La Llegada de Nuevos Amores

4054 Words
Habían pasado algunos minutos, desde que llovió escarcha dorada en el bar-café. Como todo había vuelto a la normalidad, muy pocos recordaban, lo sucedido. Los clientes del lugar, pensaron que había sido una atracción, dirigida por el dueño, pues se conocía por los ciudadanos de Londres, como un espacio desbordante de misticismo, mientras que Regina, Constanza, Denisse, Caridad y Agatha, sabían que detrás de ese instante había algo más. Pues, ésta última, les había hablado acerca de una revelación de los Dioses, y, aunque Caridad, no estaba de acuerdo con éstas cosas, le dio credibilidad al acontecimiento.   Denisse, llama a Bruno con un silbido y le hace seña para que les traiga una ronda más, la noche aún era joven y les quedaba mucho por conversar y ponerse al día. Pero, Don Alvaro, se adelanta y le lleva la orden a la mesa. - Señoritas, ha llegado su pedido y unas botanas para acompañar. - Don Alvaro, muchas gracias, pero lo vi tan ocupado, que preferí llamar a Bruno. - No se preocupe, Señorita Denisse, para ustedes, mis clientes más fieles, nunca estoy ocupado. ¿Se les ofrece algo más? - Está bien así, gracias.   El intento de Denisse por saber cerca a Bruno, aunque fuera por un instante, fue en vano. - A ver, Regina, cuéntanos, ¿Cómo te va en la Administración del condominio “East Wood” ?, tienes varios años allí, ¿cierto? - ¡Excelente!, mejor imposible. Voy para 3 años ahí. Es un lugar sumamente silencioso, nadie grita, nadie pone música a alto volumen, de verdad es el mejor lugar para trabajar y ganarse la vida, tranquilamente. - Y, ¿Qué nos cuentas de las cosas del corazón?, ¿Algún enamorado? ¿Pretendiente? ¿Amigo con derecho, quizás? - Pues, ¿Qué les puedo decir?, hay alguien que conocí, hace un par de meses en las afueras del mercado de Cowdell, una de las tardes que salí temprano del condominio, me fui a comprar unos presentes, para las doñas del edificio, pues, siempre que pueden, me llevan detalles al despacho, y pensé que podría ser una buena idea, retribuirles, lo mucho que me consienten. - Ajá, ¡conociste a alguien!, cuenta, cuenta. ¿Quién es?, ¿De dónde?, ¿A qué se dedica?, ¿Es soltero o casado?, pero dinos algo por el amor de Cristo, nos tienes en ascuas. Comenta Denisse, muy emocionada. - Sí, sí, cuéntanos. Acota, Caridad. - Ustedes son muy curiosas, déjenla que cuente, a ver, estamos esperando. Le dice Constanza, entre risas. - Pues, es un hombre exageradamente apuesto, tiene todo en su lugar, se llama Sebastián. Nos tropezamos, tontamente, al salir de uno de los cubículos, donde miraba unas alhajas hermosísimas, que, por cierto, me recordaron a Agatha, pues eran algo misteriosas; el señor de la tiendita, me dijo que era lapislázuli o algo así y... - Regina, no te desvíes del tema, luego nos cuentas de las alhajas y de todo lo que viste en la tienda, sigue hablándonos de Sebastián. Le ruega, Constanza, mientras suspira y hace ojitos de osita enamorada. Denisse, Caridad y Agatha; la escuchaban atentamente sin siquiera pestañear. - ¡Oh!, disculpen es que, de verdad, eran hermosas. En fin, nos tropezamos y se me resbalaron de las manos, algunos paquetes que llevaba, por lo que, él, muy caballero, se ofreció a recogerlos y al entregármelos, me rozó la mano y al mirarme a los ojos, sentí una conexión, diferente, a la que he sentido en otras oportunidades, con otros hombres. Fue como si nos conociéramos de toda una vida y en ese instante, nos volvíamos a encontrar. - Eso suena muy interesante, comenta Agatha. - ¡Auuuuu, el amoooorrrr! Suspira de nuevo Constanza. Como siempre, es la que se ilusiona más rápido de todas y la que cree en que los príncipes, sí existen. Aunque sus amigas y el mundo entero, diga lo contrario. - ¿Y entonces?, ¿Qué pasó después?, pregunta