Esa noche confirmé algo que no quería aceptar: no estaba sola.
Y no era solo Pete.
Las sombras eran distintas. Las presencias... diferentes. Algunas, como la de él, se sentían frías pero estables. Otras eran como agujas en la piel. Como si la casa respirara algo invisible y oscuro. La sensación de estar vigilada me acompañaba en cada rincón, en cada silencio. Ya no podía llamar hogar a ese lugar.
El amanecer llegó sin darme descanso. Me sentía desgastada por dentro, como si cada pensamiento drenara la poca energía que me quedaba. Las ojeras bajo mis ojos delataban la noche sin sueño.
No tardó en aparecer.
Pete.
Esta vez no se esfumó. No habló primero. Me miró desde la esquina del jardín, junto al rosal. Su expresión era mezcla de duda y resignación, como si vernos fuera inevitable y, al mismo tiempo, doloroso.
—Sabía que regresarías —dije en voz baja, sin atreverme a acercarme demasiado.
Él bajó la mirada. Parecía incómodo, atrapado en algo que no comprendía.
—No sé por qué lo hago —murmuró.
Di un paso hacia él. Tenía miedo, sí. Pero más miedo me daba no entender.
—¿Tienes miedo de mí?
Pete levantó los ojos. Sus pupilas de hielo me atravesaron, pero su mirada no era hostil. Era herida.
—De ti... no. —Pausó—. Me asusta no recordar.
Aquellas palabras me quebraron un poco por dentro. Sentí el mismo vacío en mi pecho.
—¿No recordar qué?
—Quién fui. —Sus labios temblaron ligeramente—. Solo sé que no debería estar aquí.
El silencio entre nosotros pesó como una lápida. Yo también sentía algo roto dentro. Algo que no sabía nombrar, pero que me unía a él de algún modo que no entendía.
—Ayer dijiste que estabas... muerto.
—Lo estoy —respondió, sin cambiar el tono de su voz, como si fuera una verdad absoluta.
Me acerqué otro paso, sintiendo que la distancia entre los dos era más que física.
—Entonces... ¿por qué te veo? ¿Qué quieres de mí?
Pete negó lentamente, como si ni él mismo supiera la respuesta.
—Yo no quiero nada. Tú me ves... y eso no debería pasar. Nadie más puede.
Quise replicar, pero algo cambió. Lo sentí en el aire, en el ambiente que se volvió más frío, más denso. La temperatura bajó repentinamente, erizándome la piel.
Pete se tensó de golpe. Dio un paso hacia mí, como si pudiera protegerme de lo que se avecinaba.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que mi voz temblaba tanto como mi cuerpo.
—No todo lo que camina en tu mundo es como yo —susurró, con un tono que me heló la sangre.
Y entonces lo sentí.
No era Pete. Era algo más. Algo peor.
Detrás de él, desde el umbral de la casa, emergió una sombra. No tenía forma humana. Era densa, negra, como humo sólido que se retorcía lentamente. Su sola presencia hacía que el aire se volviera irrespirable. La presión en mi pecho era tan fuerte que creí que me desmayaría.
—¿Qué es eso...? —logré preguntar apenas.
—Corre —fue todo lo que Pete dijo. Su voz era seca, urgente.
Pero no podía moverme. Estaba paralizada por el terror.
La sombra se deslizó hacia nosotros. No caminaba, no flotaba, simplemente avanzaba. Como si el miedo mismo le abriera paso. El jardín, el aire, el día mismo parecieron apagarse a su alrededor. Una oscuridad que devoraba la luz.
Pete se giró hacia la sombra. Levantó una mano como si pudiera detenerla. Su figura temblaba, debilitándose visiblemente.
—¡Lin, escóndete! —gritó con desesperación.
Di un paso atrás, pero mis piernas flaquearon. El terror me había atrapado.
—¡No me dejes sola! —grité con voz quebrada.
Y entonces ocurrió.
La sombra impactó contra Pete. Su figura parpadeó, como si fuera una llama a punto de extinguirse. Él gritó. No de dolor. De resistencia. Como si luchara contra algo que intentaba borrarlo.
—¡Vete! —rugió, con una voz que no creí que pudiera tener.
El miedo me impulsó finalmente. Corrí hacia la puerta trasera, tropezando, apenas logrando mantenerme de pie. No miré atrás. El susurro de la sombra me seguía. No era un sonido real. Era como un pensamiento ajeno en mi mente, algo frío y oscuro que intentaba alcanzarme.
Entré a la casa y cerré la puerta de golpe. Apoyé la espalda contra ella, jadeando. El corazón me latía tan fuerte que dolía. Las lágrimas bajaban por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.
Y entonces... silencio.
Pasaron segundos, o tal vez minutos. No lo supe. El miedo lo distorsionaba todo.
Hasta que escuché la voz.
—Ya puedes salir.
Era Pete. Su voz sonaba débil, lejana.
Abrí la puerta lentamente. Su figura estaba allí, de pie, borrosa, como humo retenido en forma humana. Sus ojos celestes eran menos brillantes. Su cuerpo... menos sólido.
—¿La sombra...? —pregunté, temiendo la respuesta.
—Se fue. Por ahora —respondió con un suspiro que no era un suspiro.
Me quedé sin palabras. El miedo seguía dentro de mí. Pero no era por él.
—¿Qué era eso?
Pete bajó la mirada. Su tristeza era un peso visible.
—No lo sé —susurró—. Pero no soy como eso.
Pete dio un paso atrás. Su figura tembló. Parecía desvanecerse.
—No puedo quedarme. No ahora. Pero regresaré.
—¿Por qué? —pregunté, sin entender por qué me importaba tanto su partida.
Pete levantó la mirada una vez más. Sus ojos vacíos contenían algo parecido a una respuesta.
—Porque tú eres la única que puede verme.
Y desapareció.
Esta vez, mis piernas cedieron. Me dejé caer en el suelo, temblando.
No todo era lo que parecía. Y yo lo había comprobado.
Porque el miedo ya no era solo a perder lo que amaba. Ahora era miedo a algo peor: no entender lo que estaba enfrentando.