Capítulo 2: La Noche en Vela

954 Words
No dormí esa noche. No podía. El peso de lo que había visto, o creído ver, se aferraba a mi mente como una garra invisible. Me acurruqué bajo las sábanas, mirando el techo, mientras mi corazón latía con fuerza aunque el resto de mi cuerpo estuviera inmóvil. Las imágenes se repetían en bucle en mi cabeza: las sombras estirándose en la casa vacía, la voz que había susurrado mi nombre desde la nada, y sobre todo él. Ese chico. Su mirada imposible. Sus palabras congeladas en mi memoria: «Porque yo... ya estoy muerto». Había algo más en esos ojos helados. No miedo. No amenaza. Era tristeza. Soledad. Como si aquel ser hubiera cargado siglos de silencio y, por algún motivo, había decidido mostrarse a mí. Pero, ¿por qué yo? Me abrazé las rodillas con fuerza, sintiendo el temblor en mis manos. No estaba lista para aceptar que algo en mí había cambiado. Que la frontera entre la vida y la muerte, al menos para mí, se había roto esa mañana cuando lo vi. Me decía a mí misma que era un sueño. Una alucinación causada por el dolor, por el accidente, por la pérdida. Pero la frialdad de sus palabras seguía repitiéndose como un eco imposible de ignorar. —Estoy muerta de miedo... —susurré para mí misma, irónicamente. Las horas se estiraron. O tal vez se detuvieron. No lo sabía. Solo recordaba cada detalle: el brillo opaco de sus ojos, la forma en que la luz lo atravesó antes de desvanecerse. Era real. Tenía que ser real. Nadie imagina algo tan preciso. Nadie escucha una voz en su cabeza que se siente ajena y propia a la vez. Cada crujido de la madera, cada sombra, hacía que mi corazón saltara. Tenía miedo de cerrar los ojos. Y mucho más miedo de abrirlos y verlo otra vez. En algún momento, la luz gris del amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas. Seguía despierta. Mis ojos ardían. Mi cuerpo estaba agotado, pero mi mente seguía en alerta. Decidí levantarme. Tenía que moverme. Tenía que comprobar que seguía siendo real. Caminé hasta el baño arrastrando los pies. Me miré en el espejo. La chica que me devolvió la mirada no era yo. Pálida. Ojeras profundas. Los ojos hinchados de llorar y no dormir. Una extraña habitando mi propio reflejo. «Quizá él también se siente así», pensé sin querer. Me estremecí. ¿Qué estaba haciendo? ¿Sintiendo empatía por un... fantasma? Un muerto. Una sombra. Me lavé el rostro con agua fría intentando borrar esos pensamientos, pero no funcionó. Sabía que tarde o temprano volvería a verlo. Algo dentro de mí lo sentía. Estaba segura. Fui a la cocina. Scarlett no estaba. Quizá se había ido temprano a trabajar o a hacer compras. Agradecí el silencio. No quería dar explicaciones. No quería preguntas que no sabría responder. Me senté a la mesa sin hambre. La misma mesa donde lo había visto por primera vez. Cerré los ojos y, por un instante, deseé volver a verlo solo para saber que no había enloquecido. El sonido repentino de la puerta principal me sobresaltó. Me puse de pie, con el corazón golpeando en el pecho. Pero era Scarlett. Su figura alivió y decepcionó al mismo tiempo mi ansiedad. —Buenos días, Lin. No estás vestida. Pensé que estarías dormida. No supe qué responder. Mentí. —Dormí un poco. Ella dejó las bolsas en la encimera y se acercó. Me miró como solo lo hace alguien que se preocupa de verdad. Quiso decir algo, pero se detuvo. No preguntó. Lo agradecí. —Hay pan fresco. Y jugo. Debes comer algo, ¿de acuerdo? Asentí sin mirarla. Sabía que su voz temblaba un poco. También ella tenía miedo. No de fantasmas. Miedo de perderme a mí. Pasamos la mañana en silencio. Cada una sumida en su propio abismo. Yo no podía dejar de pensar en él. En sus ojos. En su voz. En su pregunta: «¿Cómo puedes verme?» La tarde llegó como una sombra más. Salí al jardín buscando aire. Necesitaba escapar del encierro de mi mente. Caminé descalza por el césped que aún olía a humedad. Cerré los ojos. Por un instante deseé escuchar su voz otra vez. Deseé que regresara. Y entonces lo sentí. No fue un sonido. Ni una visión. Fue una certeza. Como un susurro dentro del pecho. «Está cerca». Abrí los ojos y giré lentamente. Y allí estaba. De pie, bajo el rosal que mi madre había plantado. Con la misma expresión de asombro y tristeza. Era él. —Tú otra vez... No era un reproche. Era alivio. Era miedo. Era todo a la vez. El chico me miraba. Pero esta vez, habló primero. —No deberías poder verme —dijo con voz baja—. No es normal. —Ya me lo dijiste... pero sigues aquí. No puedo ignorarte. —Ni yo a ti —admitió. Su voz tenía un eco distinto, casi humano, casi soñado. Me acerqué un paso. El miedo seguía allí, pero la necesidad de entender era más fuerte. —¿Cómo te llamas? El chico vaciló. Miró sus manos como si apenas fueran suyas. Finalmente, respondió: —Pete. Solo eso. Como si ese nombre fuera lo único real en su existencia. —Pete... ¿qué eres? Al decirlo, comprendí que parte de mí ya sabía la respuesta. Él bajó la mirada. Su figura tembló levemente, como si fuera a deshacerse. —Algo que no debería estar aquí. Y desapareció. Esta vez no grité. No lloré. Solo me quedé de pie, sintiendo el vacío en el aire donde él había estado. Porque, por primera vez, algo dentro de mí supo que esa no sería la última vez que lo vería.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD