Rosas y chocolates.
Era el día de los enamorados.
Evander veía a las parejas en el parque de atracciones festejar la ocasión de las formas más románticas. Entonces Augus llegó, con una expresión más apagada de lo habitual. Era extraño, creyó que su novio estaría mucho más emocionado por la fecha que cualquier otra persona, pero se sentó a su lado sin decir nada y luego se miraron.
—Necesitamos hablar, Evander — dijo el de piel morena al de cabello platinado.
—¿Sobre qué?
—Nosotros — dijo Augus tomando aire y luego de una incertidumbre, tomó una postura de valor —. No, sobre tí. Quiero hablar sobre tí.
—¿Qué hay conmigo?
—Tú… uhm… — Augus tragó saliva antes de poder seguir — yo he puesto todo de mi parte para que esta relación funcione ¿sabes? Te he dado regalos, te he demostrado mi cariño, te presenté a mis padres pero…
—¿...pero?
—Pero tú jamás me has correspondido ¿no es cierto?
Evander frunció el entrecejo por un segundo pero no pudo responder antes de que Augus pudiera decir algo nuevamente.
—¿Acaso eres capaz de amar a alguien?
Augus esperó un largo rato a recibir una respuesta, pero ante el silencio, supo que lo que él tanto temía, era la inevitable verdad. Evander no sentía nada por él, y probablemente, nunca lo haría.
—Creo que es mejor terminar la relación — dijo Evander sin más. Sin una pizca de dolor en sus palabras, sin arrepentimiento.
Augus, por su parte, era un hombre amable y gentil, seguramente lo tomaría con la misma calma que él pero…
—¡¿Siquiera tienes corazón?! ¡¿No soy nada para tí?!
—Augus… — Evander retrocedió en cuanto Augus se puso de pie, asustado de la repentina expresividad de su, hasta ese momento, novio.
—¡No, es la verdad! Nunca te he importado una mierda y probablemente… — entonces pareció rendirse — probablemente jamás llegue a ser nada para ti… pero tienes razón. Es hora de terminar.
Evander bajó la mirada, aturdido por las palabras de su ahora ex novio, por un momento sintió una pesadez en su pecho, pero conforme caminaba de regreso a su apartamento, se dio cuenta de lo poco que le importaba. Quizás Augus tenía razón, quizás Evander no tenía un corazón.
Al llegar a su hogar, Evander tiró sus llaves en la mesita de la entrada y se quitó las incómodas botas que había llevado a su cita del día de los enamorados. De cierta forma estaba contento de haber terminado con Augus antes de que pasara el día con ese maldito calzado. Se echó en su cama y suspiró. No es que fuera una persona mala, al contrario, él sabía que algo andaba mal desde que estaba en preparatoria.
Algo en él… simplemente nunca hizo el clic que esperó toda su vida.
Mientras todos sus amigos comenzaban relaciones llenas de pasión, romance, celos, ira y tristeza, él simplemente estaba en blanco. Comenzó a salir con Augus porque él lo había propuesto y, siendo la primera y única oportunidad de experimentar un romance, aceptó aún sin saber nada sobre su primer pretendiente.
Cansado, se sentó sobre la cama y tomó el control remoto de su televisión, esperando que la programación distrajera un poco su mente. Al encender, lo primero que vio fue una romántica publicidad sobre condones. La sonrisa de desagrado en el rostro de Evander se formó y volvió a echarse en la cama. ¿Por qué tenían que dedicarle un día entero a algo tan aburrido y tedioso?
Se cubrió el rostro con la palma de su mano izquierda y con la derecha cambió el canal sin pensar en ello. Simplemente no quería escuchar más del tema. Entonces una voz lo aturdió, esta gemía con placer y rápidamente se enderezó para bajar el volumen.
Cuando este estaba casi por completo abajo se dio cuenta de que estaba en el canal para adultos e intentó apagar la televisión o cambiar de canal, pero el remoto no respondió.
—No me jodas, ¿tiene que ser ahora?
Abrió la tapa de las baterías y la vació, entonces se levantó para buscar otro par mientras escuchaba los lascivos sonidos que la mujer en la pantalla emitía. Tardó apenas un minuto en encontrar un par nuevo y fue a cambiar las baterías. De pronto, el programa en cuestión cambió a los comerciales.
De cierta forma, esperaba ver algo sobre cosas subidas de tono siendo anunciadas, como juguetes, o condones de nuevo, pero lo que escuchó lo obligó a levantar la mirada.
“¿Acaso no has encontrado quién te dome? ¿Eres libre en el amor?”
Resopló con gracia al sentirse personalmente atacado, lejos de una invitación sonaba como una burla a su situación.
“Si eres como yo, únete ahora y sácale partido a tu poder más prohibido” dijo la voz misteriosa antes de callarse. Entonces un nombre apareció en la pantalla.
“Desires”.
Los ojos de Evander se quedaron clavados hasta que la publicidad terminó. Entonces parpadeó de nuevo. ¿Qué mierda había sido eso? Se sacudió la cabeza y por fin cambió el canal, yendo directamente al canal de caricaturas.
Se levantó y fue a la cocina, para buscar algo para comer, abrió la nevera y apenas encontró un paquete de jamones y un poco de mayonesa. Exhaló. Ser un estudiante universitario sin empleo era duro. Sacó los únicos dos ingredientes que le quedaban y luego buscó algo de pan, se preparó un sándwich muy flojo y lo metió al microondas. Mientras, miró su teléfono.
Se desplazó en Finder, la única red social que él usaba. Aunque no era alguien que fuese demasiado sociable, le gustaba subir sus propias fotos de vez en cuando. Siempre que lo hacía, recibía una cantidad abrumadora de comentarios positivos y mensajes que terminaba dejando sin leer.
Sonrió pensando en que aquello siempre le había parecido romántico a Augus, quien afirmaba que Evander lo respetaba tanto como su pareja, que evitaba contestarle a cualquier cumplido que llegase. Claro que, esto sólo se debía a la indiferencia sobre los comentarios.
Evander era un chico apuesto. Muy apuesto. Lo sabía desde que era un niño y siempre lo tuvo presente. Además, tenía un buen gusto para vestirse, cambiando su estilo a menudo.
Si bien, no entendía por completo la moda, le gustaba lucir diferente al resto — a pesar de su condición con sus intereses románticos — y destacar entre otros chicos.
Entonces detuvo su dedo pulgar cuando vio de nuevo aquella publicidad. “Desires, únete ahora”. De nuevo, algo lo atrajo como un cebo a un pez. Sus ojos quemaban de la necesidad de parpadear, pero no podía, no quería, algo en él deseaba ver más. Saber más.
Biip. Biip. Biiiiiip.
Su mente regresó al momento, sacó el sándwich del microondas y lo llevó a su mesa. Tomó una soda de su refrigerador y volvió a desbloquear su móvil. De nuevo, ahí estaba. Como si fuese algo tan brillante que no podía ignorarlo.
A la mierda. Hizo clic en ella. Inmediatamente llegó el arrepentimiento. ¿Y si terminaba por meterle un virus a su móvil? No podía hacerse eso con el presupuesto de un sándwich como merienda principal. Cerró la página en el momento en que esta misma cargó y alcanzó a ver un letrero en rojo al principio de la página.
“Gana hasta diez mil dólares diarios”.
Su cerebro se detuvo en cuanto la pantalla regresó a ver su página de Finder.
Eso fue lo único que necesitó para volver a abrir la publicidad de Desires.