KNOX
No puedo creer que no tengas cadenas para la nieve— dice Melanie, y juro que se me erizan los pelos de la nuca ante la frase. —¿Tienes cortadores de pernos, pero no cadena para nieve? —
Ni siquiera lo dice como si fuera una acusación, solo una conversación. Como si estuviéramos manteniendo una conversación normal aquí, en la oscuridad, en medio de una tormenta de nieve junto a un camioneta que no muestra signos de moverse en el corto plazo.
—Se supone que hay cadenas para nieve— explico, agachándome de nuevo. Por supuesto, Melanie no se queda en la camioneta como le dije. Por supuesto, ha estado revoloteando, haciendo crujir la nieve con sus botas de montaña, durante los últimos cuarenta y cinco minutos. Ella, según el último recuento ha ofrecido veintidós sugerencias y ofrecido su ayuda no menos de treinta y una veces, y juro que todo lo que quiero en el mundo son sesenta segundos de silencio para pensar y también contemplar los muchos errores que me llevaron a cometer este error, este punto.
Tengo unos tres segundos. Lo uso para alegrarme de que al menos tenga puesta ropa adecuada para el frío y de que esté pisando alrededor y manteniendo la temperatura de su cuerpo arriba.
—Deberías tener una lista de verificación de inventario— dice Melanie, de puntillas, mirando por encima del costado del camioneta como si tal vez hubieran aparecido mágicamente cadenas para la nieve en la parte trasera. Su cabello pelirrojo está recogido en una trenza que se desliza sobre su hombro. Durante medio segundo pienso en como lo sentí en la punta de mis dedos, allá en la camioneta.
—Para que cuando tu…—
—Melanie— espeto, y sale con más fuerza de lo que pretendía. Se detiene a mitad de la frase y luego nos miramos fijamente por un momento, con sus ojos cafés muy abiertos en su cara redonda y sus mejillas manchadas de rosa por el frío. Mierda.
—Bien, probablemente ya pensaste en eso— dice sin un hipo en su alegría.
Me aclaro la garganta en el profundo silencio de la nieve en un bosque invernal. —Si lo hice. — Ella guarda silencio por un momento más nates de regresar a la camioneta como si nada hubiera pasado, y ahora estoy molesto y culpable.
—Tienes algunas correas de amarre aquí— dice, contándome algo más que ya se. —¿Tal vez podríamos envolver una alrededor de ese árbol y usarlo de alguna manera para ayudar a sacar la camioneta? —
No respondo de inmediato. En lugar de eso, me tomo unos momentos para empujar las ramas que hemos encajado debajo del neumático, que en realidad no sirve de nada y mantengo la boca cerrada para no decir algo que no quiero decir.
Aunque es culpa suya que este aquí, en medio de una tormenta de nieve, intentando infructuosamente que mi camioneta vuelva a funcionar. Aunque fue ella que se encadenó a un árbol sin consultar el clima. Aunque un poco de simple previsión o sentido común habría evitado todo esto y podría estar cómodo en la cabaña ahora mismo leyendo. Los Diarios de Munderbot y bebiendo manzanilla frente al fuego, que es lo que merezco.
Ha pasado como máximo una hora y media y de alguna manera volveremos a los patrones de nuestra infancia: Melanie se embarca en una aventura y yo la sigo. Cuando era niño, debí haber seguido a Melanie a través de la mitad de las tierras boscosas del condado solo porque ella dijo que sería de dos semanas. Casi siempre tenía razón. No puedo pensar en esto ahora.
—Eso no funcionará — le digo finalmente sin levantar la vista. Dudo que algo que no sea un acto de Dios funcione: Tuve un derrape que empeoró cuando pise el freno para evitar el árbol, y ahora la camioneta esta ligeramente cuesta abajo, con su parachoques delantero descansando suavemente contra un enorme roble. Resulta que la tracción total no significa una mierda cuando estas en un camino apenas mantenido en medio de una tormenta de nieve y golpeas una zona de barro helado.
