El local estaba dividido entre sofás amplios con cojines de colores diferentes al lado de una pared llena de espejos y mesas al otro lado. De hecho, los que estaban en los sofás podían, si no querían mirar directamente, controlar las mesas a través de esos espejos, aunque también tendrían otros usos, suponía.
Uriel continuaba en la misma postura de antes, concentrado en las mujeres a su alrededor, escuchando atentamente. También Euen y Owen parecían divertirse en otro de los sofás jugando con sus clientas, tentándolas con la bebida y... Dios, dándoles el líquido con los dedos, metiéndolos en la copa para llevar las gotas a las bocas de ellas y, si se caían en el camino, lamerlas donde fuera que estuvieran.
En la sala había una columna y la pared le impedía ver más allá, pero algo parecía ocurrir, pues las mujeres gritaban y se movían alentando a algo o alguien. ¿Un striptease, tal vez? ¿O algo más fuerte?
—¿Te ha dejado sola? —le preguntó Jerôme acercándose.
—Tenía que atender la barra.
Observó a Ithan hablando con algunas conocidas mientras les servía copas.
—Sí, estará ocupado un rato, al menos hasta que se llene del todo el local y ubique a cada una con uno de los chicos.
—¿El club es...? Me refiero, no es nada ilegal, ¿no?
Jerôme frunció el ceño y cambió su campo de visión de Ithan a ella.
—Cariño, te he traído a un sitio legal. ¿Crees que estaría yo aquí si no lo fuera? Dudo que tuviera credibilidad si la gente viera al jefe de policía en un lugar como éste...
Ex se atragantó. No con alimento, ni con líquido. ¿Podía uno atragantarse con su propio aliento y saliva? Comprobado: podía.
¿Él era el jefe de policía allí? Lo miró de reojo mientras intentaba dejar de toser y meter algo de aire en los pulmones antes de colapsar delante de todos. ¿Cómo lo respetaban si por las noches iba así a un club de chicas?
—Deduzco que eso es por mí —observó Jerôme cuando Ex dejó de toser y se dedicó a respirar profundamente.
—Lo siento —se disculpó con la voz algo más rasposa.
—Toma, refréscate la garganta —le ofreció una copa con algo entre transparente y azul. Francamente, no estaba para hacerle aspavientos a una bebida y se la tomó sin preguntar qué podía ser. Al menos estaba dulce—. Ya lo has visto, es el Fever Club. Los chicos llegaron aquí —«Demonios con el aquí, ¿es que nunca sabré dónde he ido a parar?»— hace un par de años y fundaron este club para chicas. Es un lugar donde se reúnen y pueden tener al chico que quieran, compartiendo con otras, claro. Ellos nos escuchan y dan consejos, caricias y todo lo que quieras, pero nunca van más allá; es una regla: jamás se lían con una clienta. Y lo llevan a rajatabla, créeme. Más de una vez he intentado arrinconar a Ithan en la parte de atrás y se ha escapado, el muy sinvergüenza —masculló eso último mirando anhelante al hombre tras la barra—. Ah... Si pudiera echarle el guante, o las esposas, aunque me gustaría más ser yo quien estuviera esposado... ¿Te imaginas? Una esposa en mi muñeca y la otra en su...
Ex abrió los ojos de par en par, ¿no se referiría a...? La sonrisa de él le decía que sí, precisamente a esa parte. ¿Le quedaría grande la esposa o le iría bien? Menuda visión para tener en un momento como ése. Apartó la mirada antes de que la viera del mismo color que algunos cojines sobre los sofás.
—¿Son acompañantes?
—Algo así. Abren sólo por la noche, desde las once hasta las cinco de la mañana, y durante esas horas proporcionan algo de relajación y de espectáculo. Deberías verlos cuando están sobre el escenario y hacen alguna actuación.
—¿Escenario?
—¿Aún no lo has visto? Axel está actuando esta noche, no puedes perdértelo, es el mejor haciéndolo —dijo tirando de ella sin darle tiempo ni a soltar el vaso.
—¿Haciendo qué? —preguntó Ex tratando de enterarse antes de posar la vista en algo que no debiera.
Jerôme, con lo grande que era, no tuvo problemas en abrir un camino hasta llegar al fondo del local y de ahí torció por la columna. Había un escenario lo bastante grande para diez personas ocupado en ese momento por un hombre solo, con una chaqueta de piloto y un gorro que pronto salió volando de su cabeza para acabar al lado de varias mujeres que se peleaban por él.
