Habían transcurrido unos pocos dias después de la advertencia de Albert. Duncan llegó a su apartada, oculta y muy opulenta mansión cargando con un pañuelo blanco ensangrentado en sus manos. Se paró en medio de la sala de estar, desdobló el pañuelo y dentro se hallaba una fina navaja con detalles de oro en su empuñadura, ésta estaba sucia de sangre que empezaba a secarse y empezó a limpiarla con el mismo pañuelo; le gustaba esa navaja. Al olfato de Duncan llegó una fragancia femenina que lo hizo reavivar sus sentidos, olisqueó como un sabueso buscando una presa a la vez que miraba alrededor, hasta encontrar a la dueña de la fragancia. Por un momento se quedó pasmado admirándola en el momento en que sus miradas se encontraron, luego él sonrió malicioso y triunfante cuando sus ojos empezar