—Tienen esos trinquetes con dientes que se enganchan cuando los tiras en la dirección correcta— dice como si esto fuera algo nuevo y emocionante y no un hecho que haya conocido durante casi toda mi vida. —Entonces, si puedes hacer que la camioneta se mueva un poco, tal vez podamos apretar las correas y…—
—No va a funcionar— digo, poniéndome de pie.
—Que podría—
—No— le digo, con mucha calma quitando la nieve de mis guantes. —No lo hará—
Exhala con fuerza, el aliento se empaña en el cono de luz que proyecta su faro. —Vale la pena intentarlo— dice. —¿Tienes una idea mejor? De lo contrario, simplemente estaremos… estancados—
La verdad es que no quiero intentarlo. Se que no funcionará, pero resulta que los viejos hábitos mueren más difícilmente de lo que yo esperaba y ella está aquí, ahora, sugiriendo algo y, a pesar de toda la evidencia de lo contrario, no puedo evitar pensar: podría ser divertido. Lo cual es estúpido de mi parte.
—No, no vale la pena intentarlo— le digo, cruzando los brazos sobre el pecho. —Estás correas no pueden sostener una camioneta de cinco toneladas, y en el intento de hacerlo funcionar, uno de nosotros probablemente se lastimará al intentar lo imposible y luego estaremos completamente jodidos porque también será más oscuro más frío y la nieve será mas profunda. ¿Alguna otra idea genial mientras estás en eso? —
No estoy gritando, pero digo la última frase mucho, mucho más fuerte de lo necesario y los ojos de Melanie se abren como platos, su cara pálida bajo la luz brillante y las sombras extrañamente anguladas de su faro. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve a meternos en esta situación estúpida y peligrosa y luego de tener el descaro de parecer un animal acorralado cuando le digo eso?
Estoy tentado a decir todo eso en voz alta. Probablemente se sentiría bastante bien ahora mismo. No lo hago, porque soy un adulto y esto ya es bastante tenso.
—No— dice por fin, con voz firme y la barbilla levantada. Respiro profundamente otra vez en una sucesión aparentemente interminable de respiraciones profundas y miró a mi alrededor, el haz de luz de mi faro barre la nieve y los árboles y…eso es todo. Apagué los faros del camión, ya que si se agota la batería estaríamos aún más jodidos de lo que ya estamos y la palidez de los troncos de los árboles contra la oscuridad más allá hace que el bosque parezca poco profundo, como si estuviera todo listo para vestirse sin profundidad. Respiro de nuevo y logro activar la parte de mi cerebro que quiere hacer algo además de gritar.
—El año pasado tuve que rescatar tres autos de una zanja— le digo, ahora en un volumen normal. Melanie me mira fijamente sin moverse.
—¿Condujiste hacia tres zanjas? —
—No— resoplo, mi respiración atrapa la luz durante medio segundo. —Tres de mis hermanos idiotas se metieron en zanjas. Saqué a tres de mis hermanos idiotas de tres zanjas. Nunca me he metido en una zanja, y mucho menos en tres—
—Oh— dice y suena demasiado escéptica. —Bien—
—Conseguí esta camioneta hasta ahí y casi todo el camino de regreso— señalo. —Eso fue un jodido milagro. No. No es un milagro. Fue una hazaña de habilidad—
—No estaba diciendo— mi cara debe hacer algo, porque ella levanta ambas manos enguantadas y da un pequeño paso hacia atrás. —Lo siento, tu conducción es perfecta—
—El punto es que entiendo de las fuerzas involucradas en mover un vehículo atascado y una correa de amarre o incluso diez correas de amarre no van a ser suficientes en este momento— digo, ajustándome un poco el gorro porque me está, picando en la frente.
—Y algunos idiotas no volvieron a colocar las cadenas para la nieve en el invierno pasado, así que esto no va a ninguna parte—
Melanie respira entrecortadamente y mira de reojo la camioneta.