Ese hombre... Puro músculo, como los otros, pero tenía un aura más salvaje, como si te tentara y no lo alcanzaras hasta que él quisiera. Su pelo corto y de punta, esa boca torcida en una sonrisa, un pequeño hoyuelo en la parte izquierda de la boca y esa forma de moverse... Ex vio cómo se deshacía de la chaqueta con tanta lentitud que una dejaba de respirar mientras los músculos y partes de su piel iban apareciendo, contoneándose por todo el escenario, haciendo uso de los distintos accesorios que había allí: una mesa, una silla de comandante, una barra... Ese hombre sabía cómo mantener la atención de una mujer en sus movimientos.
La chaqueta sobrevoló la zona hasta que varias manos la aferraron con violencia luchando por quedársela, finalmente desgarrada en trozos más pequeños. Y él siguió bailando para deleite de las demás, quienes no se perdían nada. Empezó a desabrocharse el pantalón, a juguetear con la cinturilla. Las miraba a todas, a todas menos a ella... No, por un momento el hombre se quedó parado en el escenario observándola directamente, dejando que sus ojos la barrieran en un rápido vistazo antes de guiñarle el ojo y seguir con su espectáculo. ¿Un guiño y ya la tenía babeando? Y no era sólo él: eran Ithan, Euen, Owen, Uriel y Axel... Cinco, como las vocales... Si hasta sus nombres empezaban por vocal. Y ella se encontraría en medio de todas. Eso le hizo reír por un momento.
—¿Ves cómo Axel hace que te olvides de todo? —prorrumpió Jerôme desconcentrándola del minucioso examen a distancia que estaba haciéndole al trasero del susodicho, cubierto por unos bóxers blancos. Y al lado había una botella de agua; ¿se la echaría encima? Dios, sí, por favor...
—¿Qué?
Jerôme se echó a reír.
—Decía que Axel es bueno nublando la mente de las mujeres.
—Oh, sí...
—Todos son buena gente. ¿Qué te parece si te sientas a alguna mesa? ¿Has comido algo? Antes estabas un poco pálida.
—No tengo dinero —reconoció, triste.
—No te preocupes, yo te invito. Ven, primero comeremos. Los chicos se irán acercando a la mesa de vez en cuando, ya verás.
Y se acercaron. Euen y Owen, incluso Ithan. Todos pendientes de ella, de si estaba bien, si disfrutaba, si necesitaba algo. Jamás la habían agasajado a ese nivel, como si fuera una reina y ellos sus esclavos. Estaba bien, empezaba a verle las ventajas de tener algo así. Podía imaginarse rodeada de hombres que atendieran cada una de sus órdenes, hombres con la cara de aquellos tres junto a Axel y Uriel, quien por cierto seguían mirándola de vez en cuando, poniéndole el vello de punta cada vez. Axel era el único con quien aún no había hablado, aunque sí visto, en toda su gloria, salvo por esa mano fastidiosa cogiendo cierta parte. ¿Qué más le daba ya? ¿No estaba en bolas? Jerôme la dejó sola varias veces, la mayoría cuando Ithan abandonaba la barra e iba a la parte trasera del local, pero nunca parecía tener éxito, a pesar de los continuos intentos. El ambiente era agradable, la temperatura mejor que la de fuera y la comida... Hacía tiempo que no comía algo caliente y sabroso... ¿Alguno de ellos cocinaría? ¿O tenían a otra persona contratada? ¿Otro como ellos?
Se echó sobre la mesa imaginando que entraba en la cocina y encontraba a un par de hombres acalorados con delantales... y nada más. Cerró los ojos para no perder la visión de esos «dioses de la cocina».
—¿Ya se ha acabado todo? —preguntó Axel al lado de Ithan despidiendo a las últimas mujeres.
—Sí, por fin. Me muero por pillar la cama.
—Hoy han sido demasiadas —soltó Owen—. Y eso que mañana hay quien trabaja.
—No os quejéis —replicó Axel—. A vosotros os piden juntos. Yo he tenido que estar en el escenario toda la noche.
—¿Alguno ha visto a Jerôme? —preguntó Ithan—. Como haya subido otra vez y me lo encuentre en la cama desnudo os juro que lo cuelgo por las pelotas, por muy policía que sea.
Axel, Euen y Owen soltaron una carcajada sosteniéndose los unos a los otros.
—Me debéis cien euros. Ya os dije que no colaría.
—¿¡Vosotros le dijisteis cómo subir!? ¡Hijos de puta! —bramó enzarzándose con ellos.
—¿Qué hacemos con ella? —inquirió Uriel.
Los otros pararon su juego volviéndose hacia donde su compañero miraba. Allí, tendida sobre la mesa, Ex dormía plácidamente con los brazos bajo su cabeza y una sonrisa en los labios.