta del pasajero se cierra y estoy sola en la camioneta, en un saco de dormir, con el motor y la calefacción funcionando mientras Knox desparece en la oscuridad, y hago lo mejor que puedo para no pensar en…bueno, en nada. Intento no pensar en el frío que tengo. Intento no pensar en que buen comienzo sería este para una película de terror. Intento no pensar en el hecho de que mi salvador es Knox Boyle, veinte años mayor que mis recuerdos de un niño descalzo en días soleados de verano. Intento no pensar en el hecho de que sabía que era el, a quince metros de distancia en la oscuridad, en medio de una tormenta de nieve.
En lugar de eso, concentro mi energía en retorcerme hasta que mi brazo asoma por el agujero de la cara para poder encender la luz del techo y volver a trabajar en el nudo del infierno.
No hago ningún progreso antes de que se abra la puerta trasera y Knox arroje mi mochila dentro, luego se sube al asiento del conductor y me mira.
—Creo que casi lo tengo— le digo, de manera imprecisa.
—Se ve igual—
—La positividad es importante— digo, preguntándome si debía usar mis dientes. —¿No has leído El secreto? —
Knox resopla, que probablemente sea la respuesta que merece esa pregunta, pero se inclina de nuevo y luego su cara está a centímetros de la mía. Puedo sentir el aire frio saliendo de él y luego el primer rubor de calidez: nariz rosada, mejillas y labios rosados, ojos café claro, pestañas largas bonitas. Una barba corta y oscura y cabello oscuro, cortes a modo de cejas. Me pregunto si todavía expresan cada pensamiento que pasa por su mente o si ha aprendido a controlarlos. Todavía estoy atrapada en un saco de dormir y probablemente sufro de hipotermia y obviamente es todo mi imaginación, pero así. Aun.
—Espera— dice después de un largo momento, luego agarra ambos lados de la cremallera y tira en direcciones opuestas. No pasa nada.
—Lo intenté — digo.
—Creo que está jodido—
—¿Ese es el termino técnico? —
—Bastante técnico— dice, inclinándose hacia atrás para poder meter la mano en un bolsillo. —Ven aquí— Me estremezco cuando abre el cuchillo y me alcanza. —Es para el cordón no para ti— dice con incredulidad.
—¡Es un cuchillo sorpresa! — Knox cierra los ojos por un momento como si estuviera reuniendo paciencia, y sutilmente vuelvo a donde estaba lo mejor que puedo. Es difícil, porque comencé a temblar, de repente tenía más frio que cuando estaba afuera.
—Melanie— dice Knox. —Necesito usar un cuchillo para cortar el cordón de tu saco de dormir para que puedas maniobrar fuera de él y abrocharte con seguridad en esta camioneta antes de que intentemos un viaje a través de una tormenta de nieve, que solo empeora cuanto más tiempo nos sentemos aquí y nos hagamos tontos—
Hay un tono contundente en la forma en que lo dice, natural y cortante, como si estuviera leyendo instrucciones de seguridad a un grupo de turistas. A extraños.
—Lo siento. Hazlo— le digo y estoy tratando de no temblar, pero no puedo evitarlo y cuanto más trato de controlarlo, peor se pone. Los ojos de Knox se posan en los míos. Hace una pausa. Su agarre sobre el cuchillo cambia, un pequeño movimiento que no notaria si no estuviéramos tan cerca.
—Tendré cuidado— promete, profundo, suave y gentil, cortando el ruido blanco del motor del camión y el calor a máxima potencia, y…funciona. A pesar de todo, estoy tranquila.
—Lo sé — digo, y él lo hará. Al menos conmigo. corta el cordón y salgo a mitad de camino del saco de dormir como si me hubiera estado comiendo viva, sudorosa, helada y todavía temblando a pesar de que tengo puesto un abrigo. Sin decir una palabra, Knox gira todas las salidas de calefacción para señalarme, luego agarra una manta de campamento del asiento plegable detrás de nosotros y me la entrega, con las piernas todavía en el saco de dormir.
