Rastros Digitales y el Cielo de Tennessee
El apartamento de los Moretti se habĂa transformado en un centro de operaciones clandestino. Dante, con la camisa negra desprendida y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño, golpeĂł el escritorio con el puño. En las pantallas de sus computadoras no habĂa transacciones bancarias ni rutas de contrabando; solo perfiles vacĂos y callejones sin salida.
—¡Es imposible! —rugió Dante—. Nadie desaparece asà en 2026. ¡Nadie!
Luca, sentado frente a otra laptop, suspirĂł con frustraciĂłn mientras revisaba los servidores de reconocimiento facial que su padre les habĂa enseñado a usar para cazar enemigos en Calabria.
—Dante, estas chicas son fantasmas digitales. Elena no tiene i********:, no tiene t****k, no tiene nada. Y la tal Micaela tiene una cuenta privada con la foto de un perro —dijo Luca, tirando la cabeza hacia atrás—. He rastreado las cámaras de seguridad de la Rambla, pero el portero, ese viejo zorro de Jorge, las hizo subir al taxi justo en el punto ciego del edificio.
Dante caminĂł hacia la pared que compartĂan con el 12A. El silencio del otro lado era una tortura. No habĂa bajo elĂ©ctrico, no habĂa risas, no habĂa el rĂtmico "clac-clac" del bastĂłn que se habĂa convertido en su obsesiĂłn.
—No son fantasmas, Luca. Son inteligentes —susurrĂł Dante, apoyando la frente contra la pared frĂa—. Disfrutan de este juego. Saben que las estoy buscando y se están riendo de nosotros en algĂşn lugar del mundo.
—¿Y si volvieron a Italia? ¿Y si nuestro padre las encontró primero para usarlas contra nosotros? —preguntó Luca, con el miedo asomando en su voz.
—No —sentenció Dante con seguridad—. Mi padre no sabe que existen. Esto no es por la mafia. Esto es por ellas. Están probando cuánto poder tengo. Buscá en los registros de los aeropuertos, soborná a quien tengas que sobornar en Carrasco. Quiero cada lista de pasajeros de las últimas doce horas.
Mientras tanto, a miles de kilĂłmetros de la humedad de Montevideo, un aire diferente golpeaba el rostro de Elena. Un aire cargado de historia, de blues y del aroma a barbacoa ahumada de Tennessee.
El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Memphis. Cuando las puertas se abrieron, Elena sintió que el corazón le daba un vuelco. Se ajustó el vestido de seda oscura, se puso sus gafas de sol más grandes y tomó con firmeza su bastón de plata. Al bajar por la manga, el sonido de su apoyo sobre el suelo americano sonó como una declaración de independencia.
—¡Estamos acá, Mica! ¡Lo logramos! —exclamó Elena, respirando hondo.
—¡Memphis, bebĂ©! —Micaela gritĂł de alegrĂa, atrayendo las miradas de los turistas estadounidenses, quienes se quedaban embelesados por la belleza y la actitud desafiante de las dos uruguayas.
Tomaron un coche hacia el hotel, y mientras cruzaban el puente sobre el rĂo Mississippi, el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un color naranja intenso, como melaza derretida.
—“The sun is settin' like molasses in the sky...”—cantó Elena en un susurro, mirando el paisaje por la ventanilla—. Es igual a la canción, Mica. Es exactamente como lo imaginé.
Llegaron al hotel, una joya boutique cerca de Beale Street. Elena caminaba por el lobby con una confianza renovada. No se sentĂa como una chica con una discapacidad en un paĂs extraño; se sentĂa como la dueña de la ciudad. Su bastĂłn golpeaba el suelo con un ritmo que parecĂa decir: "AquĂ estoy".
—Pedà servicio a la habitación, Mica. Necesito un trago y poner el disco de Elvis más fuerte que el sistema de sonido me permita —dijo Elena, dejándose caer en la cama king-size de la suite.
Micaela abriĂł la ventana y el sonido de la mĂşsica callejera de Memphis inundĂł la habitaciĂłn.
—¿Sabés qué es lo mejor de todo esto, reina? —preguntó Micaela, sirviendo dos copas de bourbon.
—¿Qué?
—Que esos dos italianos deben estar rompiéndose la cabeza en Pocitos, buscándonos debajo de las baldosas —rio Micaela, chocando su copa con la de Elena.
Elena sonriĂł, una sonrisa oscura y sensual.
—Dejalos que busquen. Que aprendan que el terciopelo n***o no se deja atrapar tan fácilmente. Esta noche, Memphis es nuestra. Y mañana... mañana vamos a ver al Rey.
Elena se levantĂł, caminĂł hacia el espejo y se mirĂł. Estaba lejos de casa, lejos de la sombra de Dante Moretti, pero en el fondo de su mente, una pequeña chispa le decĂa que el italiano no se darĂa por vencido. Y esa idea, lejos de asustarla, la hacĂa sentir más viva que nunca.