Si creía que haber visto a Pete y enfrentar aquella sombra extraña era lo peor que me podía pasar, claramente subestimaba mi vida. Porque nada, absolutamente nada, me había preparado para el verdadero horror: regresar al instituto.
La idea de volver al colegio me pesaba. Mis compañeros sabían del accidente. Todos me mirarían con esa mezcla de compasión y curiosidad morbosa. Sería "la chica que perdió a sus padres". Eso ya era suficiente tortura.
Lo que no imaginaba era que Pete también asistiría conmigo.
No oficialmente, claro. Solo para arruinarme la existencia.
—¡Vamos, Lin! Muévete, llegaremos tarde —burló su voz en mi cabeza mientras me acercaba a la puerta del instituto. No entendía por qué podía escucharlo incluso sin verlo.
Cuando crucé el umbral, Pete apareció junto a mí, caminando con total naturalidad entre los alumnos. Nadie más lo veía.
—¡Wow! Esto se siente... nostálgico, creo. Aunque no sé por qué.
—¡Pete! —susurré furiosa sin atreverme a mirarlo—. No deberías estar aquí.
—Técnicamente nunca me fui —respondó, encogiéndose de hombros. Lo ignoré.
En el pasillo, sentía las miradas clavarse en mi espalda. Pero Pete solo se entretenía observando a todos, como si fuera un niño en un parque. Sus ojos celestes brillaban, fascinados por todo lo que veía. Yo apenas podía concentrarme en poner un pie delante del otro.
Y fue entonces cuando comenzó su venganza personal: molestarme.
Durante matemáticas, apareció sentado en el pupitre vacío junto al mío. Sonreía como si aquello fuera normal.
—Tu profesora da sueño —comentó. Su voz solo la oía yo.
Intenté ignorarlo. Me incliné hacia mis apuntes.
—Si sigues escribiendo así de lento, morirás de aburrimiento. Oh, espera...
—¡Cállate! —exploté en voz alta, sin querer.
Toda la clase giró para mirarme.
Me hundí en mi asiento, roja como un tomate.
—Bravo, Lin. Muy discreto —comentó Pete, fingiendo aplaudir.
No sabía si quería gritarle o llorar. Sentía los ojos de todos clavados en mí mientras deseaba desaparecer.
En la siguiente clase, inglés, el caos se repitió. La profesora lanzó una pregunta al aire. Yo no tenía idea de la respuesta.
—Past perfect simple —susurró Pete, como si fuese la cosa más obvia del mundo.
—¡Past perfect simple! —respondí sin pensar.
La profesora me felicitó por mi excelente respuesta. Mis compañeros me miraron sorprendidos. Yo, más confundida que agradecida.
Cuando la clase terminó, Pete se materializó (por decirlo de algún modo) a mi lado, mientras recogía mis cosas.
—¡Gracias por salvarme! —le dije en voz baja, aún avergonzada.
—De nada. Aunque... fue raro.
—¿Raro?
—No sabía que hablaba inglés. Me salió solo. Sentí que lo sabía al momento de ayudarte.
Lo miré confundida.
—¿Te estás acordando de cosas?
Pete se encogió de hombros.
—No sé. Solo... lo supe.
Su respuesta me inquietó más de lo que quise admitir. ¿Y si poco a poco comenzaba a recuperar sus recuerdos? ¿Y si eso significaba algo peor?
El recreo fue peor. Un chico del curso superior, Marcos, vino a hablarme. Parecía amable. Se notaba que quería animarme después de mi pérdida. Pero Pete no podía quedarse quieto.
—¡Cuidado, Lin! Ese intenta ligar contigo —dijo, cruzándose de brazos detrás de Marcos.
—No digas tonterías... —susurré apretando los dientes.
—Además, no es tu tipo. Demasiado alto. Cara de bobo.
Pete hizo gestos burlones. Intenté contener la risa, pero se me escapó una carcajada justo cuando Marcos hablaba. Él se quedó confundido.
—Perdón, no era por ti... —intenté aclarar.
Marcos solo asintió, dudoso, y se alejó.
—Eres cruel —le reproché a Pete cuando se fue.
—Le ahorré la humillación de que lo rechaces —replicó sonriendo.
—Eres insoportable.
—Y tú no sabes disimular.
Casi quise reír. Casi. Pero luego recordé que seguía estando muerta de miedo por todo lo que había pasado en casa. Aun así, por un instante, Pete logró que olvidara mi tristeza.
Cuando sonó el timbre del final del día, creí que todo había terminado. Pero no.
—¡Nos vamos juntos! —dijo Pete, siguiéndome alegremente por el pasillo mientras los demás recogían sus cosas.
—¿Por qué me sigues?
—Porque soy un buen compañero. Y admítelo... no me odias tanto.
Y, aunque me costaba admitirlo, tenía razón.
Aquel había sido el peor primer día... y, de alguna forma, también el menos solitario.
Camino a casa, me pregunté si todo esto era real. Si Pete realmente existía o si había perdido la cordura. Pero entonces su voz regresó a mi mente:
—Por cierto, ese sándwich que no te comiste en el almuerzo... mala elección. El otro chico sí se lo comió. Se veía mejor.
Y su risa sonó tan humana, tan cercana, que no pude evitar sonreír.
Quizá estar loca no era tan malo, después de todo.