—Póntela una vez que hayas calentado un poco— dice. —Estás temblando—
—Gracias— digo. —No sabía que tenía tanto frío— Knox me mira durante un largo momento, medio girado en el asiento del conductor, la tenue luz del techo arrojando sombras extrañas sobre él. Parece que quiere decir algo, pero lo único que puedo hacer es mirarlo fijamente y tratar de no temblar demasiado.
—Lo tienes— dice finalmente, y señala su cabello
Me doy una palmadita en la cabeza con una mano. Lo único que encuentro es pelo. Creo que mi gorro está en algún lugar del saco de dormir, junto con un guante.
—No— dice, —¿Está cerca? El otro lado—
—Lo conseguiré más tarde— digo, rindiéndome, pero Knox extiende una mano cálida, sus dedos susurran en mi cabello y suavemente, saca algo y luego me lo tiende: una ramita con una hoja espinosa.
—Gracias— digo, y cuando lo tomo, tengo un repentino destello de memoria.
Teníamos diez. Era verano, mediodía, hacía mucho calor, y habíamos caminado por el bosque detrás de nuestras casas hasta Threebridge creek. Era más lejos de lo que se suponía que deberíamos llegar ya que la tierra pertenecía a otra persona, pero no había valla y por lo tanto no había una buena razón para permanecer fuera.
Nos quitamos los zapatos para chapotear en el agua y cinco minutos después pise un trozo de cristal. Era profundo y dolía muchísimo y sangraba como loco, y estábamos en medio del bosque donde se suponía que no deberíamos estar. Entré en pánico. Sentí como si me hubiera cortado el pie por la mitad. Todo estaba resbaladizo con la sangre que brotaba, y estaba bastante segura de que iba a morir o al menos meterme en problemas realmente graves.
Pero Knox estaba allí. Knox que tenía diez años, mantuvo la calma y tenía un pañuelo en el bolsillo. Me sentó, enjuago la sangre y me dijo que no iba a morir, lo envolvió bien y me recordó que estaría bien y luego me ayudó a regresar cojeando a mi casa, donde Rick lo miro y condujo directamente a la sala de emergencias.
Así era Knox en aquel entonces: gentil, tranquilizador y honesto cuando algo iba a doler.
—Está bien— dice, finalmente y dirige su atención al parabrisas, soltando el freno de mano con un ruido sordo. —Aférrate, esto no va a ser bonito—
No lo es. Bueno, lo es, desde el punto de vista estético, el bosque nevado es hermoso y sereno, pero el viaje en si es bastante complicado, por una carretera que no puede ser más que una pista en desuso cuando no hay una tormenta de nieve ni siquiera podemos ver los surcos y las rocas, por lo que Knox tiene que adivinar o basarse en la memoria, y ese no es un gran sistema.
En cinco minutos, dejé de actuar con calma y me aferre activamente a la agarradera de Jesús con mi mano derecha y el costado del asiento con mi izquierda, ambos pies apoyados en el hueco de la rueda. Podría romperme una muela. Inútilmente recuerdo el hecho “divertido” de que las personas borrachas tienden a sobrevivir a los accidentes automovilísticos más que las personas sobrias porque el alcohol los relaja, y supongo que estar relajado ayuda en los accidentes o algo así.
Seguro que moriré si chocamos, es lo que estoy diciendo. Mientras tanto, Knox mira con el ceño fruncido los copos de nieve a través del parabrisas como si cada uno de ellos lo hubiera insultado personalmente. Lo cual, no conozco su relación con la nieve. Quizás lo hayan hecho. Quizás el insulto primero. No lo dejaría pasar. Se necesita todo mi autocontrol para no preguntar eso, porque ahora mismo es claramente que no es el momento para distraerlo. Y ahora, una breve muestra de otras cosas que no digo:
“Me alegro mucho de que probablemente no seas un asesino con un hacha”
“¿Es esto un cambio manual?”
“¿Todavía crees que me voy a ir al infierno?”
“¿Esto tiene tracción en las cuatro ruedas?”
“¿Qué es peor, la nieve o el aguanieve?”
