Larissa no había podido conciliar el sueño ni un solo instante desde la conversación con Mateo tres días atrás. Él le había repetido una vez más su promesa de matrimonio – "Lo haré por lo que te debí, por lo que juré cuando crecimos" – pero nunca, nunca había pronunciado la palabra amor.
A veces, cuando la luz de la lámpara rozaba su rostro mientras ella cocinaba para él, él murmuraba que la quería, que era lo más preciado de su vida. Pero Larissa no era tonta: hacía meses que captaba esas miradas fugaces, casi imperceptibles, que se desviaban hacia donde siempre estaba Melissa, su hermana gemela. Mientras a ella la miraba con ternura, con un cariño que parecía más deber que pasión, cuando sus ojos se posaban en Melissa brillaban con una chispa que ardía con fuerza – un brillo que Larissa nunca había visto reflejado en ellos al mirarla a ella.
Esa tarde, mientras regresaba a la sala después de tomar aire en el jardín, sintió cómo su pie tropezaba con algo duro sobre el césped. Era la cartera de cuero marrón de Mateo, la que siempre llevaba consigo. Seguro se le había caído cuando se arrodilló minutos antes para ajustarle el tacón desprendido de sus zapatos de tacón alto.
"Mateo..." – murmuró sin querer, mientras abría la hebilla con las manos temblorosas. ¿Seguiría guardando la carta que le había escrito cuando tenían diez años, aquella donde le prometía ser su esposa algún día? Habían jurado sellar su amor con un beso en la frente, y él le había dicho que guardaría esa hoja de papel hasta el día de su boda.
Pero al revisar cada compartimento, no encontró rastro de la carta. En su lugar, debajo de unos recibos y su licencia de conducir, yacía una fotografía desgarrada. Era la que habían tomado cuando cumplieron diecinueve años: las dos hermanas abrazadas, sonriendo al sol en un parque de nueva York. Pero la mitad izquierda de la imagen – donde aparecía Larissa – había sido brutalmente arrancada, dejando solo el rostro radiante de Melissa, con su cabello castaño ondulado desordenado por el viento y esos ojos color miel que a Mateo le encantaban tanto.
Un nudo se formó en su garganta, y un vacío helado se extendió por su pecho. Ya no había dudas: él no la quería a ella. Él deseaba a Melissa. La foto no era nueva – llevaba años en su cartera, oculta como un pecado. Y lo peor era que el borde desgarrado mostraba que la parte suya había sido arrancada con cuidado, como si simplemente no quisiera verla ahí.
Con las manos temblando, volvió a colocar la imagen en su lugar y cerró la cartera con fuerza. Su mente, que durante meses se había negado a aceptar la verdad, ahora estaba más clara que nunca: su futuro esposo amaba a su hermana gemela. Pero Larissa no se rendiría. Había luchado contra el cáncer durante cinco años – contra las quimioterapias que le habían dejado sin pelo, contra las noches de dolor insoportable, contra la angustia de pensar que nunca viviría para cumplir su sueño de ser esposa y madre. Ahora que los médicos le habían dado el visto bueno, no permitiría que nada ni nadie se interpusiera en su camino.
"Tendré que apresurar la boda" – se dijo en voz baja. "No puedo arriesgarme a que él se dé cuenta de lo que siente y decida dejarme por ella. Ahora que estoy sana, él no tendrá excusas para huir."
De repente, escuchó su voz detrás de ella:
"¡Larissa! ¿En qué estás tan absorta que ni siquiera me escuchas, cariño?"
Ella se giró rápidamente, ocultando la cartera detrás de su espalda antes de que él pudiera verla. Su rostro, que acababa de llenarse de dolor, ahora mostraba una sonrisa cálida y convencida.
"¡Ay, Mateo! No, no... en nada importante. Solo estaba pensando en nuestro futuro, mi amor."
