Ex abrió los ojos buscando con la mano el dichoso despertador... Tenía que estar en algún sitio y necesitaba saber la hora, el tiempo sobrante hasta que la alarma sonara devolviéndola a la realidad. Y en ese momento prefería su fantasía, esa en la que entraba en un club de acompañantes masculinos dirigido por cinco tíos... Humm, gimió recordando a esos cinco. Bueno, cuatro; el quinto... no le caía bien.
Primero la mirada arrebatándole el oxígeno y los latidos, y después el desprecio. ¿No era suficiente mujer para estar ahí? ¿O quedarse mirándolo como una idiota le había dado una idea equivocada de ella?
No... Mejor olvidarse de él.
Volvió a agitar el brazo en busca de la mesita de noche y el despertador pero sólo tocaba colchón.
¿Desde cuándo su cama era tan grande? Volvió a abrir los ojos, cerrados cuando intentaba recordar a los cinco hombres, y le pareció sospechoso todo. En su habitación no había nada pintado en el techo... Y allí había una pintura muy hermosa de una mujer tratando de alcanzar una estrella. Se removió llegando hasta una zona más dura, pero redondeada. El rugido que vino después le hizo apartarla de golpe y sentarse en la cama. Miró donde había tocado para encontrarse con él: el borde.
Uriel tenía las piernas subidas sobre la cama mientras el resto de su cuerpo permanecía en la silla, al lado de la mesita de noche. Ex se dio cuenta de que ni ésa era su cama, ni su mesita, ni su habitación. Y desde luego, no tendría que estar en ese cuarto, eso lo primero, porque había dejado su casa hacía unos días, cosa que su mente había olvidado de repente. Pero ¿qué hacía allí entonces? No, mejor, ¿cómo demonios podía salir de allí sin alertar a ese tío? Ex se alejó de ese lado de la cama con mucho cuidado para no mover el colchón y evitar así que las piernas de aquel hombre sintieran la vibración. Ya bastante tenía ella con sentir el temblor en la mano con la que le había tocado el muslo... Y qué muslo, duro y torneado; debía de ser una delicia para los ojos cuando estuviera desnudo. Resopló encontrando un poco de control y apartó las mantas de la cama.
Siseó por el contraste de temperatura, queriendo volver a encerrarse en esos cobertores y sábanas tan calentitos, pero el pudor de saber dónde estaba pudo más y salió con rapidez para no ser percibida.
Ahora tenía un problema... Sus botas. Se agachó buscándolas hasta dar con ellas, justo debajo de las piernas de él. Estupendo.
Intentó meterse debajo para alcanzarlas sin tener que dar la vuelta pero era inútil, era demasiado grande para caber debajo y no quería quedarse atascada. Así que se armó de valor y, mordiéndose el labio mientras miraba a Uriel, rodeó la cama. Quedó a escasos centímetros de él y se acuclilló sin quitarle la vista de encima, palpando con las manos el lugar donde esperaba que estuvieran las botas.
Pero los nervios porque él se despertara y la pillara impedían que diera con ellas. Apartó la mirada sólo los segundos suficientes para agarrar las botas y, cuando volvió a mirar arriba, los ojos de él estaban clavados en ella, penetrándola, volviendo a dejarla sin voluntad alguna.
—¿Estás bien? —preguntó con una voz que denotaba su despertar, más grave y ronca de lo normal. Se llevó una mano al cuello y se quejó al echarlo hacia atrás mientras estiraba el resto del cuerpo. ¿Había dormido en esa silla?—. ¿Vas a responderme? —añadió al no contestarle la primera pregunta.
Ex se despejó olvidándose de cómo se sentiría ese cuerpo estirándose, cual gato encima de ella, y lo miró de nuevo a la cara levantándose del suelo.
—Sí, estoy bien.
—¿Seguro?
—Creo que sé cómo estoy, gracias —respondió encendiéndose por esa falta de fe.
—Si no vas a usar la cama... —murmuró girándose para empujarse sobre el colchón y meterse bajo las sábanas—. Estaba muy a gusto en el baño hasta que te oí llorar... —masculló en la almohada—, y después te calmaste conmigo a tu lado.
Poco más pudo decir; cayó dormido de nuevo.
¿Había llorado? ¿Ella? No se acordaba de nada. A ver. Había llegado al club, no era un sueño — algo agradable, de ser un sueño hubiera querido que fuera real, y ahora tenía esa realidad encima— y había comido y bebido, aunque no alcohol... Y...
