En aquella casa de esparcimiento, tanto los chicos como los adultos se estaban divirtiendo. Tenía una enorme alberca, rodeada de cómodas tumbonas; Victoria había llevado unos grandes flotadores en los que podían subirse para estar dentro de la piscina, además de otros juegos con los cuales poder entretenerse. Igual que durante su niñez, cuando Owen y Amelia se topaban, terminaban discutiendo por cualquier tontería, a diferencia de que al menos no llegaban a golpearse o lanzarse objetos con los que pudieran lastimarse. Un detonante de aquellas discusiones era cuando a Owen se le escapaba llamarla por el apodo que le había puesto, “fideito”; en el fondo, disfrutaba ver que podía hacerla estallar fácilmente, tras su antipática manera de hablarle, corroborando así el concepto que tenía de ella