Denisse, mostrando gran interés. - Luego, me pidió disculpas, se presentó tomándome de la mano, dijo su nombre, mientras, acercaba sus labios lentamente y la besaba, respetuosamente. Enseguida, le dije el mío. Y por la disculpa ofrecida, me invitó a tomar un Mokaccino, en una cafetería de la calle principal de Braxington. - ¡Me encantan los hombres así!, atentos y caballeros. Comenta Constanza, una vez más. - Es Chef, en el “Ristro Squeak Sunday” y a su vez, es deportista. Estuvimos conversando el resto de la tarde; conociéndonos, hablando de cada uno, aunque yo seguía sintiendo que lo conocía de hace tiempo atrás, algo así como a lo que Agatha, le dice, un Deja Vú. Lo cierto, fue que intercambiamos números de contacto y luego me llevó a casa. - ¿Así no más?, pregunta Agatha. Aun sabiendo la respuesta. Todas las demás, la miraban con ojitos de ternura mientras Regina, prosiguió: - Quedamos en vernos a la semana siguiente; el sábado, para ser más precisa. Esperaba con ansias, ese día. Me llevó a su restaurante, el cual, reservó solo para nuestra cita, llenándolo de flores diversas, entre rosadas y blancas. Al principio, bebimos Champagne y luego preparó un “Shepherd’s pie” modo “Cottage pie”; con carne de ternera, que, por cierto, le quedó espectacular para el paladar, bebimos vino tinto para acompañar la comida y de postre, preparó un “Crumble” de fresas y cerezas, acompañado por un helado de mantecado. Fue una noche, espléndida. Y desde entonces, hemos estado saliendo, conociéndonos mejor, esperando que surja algo más que una amistad. - ¡Qué maravilla!, me contenta mucho saber que alguien ha llegado a tu vida, mi querida Regina. Ya iba siendo hora. Le dice Denisse. - Esto merece un brindis. Acota Constanza, mientras le hace una seña a Don Alvaro para que se acercara a la mesa. - ¿En qué les puedo servir, hermosas señoritas? - Tráiganos cinco cervezas bien frías, por favor. - ¿Cinco?, pero sabes que a mí no me gusta beber alcohol. Dice Caridad, con un tono preocupado. - Sí, cinco. Hay que celebrar éste acontecimiento. Bueno, la tuya puede ser “Zero”, es decir, sin alcohol ¿te parece? Cari, lo duda, pero termina asintiendo. - Perfecto, en seguida se las traigo. Dice Don Alvaro, de muy buen humor, mientras se retira a por las cervezas. Las cinco amigas, continúan conversando, indagando más a fondo, acerca de Sebastián, tildado por Constanza como “El príncipe del mercado”. En la barra, mientras Don Alvaro, se dispone a buscar las cervezas en el congelador, le ordena a Bruno que coloque la canción “Brindis” de Soledad Pastorutti. En cuanto las chicas, escuchan el preludio de la melodía, comienzan a tararearla y a cantar: “Seguir siguiendo al corazón y coquetear con la intuición seguir creciendo y esquivando las rutinas seguir soñando en un rincón seguir creyendo que hay un dios, que me endereza de un tirón la puntería. Siempre voy detrás de lo que siento cada tanto muero y aquí estoy tantos desiertos que crucé, tantos atajos esquivé tantas batallas que pintaron mis heridas tantos incendios provoqué, tantos fracasos me probé que no me explico cómo canto todavía”... Mientras las cinco amigas, entonan la canción, van gestualizando cada verso con mucho sentimiento, pues todas y cada una de ellas, han tenido que pasar por muchas pruebas para llegar a donde están ahora y, ésta melodía, les recuerda que son cada día más fuertes que el anterior y que por ello, pueden derribar barreras, pueden seguir a pesar de todo, pueden lograr lo que se propongan pues han podido hacerlo antes, y, ahora, que vuelven a estar juntas, más aún. Siguen cantando con todo el corazón y a Caridad, que es la más sensible del quinteto, se le escapa una lágrima, que disimuladamente se seca, aunque pensó que nadie la había visto, Agatha, sí lo hizo, pues, ella mejor