—Mierda, ¡me quedé dormida! —exclamó recordando el momento exacto en que entre el calor, el estómago lleno y estar arropada por todos ellos, había claudicado su fuerza de voluntad y había caído exhausta en la mesa.
Frunció el ceño ante la imagen de Uriel. Decía que había llorado... Pero no recordaba por qué, ni siquiera recordaba haberlo hecho. Y sin embargo, lo creía. ¿Podía haberse desahogado su subconsciente de forma indirecta a través de los sueños? Tal y como andaba su mente, era posible.
Dio una vuelta completa a toda la habitación localizando la puerta del baño y la de salida. Después miró a Uriel. ¿Podría asearse y después marcharse? No parecía que fuera a irse a ningún sitio, tal y como dormía. Ex caminó hacia atrás sin perder de su campo de visión al hombre sobre la cama hasta llegar al baño. Allí cerró la puerta y echó la llave para buscar más intimidad. Se calzó con rapidez las botas ante el frío del suelo y se arregló lo mejor que pudo. Todavía debía localizar su chaquetón, quizás en el club o... En su mente se encendió la lucecita. ¿Dónde estaba en esos momentos?
Esa habitación pocas pistas podía darle, y con él fuera de combate, sus únicas alternativas eran: Uno, quedarse en la habitación, despertar a Uriel o esperar que lo hiciera él, y pedirle información.
La descartó; con el humor que se gastaba el tío era capaz de lanzarle otra grosería.
Dos, salir de la habitación, buscar si el chaquetón estaba por allí y pirarse. En principio era la mejor idea y, salvo que su mente maquinara algo más, la única plausible.
Así pues, se encaminó hacia la puerta abriéndola despacio para no hacer ruido. Asomó la cabeza fuera para ver otras puertas y un pasillo amplio con algunos cuadros colgados. Delante de ella había una sala muy iluminada, pintada en blanco con una gran ventana para dar mucha luz, filtrada hacia una puerta entreabierta.
No parecía haber nadie y Ex se aventuró a salir fuera. Con suerte daba con la salida a la calle y se escabullía. Con buena suerte encontraba de paso su chaquetón.
Pisó con lentitud para no provocar ningún ruido; lo único que le faltaba era despertar a Uriel y enfadarlo... O que hiciera algo diferente y más placentero. Se golpeó a sí misma para centrarse y no imaginar cosas estúpidas y llegó al final del pasillo, dando paso a un gran salón con una ventana amplia y abierta por la cual entraban una brisa muy fresca y los rayos del sol. Había un par de sofás blancos y una televisión enorme. Junto a ella, varias consolas y videojuegos puestos en una torre. Algunas estanterías con libros, CD y un equipo de música presidían el resto del salón.
Divisó su chaquetón sobre el espaldar del sofá y su rostro se iluminó por la suerte; al menos ya no debía preocuparse por encontrarlo. Tiró de él buscando con la mirada la puerta de la calle, el segundo objetivo del día. Ubicada, echó a andar hacia allí, pero en cuanto cogió la manija fue engullida por una oscuridad a su espalda y un aura tremendamente seductora.
—¿Adónde vas, gatita? —preguntó un hombre, meloso. El problema era el estremecimiento que provocaba esa voz. Ex giró con lentitud la cabeza hacia atrás y arriba para ver junto a ella a Axel, apoyado en la puerta con una paleta en la mano... Con una camiseta blanca de tirantes. —¿No te quedas a desayunar? No creo que a los chicos les guste perderte después de subirte a nuestro apartamento como una privilegiada.
—¿Privilegiada? —preguntó.
—Por supuesto, aquí no sube ninguna mujer. Es nuestra regla. Rota por ti, gatita.
—¿Por qué?
—Te quedaste dormida en el club, Jerôme ya se había ido, ¿qué íbamos a hacer? —respondió encogiéndose de hombros.
—¿Haberme despertado y echado? —sugirió ella. Sería lo que cualquier dueño de un bar haría.
—¿Y dejarte en la calle con el frío que hacía? Ni hablar, no somos de ésos. Uriel cargó contigo y te metió en su cama. ¿Has dormido bien o te ha hecho algo?
Ex se sonrojó y apartó la mirada al recordar dónde estaba él cuando despertó.
—He dormido bien. Uriel no hizo nada raro... Creo... —agregó al final.
Axel se echó a reír, una risa grave y profunda que le hacía vibrar todo el cuerpo.
—Si Uriel hubiera hecho algo, lo habrías sabido, gatita. Créeme —puntualizó guiñándole el ojo—. Bueno, ¿desayunas? Estoy preparando tortitas.
Fue hacia la cocina sin esperar su respuesta.