—Mierda— respira. —Entonces, estamos atrapados aquí—
—¿Puedes caminar? —
—¿Qué? —
—Puede…—
—No podemos dejar la camioneta—
—Dudo que alguien vaya a robarla— digo, abriendo la puerta de lado del conductor. La luz del techo se enciende y parpadeo con fuerza.
—Y si lo hacen se la han ganado—
—No. Eso es lo primero que aprendes de cada guía de actividades al aire libre, sitio web y charla sobre guardabosques— dice Melanie, con la voz un poco mas alta. —Si te pierdes, quédate en tu vehículo y no te adentres en el bosque por la noche en medio ¡De una tormenta de nieve! —
—No estamos perdidos— le digo, inclinándome sobre el asiento del conductor.
—Estamos en lo más profundo del bosque por la noche, en la nieve, en medio de la nada, ¡Y así es como la gente muere por exposición! — No señalo donde la encontré antes.
—Es una milla— le respondo. —Tal vez una milla y media. Una hora como máximo, incluso en la nieve—
—¿A la carretera? No, no lo es—
—A la cabaña—
—¿Qué cabaña? —
Saco mi unidad GPS y mi unidad GPS de respaldo donde estaban conectadas a la consola central, luego busco en la guantera el mapa de papel.
—La cabaña donde nos hospedaremos— le digo, cerrando la guantera.
Cuando me doy la vuelta, su rostro está muy pálido, sus ojos están muy abiertos y está muy quieta.
—Oh— dice. Me mira como si necesitara estar lista para que yo haga algo, luego habla con una calma forzada. —Ya veo. Pensé que íbamos a Parkway—
—Esa es la dirección opuesta— digo, desconcertado. —Hemos estado alejándonos de Parkway por millas—
—No me di cuenta—
—¿Cómo no?— me detengo. Se la respuesta que es que la mayoría de la gente no sabe que dirección es cual cuando están en medio del bosque. Ni siquiera en sus propios barrios lo saben.
—Este es el plan: caminamos la milla de regreso a la cabaña, que tiene un refugio, calefacción y comida. mañana o pasado, una vez que los caminos estén despejados, te llevaré montaña abajo hasta la ciudad. No hay manera de que Parkway haya sido despejada, y no hay manera de que lleguemos a las veinte millas hasta la ciudad—
Melanie se muerde el labio por unos momentos, mirando hacia el otro lado, con el aliento empañado frente a ella.
—Está bien— dice ella. —Sigo pensando que deberíamos quedarnos en la camioneta. Cada guía de supervivencia es muy clara—
—¿Qué dicen sobre encadenarse a un árbol en invierno? — chasqueo. Soy más ruidoso de lo que debería otra vez. —¿Es eso más aconsejable que caminar hacia un lugar seguro o es…—
—¡Eso también fue estúpido y yo también tenía miedo! — ella grita.
Todo queda en silencio, sus palabras se las traga la nieve. Ahora su cara esta roja y con manchas, incluso bajo la extraña luz de su faro, su mandíbula apretada y… Mierda.
Estoy siendo un idiota. Tengo una buena razón para ser un imbécil, pero de repente le prestó atención a Melanie en lugar de pensar que esto es culpa suya, ¿Cómo puedo sacarnos de esto una y otra vez y Dios, joder, ella no solo está asustada? ¿Ella me tiene miedo? Melanie nunca antes me había tenido miedo.
Joder…mierda. Me siento como tierra raspada del fondo de un zapato. Siento que la tierra debería tragarme entero.
—Melanie— digo, y trato de sonar lo más cálido y confuso que puedo, lo cual no es muy cálido ni confuso en absoluto, pero al menos lo estoy intentando.
—En primer lugar, no estamos perdidos aquí—Enciendo el GPS, espero que arranque y le muestro la pantalla. Lo mira y luego levanta la vista hacia el cielo, como si eso la ayudara a orientarse. Trago y trato de canalizar toda la calma de ayudar a un animal herido que puedo conseguir.