que nadie, sabía cosas que Cari, nunca le ha contado a nadie, pues ésta suele ser muy reservada, por lo que se acercó y la abrazó tan fuerte que Caridad, sintió toda la protección y el apoyo que necesitaba en un abrazo, en un sincero y cariñoso abrazo. “Y es que siempre voy detrás de lo que siento... cada tanto muero y aquí estoy.. Por esos días por venir, por este brindis para mí por regalarle la intuición al alma mía porque los días se nos van, quiero cantar hasta el final por otra noche como esta doy mi vida” ... Don Alvaro, en la barra, comienza a llenar las jarras con las cervezas y a colocarles en el borde de cada una, una sombrilla de colores llamativos y una rodaja de limón dulce, como adorno; tal y como le gusta a cada una de las chicas, incluyendo a Caridad, que, aunque no es asidua a tomar cerveza, disfruta el sabor del limoncillo mientras la degusta. Entretanto, un hombre que se encuentra sentado en la barra, tomándose un whisky en las rocas, campaneado, acompañado de otro joven, tomándose una gaseosa, se queda mirando hacia la mesa a donde el dueño del establecimiento, llevará el pedido; concentrado, escuchándolas cantar, reírse y seguir cantando; el joven, le llama la atención, pues se dio cuenta que no estaba escuchando lo que éste hablaba con él. Al volver en sí, continúa sin prestarle atención al muchacho y haciéndole una seña a Don Alvaro, se acerca y le pregunta por la señorita de atuendo llamativo. - Disculpe, ¿quién es aquella señorita de cabellera violeta y reflejos azulados?, le pregunto porque me parece conocida. - Posiblemente la haya visto por aquí, ella y sus amigas, frecuentan éste lugar desde que estudiaban en la universidad. ¿Por qué? Si puedo preguntar. - Mmm, no, por nada. Solo he quedado prendido de su belleza y sus gestos al cantar. Aunque pensándolo bien, ¿podría hacerme un favor? - La señorita Agatha, es una mujer muy particular, aparte de bella; mística, inteligente y muy buena persona, son éstos unos pocos adjetivos calificativos que la describen. Y respecto al favor, pues claro, si está en mis manos poder ayudarle, con mucho gusto. El hombre de la barra, saca de su chaqueta negra de cuero, un bolígrafo, bastante extraño, con una bombita de tinta china negra y en una servilleta que toma de una de las esculturas extrañas que adornan el mesón, escribe: “Me iluminó su mirada en algún café de la ciudad o en un campo de maíz abandonado en su espalda no conozco su origen solo entiendo que surgió de la vera de mis memorias y fue liberándose a medio anochecer como una libélula llena de matices sabiamente ensortijada en un jardín secreto diciendo lo que aún no se ha escrito ni en la chispa que habita en el inicio silencioso de éste poema”. Atte.: Su más Fiel Admirador.   - ¿Podría por favor, entregarle, ésta nota a la señorita de cabellos de matices fríos? - Sí, con mucho gusto. Eh, ¿cabellos de matices fríos? - Exactamente; con matices fríos me refiero a su cabello violeta azulado. Según el círculo cromático y la psicología del color; éstos tonos se conocen como fríos, incluyendo el verde, porque sugieren tranquilidad, serenidad, paz. A diferencia de los amarillos, naranjas y rojos, que son llamados cálidos, pues, sugieren todo lo contrario. - ¡Ah, claro!, Claro, como no, enseguida. Usted, sabe mucho de colores, no sabía que tenían algún significado, pero cada día, se aprende algo nuevo. ¿Desea que le de algún otro recado? - ¡Oh si!, por supuesto, dígale también que se la envío yo. - Perfecto, enseguida. Con permiso. Y Don Alvaro, toma la bandeja, dirigiéndose a la mesa de “las cantantes, contentas”. Desde lejos, Bruno, divisa a Denisse, siente grandes deseos de acercarse, para conversar con ella, acerca de lo sucedido; han pasado algunas horas desde ese mágico instante y aunque sigue sin