Él se acercó y le pasó una mano por la mejilla. Su tacto era suave, pero Larissa sintió que no llegaba hasta su corazón.
"Bueno... ¿y qué pensaste?" – preguntó, con una leve sombra de preocupación en sus ojos.
"Que deberíamos adelantar nuestra boda."
Mateo la miró con sorpresa palpable. Sus cejas se fruncieron, y en sus ojos azules se reflejaba la confusión. No entendía por qué de repente tanta prisa – habían acordado casarse dentro de seis meses, para dar tiempo a preparar todo con calma.
"Seguro te preguntas por qué tanta prisa" – continuó Larissa, antes de que él pudiera hablar. "Es sencillo, amor. Pasé cinco años luchando contra esa enfermedad tan cruel... viendo cómo se me escapaba el tiempo, sintiéndome impotente. Ahora que los médicos me dicen que estoy completamente sana, no quiero perder ni un solo día más. Quiero estar a tu lado, ser tu esposa y formar esa familia que tanto hemos soñado. No puedo esperar más."
Cuando mencionó su enfermedad, Mateo cerró los ojos por un instante. Él sabía mejor que nadie lo que había sufrido ella – las noches en que había despertado inconsciente, los meses en los que no había podido comer más que papillas líquidas, el dolor que la hacía retorcerse en la cama sin poder hacer nada por ayudarla. La culpa de no haber podido protegerla aún lo atormentaba.
"Está bien..." – suspiró, tomándola de la mano. "Casémonos esta misma semana.
Pero mientras hablaba, su mente vagaba hacia Melissa. Sabía que una vez casado, tendría que enterrar para siempre cualquier esperanza de tener algo con ella. Aunque ella nunca le había dado ni un indicio de que pudiera sentir algo por él, Mateo no dejaba de soñar con un futuro a su lado.
Porque a pesar de ser físicamente idénticas, las hermanas eran diametralmente opuestas. Melissa era dulce, noble, generosa – pasaba sus días ayudando en el comedor comunitario de las calles de la gran manzana, sin importarle si la persona que atendía era rica o pobre. Su risa era contagiosa, su olor a jazmín y mar la enloquecía, y su forma de amar era incondicional, sin juzgar ni comparar.
En cambio, Larissa – a pesar de todo lo que había sufrido – siempre había tenido un aire de superioridad. En las reuniones familiares, no dejaba de recordar a todos que no todos tenían los mismos privilegios que ella: que su padre le había dado una educación privada, que tenía acceso a los mejores médicos, que merecía lo mejor porque había luchado por su vida. Y con Melissa, era aún más notorio. Hacía años que la había obligado a prometerle que, si ella no podía ser madre por sus problemas de salud, Melissa le prestaría su vientre para llevar a su hijo.
"Sería cruel que yo no pueda tener hijos y los demás sí" – le había dicho Larissa una tarde, llorando sobre su hombro. "Tú me lo debes, hermana. Fui yo la que estuve enferma, yo la que casi muero. Tú tienes toda tu vida por delante para formar tu propia familia."
Melissa, siempre complaciente, había aceptado con un nudo en la garganta. Y Mateo, aunque en un principio se había negado a la idea, ahora sentía una extraña satisfacción al imaginar a Melissa embarazada de su hijo – incluso si el bebé sería registrado como de Larissa y él.
Mientras Larissa sonreía victoriosa, planeando cada detalle de la boda que sellaría su poder sobre él, Mateo miró hacia la ventana, donde veía a Melissa cruzando el jardín con una cesta de flores silvestres en las manos. Su risa se escuchó hasta donde estaban, y él sintió cómo su corazón se contraía con un dolor que no podía explicar.
"¿Te encuentras bien, amor?" – preguntó Larissa, notando su distracción.
"Sí... claro" – respondió, volviendo a mirarla con una sonrisa fingida. Pero en su interior sabía que la mentira que estaban a punto de construir solo llevaría a una destrucción que nadie podría evitar.