—Está bien— digo, y me quito un guante con los dientes para poder manipular la pantalla. —Este punto somos nosotros ahora mismo, y este pequeño símbolo en forma de cabaña es la cabaña— Melanie lo mira por un momento mordiéndose los labios, luego mira hacia el norte. Luego mira hacia el noreste, hacia la cabaña.
—Esas guías de supervivencia están dirigidas a aficionados— señalo con mucha paciencia. Toma la unidad GPS de mi mano, se quita el guante y sigue tocándola.
—No son profesionales de la naturaleza con dos unidades de GPS, un mapa y mucha familiaridad con esta ubicación exacta— Cambia su peso y la nieve cruje bajo sus pies.
—Esto dice que hay aproximadamente cero coma nueve millas hasta la cabaña— sigo. —Donde hay calefacción, agua, comida caliente y camas de verdad. Hay una cuesta un poco complicada, pero nada tan malo— me inclino y hago zoom un poco en el lugar donde unos cuantos garabatos y líneas están muy juntas en el mapa.
—Esto de aquí es…—
—Puedo leer un mapa topográfico— dice con firmeza. Retiro la mano y rechino los dientes mientras se vuelve más oscuro y más frío y nos quedamos parados como dos idiotas en lugar de avanzar hacia la seguridad.
Ella es como un halcón herido en este momento, o algo así, atacando porque esta asustada y acorralada, y en esta metáfora estoy tratando de extender la franja de carne cruda de la paz.
—Lo siento— dice, después de un momento. —Si. Gracias. Es una cuesta empinada—
Me devuelve el GPS, respira profundamente, se frota los ojos y, en general se mira miserable, aunque esa podría ser la terrible iluminación. Para mi descredito me hace sentir mejor que ella este pasando por un momento difícil en este momento, porque al menos se lo está tomando enserio.
—Está bien, hagámoslo— dice finalmente. Melanie. —Si todo sale terriblemente mal, tengo una tienda de campaña y un bonito saco de dormir con la cremallera rota, así que probablemente pasaré la noche—
—Gracias por tu preocupación— le digo, deslizando el GPS en mi bolsillo. Ella hace una mueca.
—Lo siento— dice de nuevo. —Mira, sé que esto es mi culpa. Simplemente no quiero que todo empeore. No es que este segura de como podría ser peor. Esto parece bastante malo y es como si fuera todo lo que he estado tratando de evitar cada vez que salgo de excursión—
Me recuesto en la cabina de la camioneta, agarro su saco de dormir y empiezo a meterlo en su mochila.
—Siempre podía ser peor— le digo por encima del hombro. —Ninguno de nosotros tiene huesos rotos o conmociones cerebrales en este momento, no conozco ningún puma en la zona, todos los osos deberían estar durmiendo una siesta—
—Que tu sepas—repite.
—Debería estar tomando una siesta—
—La naturaleza es impredecible— digo, dándole la espalda al asiento del conductor y agachándome para poder ponerme el armazón. Juro que tengo que ajustar cada correa de esta cosa. Melanie me mira, todavía con los brazos cruzados sobre su pecho, su rostro tenso. Tiene los dos guantes puestos y la nieve brilla a través de la haza de la luz de su faro.
—¿Vas a llevar eso sin importar lo que diga? — ella pregunta.
—¿Puedo al menos llevar algo para no sentir que estás haciendo todo el trabajo? — pregunta, así que le entrego una pequeña mochila desde la cabina de la camioneta. Tiene dos botellas de agua y algunas barras de granola de emergencia.
—Gracias— dice, inexpresiva, con esa línea de pánico todavía corriendo por debajo. Me levanto, ajusto la mochila un poco más, aprieto las correas. Es demasiado corta para mí, pero estará bien para una milla.
—Estaremos bien— le digo, cerrando la puerta. Cada vez se vuelve más oscuro sin la luz del techo encendida, por tenue que estuviera. Ahora, no puedo ver nada que no esté en el haz de la luz de mi faro y no me gusta, pero podría ser peor.
—Si— dice, y asiente, pero no parece convencida. —Vamos—