entender, siente una necesidad inexplicable de estar cerca de esa mujer, de rozar su cabello, sus manos, sus labios, pero algo no se lo permite, es como si una fuerza sobrenatural, le mantuviera los pies pegados al suelo. Por su parte, Denisse, siente lo mismo y, curiosamente, algo le impide el acercamiento, lo único que los tranquiliza a ambos es que pueden mirarse, aún a distancia, y, esas miradas son como caricias consteladas, flotando en el universo; en sus universos. Habiendo terminado la música, que el quinteto entonaba con todo el corazón y un sin fin de emociones desmedidas; cada una se sienta en su respectiva silla, a descansar un poco y a refrescarse con las cervezas heladas con limón dulce, que Don Alvaro coloca frente a ellas.   - Por acá sus bebidas, hermosas señoritas. Veo que les ha gustado la canción. - Gracias, Don Alvaro. Contesta Constanza. La canción nos ha encantado, usted mejor que nadie sabe, cómo disfrutamos esa melodía, en su justa compañía; con mis amigas queridas, mis hermanas del alma. - Así es, Señorita Constanza, sé cuánto disfrutan cada verso y cada nota, por eso y por éste maravilloso reencuentro, se las mandé a poner. - Ha sido una velada estupenda y su detalle, ha sido la guinda del pastel. Acota, Regina. - Por cierto, Señorita Agatha, tengo algo para usted. A lo que contesta, un poco sorprendida, pues, eso no lo vio venir. - ¿Para mí?, ¿Está seguro?, A ver, ¿Qué será? Le entrega, una servilletita blanca, muy bien doblada y mientras lo hace, le reitera: - Se la envía el caballero de allá. -Dice Don Alvaro-, el de chaqueta negra que se encuentra sentado en la barra junto al joven, rubio. - ¿Está usted seguro que es para mí?, ¿No se habrá confundido de persona? Mientras, disimuladamente, echa un vistazo hacia el prospecto, en la barra, - No, Señorita Agatha. Me dio las referencias precisas, de su persona. Con permiso. Las amigas, sorprendidas, le dicen que abra la notita, a ver que dice, todas sienten gran curiosidad, incluso Agatha, pues, no es mujer de recibir siempre, este tipo de detalles. - Ábrelo, Agatha. ¿Qué estás esperando? Le dice Regina, apurándola con la mirada. - Apúrate en abrirlo, yo también quiero saber qué dice. Expresa, Constanza. - ¡Que lo abra, que lo abra, que lo abra! Terminan alentándola todas juntas, mientras aplauden como niñas, a la espera de abrir un regalo. - Está bien, ya voy, ya voy. En cuanto abre la servilleta, lee el poema para sus adentros, mientras sus ojos le brillan y el corazón, le palpita con más fuerza de lo normal. Luego, lo lee en voz medianamente alta, para que sus amigas, conozcan también, el contenido de la nota. - ¡Wow!, el prospecto, es un poeta. ¡Qué romántico! Sí, Denisse, aparentemente lo es. A menos que haya sacado estos versos de algún libro. - ¡¡Con lo que me gustan a mí los poetas!! Y, lo que se me acerca, es puro bicho raro. Comenta Constanza. - ¡Ay, no exageres Constanza!, no son bichos raros porque feos no han sido, ni tuertos, ni con la cabeza como la de un extraterrestre; patanes, Sí. Le dice Regina mientras se ríe de su comentario. - Me gusta el poema, está bonito. - Sí, Cari, está bonito, también me gustó. Pero, ahora no sé qué hacer. ¿Qué hago?, ¿Me acerco o también le mando una servilleta? - ¡Ni que fueras una adolescente, Agatha, por Dios!, Acércate y habla con él. Por lo que se ve desde aquí, está guapo, como para ti. - Y ¿si está esperando a alguien? O ¿si está comprometido? O ¿ese muchacho que lo acompaña es el hijo?, no, no, no, yo paso. Mejor que venga él o lo dejamos sin efecto. - Agatha, no parecen cosas tuyas, de verdad. ¿De cuándo a acá tanta timidez?, Venga, haga como Jesús le dijo a Lázaro: Levántate y anda. Por lo que se levantó de la silla, prácticamente a empujones, pero antes, se acerca Constanza; sacando de su cartera, el estuche de maquillaje y le aplica un poco de Polvo Compacto “Mayfill”, para eliminar el exceso de brillo, unos tonitos de rubor rosa y un labial carmín, que, pronuncian muy bien, sus carnosos labios. Regina, le aplica unas gotitas de perfume “Love, Love” y Denisse, le peina la cabellera con las manos; delicadamente. - Ahora sí, estás lista. Ve, acércate, no lo hagas esperar más.   