La Jaula de Oro VacĂa
El silencio en el piso 12 de Pocitos era ensordecedor. Dante Moretti siempre habĂa creĂdo que el poder se medĂa en miedo y balas, pero en las Ăşltimas cuarenta y ocho horas habĂa aprendido que el verdadero poder era el vacĂo que una mujer podĂa dejar al marcharse.
Dante entrĂł al apartamento de Elena usando una llave maestra que no deberĂa tener. No encendiĂł las luces. Se quedĂł de pie en medio del salĂłn, respirando el aroma a gardenias y vinilo que aĂşn flotaba en el aire. Sus dedos rozaron el tocadiscos, frĂo y mudo. Se sentĂa como un leĂłn en una jaula de oro, rugiendo a la nada.
—¡Dante! —Luca entró al apartamento, con la respiración entrecortada y el rostro pálido—. No hay nada. He rastreado todos los vuelos privados de Carrasco y Laguna del Sauce. He hackeado las cámaras de Buquebus. Es como si la tierra se las hubiera tragado. El viejo de abajo, Jorge, se limita a cebar mate y decirme que "la juventud de ahora es muy independiente".
Dante no se moviĂł. Su mirada estaba fija en un estante vacĂo donde antes descansaba una de las cajas de colecciĂłn de Elvis.
—No son fantasmas, Luca —dijo Dante, su voz era un susurro peligroso, cargado de una desesperaciĂłn que bordeaba la locura—. Son libres. Y eso es lo que me está matando. Yo puedo comprar ciudades enteras, puedo silenciar a ejĂ©rcitos, pero no puedo comprar el rastro de una mujer que camina con un bastĂłn de plata y se rĂe de la mafia italiana.
—Papá llamó desde Calabria —soltó Luca con cautela—. Quiere saber por qué no estamos moviendo el cargamento. Dice que nos enviaron a Uruguay para pasar desapercibidos, no para jugar a los detectives privados.
Dante se girĂł bruscamente, sus ojos oscuros brillando con una furia salvaje. AgarrĂł a su hermano por la solapa de la chaqueta y lo estampĂł contra la pared.
—¡Me importa un bledo Calabria! ¡Me importa un bledo el cargamento! ¡Ella se fue con mi cordura en su maleta! —Dante soltĂł a Luca y empezĂł a caminar en cĂrculos, como un animal herido—. Ella sabĂa que la estaba mirando. Ese beso en el pasillo... esa canciĂłn en el restaurante... fue un cebo. Nos tuvo en la palma de su mano y se fue cuando quiso.
Luca se arreglĂł la ropa, mirando a su hermano con autĂ©ntica preocupaciĂłn. Nunca lo habĂa visto asĂ. Dante era el calculador, el frĂo. Ahora era un hombre desmoronándose por una mujer a la que apenas le habĂa dirigido tres frases.
—Estamos perdiendo el control, hermano —advirtió Luca—. Si no las encontramos pronto, la paranoia nos va a destruir antes que los enemigos de nuestro padre.
Dante caminĂł hacia el ventanal que daba a la Rambla. El RĂo de la Plata se veĂa n***o, infinito y burlĂłn.
—Buscá de nuevo. No me des excusas. Buscá en hoteles de lujo, buscá en museos, buscá en cualquier lugar que tenga que ver con esa música maldita que escuchan. —Dante apretó el puño contra el vidrio—. No me importa cuánto cueste, no me importa a quién haya que torturar. Quiero el nombre del lugar donde Elena está apoyando su bastón esta noche.
Dante sacĂł su telĂ©fono y puso "Black Velvet" La voz de Alannah Myles llenĂł el apartamento vacĂo, burlándose de Ă©l.
“Black velvet and that little boy's smile... Black velvet if you please...”
—Por favor, Elena —susurró Dante a la oscuridad, cerrando los ojos—. Volvé. O decime dónde estás para que pueda ir a buscarte y ponerte de rodillas ante mi propia religión.
Mientras tanto, en la otra punta del mundo, Elena se despertaba en Memphis con el sol entrando por la ventana, completamente ajena a que el monstruo que dejĂł en Uruguay estaba empezando a quemar el mundo solo para encontrar su sombra.