“¿Qué has estado haciendo durante los últimos veinte años? No le he preguntado a nadie sobre ti porque temo que no me gustara la respuesta”
“¿Hiciste tu gorro?” parece hecho a mano”
“¿Una vez tejí una bufanda? No era tan bonita como tu gorro”
“Conducir sobre la nieve siempre me hace pensar en tratar de ver Skinemax a altas horas de la noche, después de que mis padres se iban a la cama y había estática, pero casi podía ver gente desnuda. Lo siento. Probablemente tu no hacías eso”
“¿Cuándo fue la primera vez que viste a otra persona desnuda en un contexto s****l? Simplemente por curiosidad”
“¿Sabes a dónde vamos?”
“¿A dónde vamos?”
“¿Estás seguro de que esto es un camino?”
“¿Estamos perdidos? ¿Y es mi culpa?”
“¡Vaya, esta es una bajada bastante empinada!”
“¡Vaya, vamos demasiado rápido!”
“¡Árbol! Joder. ¡ARBOL!”
Excepto que digo eso último en voz alta: ¡ARBOL!. Nos detenemos abruptamente aproximadamente a media pulgada frente a un enorme roble, todas las cosas en la parte trasera del camión se deslizan y golpean con unos feos chirridos de metal contra metal.
Luego hay un largo momento de completo y absoluto silencio, el único movimiento es la nieve que cae afuera y un ambientador en forma de pino que se balancea en el espejo retrovisor. Extiendo la mano y lo detengo.
—Lo siento— dice Knox después de un largo y tenso silencio. Estábamos tan cerca del árbol que solo los lados están iluminados por los faros, el centro del árbol más oscuro y nada más que el brillo de la nieve más allá. —¿Estás bien? —
—Si— le digo. Mi voz es una octava demasiado alta y probablemente mañana me haga un moretón con el cinturón de seguridad, pero viviré. Al menos he dejado de temblar de frío, gracias al calor, al saco de dormir y mis varias capas. —Estoy abrochada. ¿Tu estás bien? —
—Bien— dice, y deja escapar un largo y tembloroso suspiro. Su rostro no cambia cuando pone marcha atrás, coloca su mano sobre el respaldo de mi asiento, mira por la ventanilla trasera y acelera el motor.
Nos movemos. En realidad, eso no es exacto. La camioneta se balancea un poco hacia adelante y hacia atrás, como si se esforzara mucho. Knox frunce el ceño. El motor hace más ruido. No pasa nada, pero estoy segura de que solo tomara otro segundo, en cualquier segundo los neumáticos encontraran algo de tracción y comenzaremos a movernos y rodearemos este árbol y luego seguiremos nuestro camino.
No.
Knox está perfectamente silencioso, con el rostro en blanco, mientras revisa la palanca de cambios, poniendo la camioneta en neutral y luego nuevamente en reversa, luego se mira los pies sobre los pedales como si de alguna manera pudieran ser el problema.
Lo intenta de nuevo. No vuelve a funcionar y ahora estoy empezando a sentir un pánico total, sudando un poco, con los puños en el regazo porque estamos atrapados en un vehículo en medio de una gran tormenta de nieve y todo esto es en gran medida culpa mía, encadenándome en un árbol. ¿Quién hace eso? ¿Qué es esto, 1972? ¿No pude hacer un video viral o algo así?
—Aquí puedo salir— ofrezco con la mano en el cinturón de seguridad. —Y.—
—¿Y qué? ¿empujar? — Knox simplemente gruñe, soltando el acelerador, dejando que la camioneta se balancee hacia atrás y luego golpeándola con bastante fuerzas.
—Tal vez sea más fácil si la camioneta es más liviana— digo. Y Knox no dice nada, completamente concentrado en dar marcha atrás al camión. La próxima vez que se balancea hacia adelante, choca con el árbol y ambos saltamos un poco.
—Mierda— murmura, luego respira profundamente y acciona la palanca de cambios para estacionar con tanta fuerza que creo que escucho algo crujir. —Quédate ahí—dice, y se baja de la camioneta.