Agatha, se acercó a la barra, donde la esperaba ansiosamente, “El Caballero de Los Versos”, éste también tildado por Constanza.   - Buenas noches, disculpe, ¿interrumpo? Le dice Agatha, al llegar a su encuentro. - No, señorita, para nada. Podría decir, que la esperaba. El joven, que acompañaba al poeta, toma su gaseosa y se retira unos metros, sentándose en otro taburete, mientras le busca conversación a Bruno, que está limpiando unos vasos. - Usted, ¿me ha mandado ésta servilleta? - Sí, señorita, espero no le haya molestado mi atrevimiento, pero, sin lugar a dudas, usted me ha hipnotizado con su belleza y a su vez, me ha inspirado. A lo que contesta Agatha, un poco sonrojada naturalmente, y, no por el rubor que le aplicó Constanza. - Sí, claro. Me han gustado mucho, éstos versos. Gracias. ¿Son de su autoría o de algún poeta en específico? - Son míos, soy un poeta aficionado que escribe por pasión a las letras y a las musas. En éste caso, ha sido usted, la musa de mi inspiración. Le contesta, elegantemente. - Mmm, ya veo. Le agradezco nuevamente. Primera vez que alguien escribe versos para mí. - Dicen que siempre hay una primera vez para todo. Usted, es digna de recibir, éstos y todos los detalles que disponga el universo, para complacerla. Por cierto, mucho gusto, Ignacio Carvajal, para servirle. - Un placer, Agatha Fernández. Se presenta, mientras sonríe, tímidamente. - ¿Gusta tomar algo?, ¿Un cóctel?, ¿Una cerveza acompañada de un limoncillo? - Dejé mi bebida en la mesa, donde estoy con mis amigas, iré a por ella. En ese instante, voltea hacia la mesa, dándose cuenta que Denisse, alza su jarra y la de ella, ambas vacías, mientras sonríe. - Temo que su bebida ya no está en la mesa sino en el estómago de su amiga. Le dice Ignacio, sonriendo, y a su vez, haciéndole una seña a Don Alvaro para que le traiga una cerveza a su acompañante. - ¡Qué manera de romper el hielo! (Risas). Las cuatro amigas, siguen conversando y de vez en cuando, echando una miradita hacia la barra, donde está Agatha, conociéndose con el “Caballero de los Versos”. Éstos, comienzan a hablar de varios temas, desde las letras, el universo, el cosmos, la espiritualidad como una puerta hacia lo desconocido, los ángeles, las siete musas, los seres mitológicos, la naturaleza, las cartas, el tarot y los métodos de adivinación más conocidos y reconocidos por los humanos, hasta de los colores, su psicología, los libros de arte con más demanda, vendidos, esa última década y los nuevos negocios que se están implementando con el uso de las r************* . Lo cierto, es que la conversación, se hace cada vez, más interesante y ellos, más compenetrados en el arte de conocerse. Entretanto, en los rincones del establecimiento, comienza a brotar, nuevamente, la escarcha dorada, que se hizo visible, horas antes. Sólo que ésta vez, no hubo nadie que se diera cuenta. Era un brillo, extremadamente, tenue y frágil. Se podría decir, que el único que sintió su energía, fue Don Alvaro, quien cerró los ojos y emitió una corta plegaria.   Agatha, se siente muy a gusto, conversando con Ignacio, tanto, que perdió la noción del tiempo. Aún, sabiéndolo casi todo, no se imaginó que esa noche de frío invierno, al reencontrarse con sus mejores amigas, después de tanto tiempo, también, conocería a alguien, que le hiciese vibrar con los versos de un poema. - Es curioso, pero, me agrada conversar contigo. Me gusta hablar con personas que tienen indefinidos temas para tratar. - También a mí, se nota que eres una mujer de mundo, conocedora de él.   