Melissa cruzó el umbral de la puerta trasera con los pies pesados, pero se detuvo en seco cuando sintió la mirada clavada de Mateo sobre ella —ojos de color azul helado que ahora parecían cargados de una tensión que antes no había visto. A su lado, Larissa permanecía inmóvil, con una sonrisa que se extendía de oreja a oreja… pero no llegaba a sus ojos.
—Melissa… qué bueno que llegaste —dijo su hermana, y cada sílaba sonó como un cuchillo afilado sobre cristal—. Tengo una noticia. Una muy, muy buena noticia para todos, hermana.
¿Otra vez? No sabía si esta vez sería un chiste cruel, una exigencia imposible o algo peor. Lo único seguro era que Mateo se había puesto rígido como una estatua desde que ella había cruzado la cocina; en menos de un segundo, agarró su chaqueta y se retiró del lugar con paso rápido, como si el aire mismo se le hubiera vuelto insoportable.
—La boda —anunció Larissa, acercándose hasta sentir su aliento en el cuello de Melissa—. Se adelanta. No puedo… ni quiero esperar más para vivir con el hombre que amo.
Las palabras cayeron sobre ella como un bloque de piedra en el pecho. ¿Cómo podía ser? Ella sí lo conocía de verdad —conocía su forma de sonreír cuando pensaba en algo gracioso, el aroma a madera y café que desprendía su piel, la manera en que sus dedos se estremecían al tocar un libro viejo. Ella podría ser la que lo tenga, pero él había elegido a su gemela. Y no existía peor tortura que saber que el amor de tu vida está a un paso de ti… pero pertenece a la única persona en el mundo que se parece a ti, pero que es todo lo que tú no eres.
Se mordió el interior de la mejilla hasta sentir el sabor metálico de la sangre. ¿Cómo podía desear estar en el lugar de su hermana? No es como si un hombre pudiera dividirse entre dos mujeres. Pero en sus sueños, ella era la que caminaría hacia él por el pasillo, la que tomaría su mano para siempre, la que le masajearía la espalda cuando llegara cansado a casa y la que recibiría todo su fuego y su deseo en la intimidad de un cuarto que fuera de ellos.
Pero no. Al parecer, su destino era ser la espectadora silenciosa, la dama de honor que sonría mientras veía cómo se unían para siempre.
—¿Qué pasa? ¿Por qué no dices nada? —preguntó Larissa, con una falsa preocupación que hizo hervir la sangre de Melissa.
—Nada, hermana —conseguir decir, abrazándola con fuerza para ocultar el temblor en sus manos—. Ven aquí, déjame felicitarte de nuevo.
—La boda será este fin de semana —continuó Larissa, como si no notara la tensión que cortaba el aire—. ¿Crees poder ayudarme con los preparativos? Necesito que me ayudes con el vestido, con las flores… con todo.
—Claro que sí —exclamó Melissa, aunque cada palabra se le atascaba en la garganta—. ¿Cómo no hacerlo? Es tu boda… el día que siempre esperaste.
La vida no podría ser más cruel. No solo tendría que ver al hombre que amaba casarse con su propia hermana gemela, sino que tendría que ser la mano derecha en cada detalle de esa celebración que le arrancaría el corazón de raíz.
Volteó hacia la ventana de la cocina: Mateo estaba afuera, apoyado contra la pared del garaje, con un cigarrillo entre los dedos. Nunca lo había visto fumar. Tal vez la angustia de lo que se avecinaba lo estaba consumiendo tanto como a ella.
Larissa la jaló del brazo hacia las escaleras, hablando sin cesar de su vestido de novia —de la tela de encaje que había elegido, de cómo se imaginaba el peinado, de cómo sería el de dama de honor: sencillo, discreto, para no opacar a la protagonista.
En ese momento, sintió que su mundo se desmoronaba por dentro. Lo estaba perdiendo. Pero ¿cómo podría gritarlo al mundo cuando ella era la que él había elegido? ¿Cómo confesar que su corazón pertenecía al hombre que iba a ser su cuñado?
Mientras bajaban las escaleras, la voz de Larissa se volvió un murmullo ensordecedor en sus oídos. De repente, la presión en su pecho se volvió insoportable y, sin pensarlo, sacó su brazo de un tirón. Larissa se quedó paralizada, con los ojos abiertos como platos.
—Lo siento… creo que no estás de humor —murmuró su hermana, con una expresión que podría pasar por preocupación, pero que Melissa conocía demasiado bien: era satisfacción disimulada.
—Claro que sí, disculpa —respondió Melissa, pasándose la mano por la frente como si quisiera borrar la realidad—. Solo estoy un poco cansada. Hoy en la oficina tuve un montón de trabajo, y para rematar mañana llega el nuevo inversionista… dicen que es un ogro de los mil demonios.
Larissa frunció el ceño, como si no creyera ni una palabra de lo que acababa de decir. Y no todo era mentira: Marco Petrovich era el hombre que vendría a decidir el futuro de la empresa familiar, y según los rumores, aunque fuera joven y devastatingmente guapo, su carácter era tan duro como el acero y no perdonaba ni un solo error.
—Está bien, hablamos mañana —dijo Larissa, dando media vuelta hacia la puerta principal—. De todos modos, yo esta noche iré a dormir con Mateo.
Las últimas palabras salieron de sus labios con una maldad calculada, tan evidente que hizo temblar a Melissa. Larissa sabía perfectamente que no se trataba de ir a descansar. Sabía que esas palabras abrirían de nuevo todas las heridas que Melissa trataba de ocultar.
Porque en el fondo, Larissa también sabía la verdad que nadie mencionaba: a pesar de haber prometido casarse con ella, Mateo nunca la había tocado. Ni una sola vez. Incluso cuando ella le había dicho que creía que su enfermedad la llevaría a la tumba pronto, que antes de morir quería sentirlo dentro de ella —usando su debilidad como arma para conseguirlo—, él no había podido.
Había sido una tarde de sol abrasador en su cuarto. Ocho veces había intentado hacerlo, ocho veces se había forzado a cerrar los ojos y pensar en ella, en Melissa… pero su mente, su cuerpo, su alma solo buscaban en el tacto de su novia el aroma a jazmín y el perfume dulce que conocía tan bien. Solo encontraba el olor a vainilla y cítricos de Larissa, y por más que se repetía que debía hacerlo, que era su deber, nunca había podido terminar lo que empezaba.
Mientras él salía del cuarto frustrado, disculpándose con la cabeza baja, Larissa se encogía en la cama con las piernas juntas y el corazón roto en mil pedazos. Sabía que si en su lugar estuviera la otra gemela, Mateo no necesitaría ni una hora para apagar el fuego que lo consumía. Eso dolía. Eso pesaba como una roca en su estómago. Y por eso, cada vez que podía, le clavaba el puñal de la verdad en la herida de Melissa… porque si ella no podía tenerlo feliz, al menos haría que la otra sufriera tanto como ella.
Y Haci sería, si ella que pronto sería su esposa No podría disfrutar de su amor pues ella menos.
Haci la tuviera que sacar del camino.