La mayoría de los clientes, han comenzado a abandonar el lugar, pues, va siendo hora de cerrar el bar-café, hasta el día siguiente a las siete de la mañana, cuando vuelve a abrir sus puertas, para brindarle a los Londinenses y a sus turistas, el mejor trato, la mejor comida y, por ende, el mejor café de la zona.   Viendo que el bar, está algo solitario, ésta le pregunta a su acompañante:   - ¿Qué hora es? - Las diez menos quince. - ¡Oh por Dios!, es tardísimo. Dejé a mis amigas olvidadas. El tiempo, pasó volando. Decía mientras se levantaba del taburete. - Y ya están a punto de cerrar. Fue un gran placer, compartir ésta velada en tu compañía, Agatha. Espero volverte a ver. - Estoy totalmente de acuerdo. Fue una velada, excepcional. - Guarda mi número y tal vez, podamos quedar en otra ocasión. Le dice Ignacio, mientras escribe su contacto en una servilleta. - Así lo haré Ignacio. Gracias de nuevo. Hasta luego. Despidiéndose con un beso en las dos mejillas. Agatha, se dispone a devolverse a su mesa, donde sus amigas, la esperan con una sonrisa de oreja a oreja y los sentidos, un poco temblorosos, por todas las jarritas que se tomaron en su ausencia.   - “El caballero de los versos”, casi no te deja ir o venir, Agatha. Te absorbió por completo, el resto de la noche. - Constanza, ¡No me digas que ya le pusiste un título de la realeza a Ignacio! - Ummm, se llama Ignacio. Un nombre no muy común por aquí, no es nativo de Inglaterra, ¿verdad? - Sí, Denisse, su nombre es Ignacio Carvajal y tal como acotas, no es nativo de aquí. Es español, como yo. Con la diferencia que yo nací allá, en la Madre Patria y me trajeron a los días de nacida y él, llegó aquí, hace unos siete años, aproximadamente. - ¿Siete años?, según tú misma, ese es un número cabalístico y de la suerte. ¿Será que estaba en tu destino, encontrarlo aquí ésta noche invernal?, lo que me parece raro, es que éste acontecimiento, te haya tomado, muy desprevenida. - Sin duda, así fue. No lo esperaba, aunque sí sabía que vendrían cambios, no solo para mí, sino también para ustedes, por lo que seguirán llegando. Se acordarán de mí. - En ese caso, mientras vayan llegando, vamos viendo de qué se tratan. Exclama, Caridad. - Chicas, ya va siendo hora de irnos a descansar, mañana nos toca volver a la rutina diaria, levantarnos antes que se asome el sol, ir a nuestros empleos, a lidiar, con todo lo que conlleva trabajar en la publicidad, el diario, el condominio, la fundación y la tienda. - (Suspiro), tienes razón Constanza. Ya deberíamos pagar la cuenta y emigrar a nuestros espacios siderales. Acota, Denisse. - Ah, pero yo necesito ir al tocador, antes de irnos. ¿Quién más va? - Yo voy. Dicen Regina y Caridad, al unísono. - De acuerdo, vayan ustedes mientras nosotras, pedimos la cuenta y nos tomamos la del estribo, ¿Te parece bien, Denisse?, luego iremos nosotras a desahogar el tanquecillo. Comenta, Constanza entre risas.   Las tres amigas, se levantan de sus respectivas sillas, dirigiéndose al baño, mientras cuchichean, indagando, del poeta y del chef. Refiriéndose, hacia Caridad, que falta ella por hallar su Otra Mitad, tal y como dice Paulo Coelho en su libro “El Aleph”. De manera que tendrá que estar pendiente de los hombros de los futuros prospectos, a ver si aparece un punto de luz, mostrándole el indicado. - Por ahora, no estoy pendiente de eso, chicas. Recuerden que tengo la convicción, que Dios no creó, una pareja para mí. Y, Coelho, tampoco. - Aún te queda mucho por vivir y por conocer, así que eso no lo sabes, mi querida Cari. - Además, la esperanza es lo último que se pierde.    
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