Secretos, Viajes y una Cena con el Diablo
El pasillo del piso 12 bullĂa con una energĂa diferente. Elena y Micaela llegaron casi corriendo desde el ascensor, tropezando entre risas ahogadas y gritos contenidos que se escapaban por las comisuras de sus labios.
—¡No lo puedo creer! ¡Mica, decime que es verdad! —susurraba Elena con una intensidad que hacĂa que su voz vibrara.
—¡Es verdad, nena! ¡Ganamos! ¡El nĂşmero 1935, el año en que naciĂł el Rey! ¡Era una señal! —Micaela agitaba un sobre dorado mientras abrĂa la puerta del apartamento a toda velocidad.
Una vez adentro, cerraron con doble traba. Se miraron por un segundo en silencio y luego estallaron. Saltaron, se abrazaron y gritaron de pura felicidad, pero amortiguando el sonido con los almohadones del sillĂłn para que ningĂşn vecino curioso se enterara de su fortuna.
—¡Un viaje a cualquier destino! ¡Todo pago! —Elena se dejó caer en el sofá, abrazando su bastón como si fuera un trofeo—. ¡Es el sorteo de fin de año del trabajo y nos tocó a nosotras!
—Ya sabemos a dĂłnde vamos, Âżno? —Micaela puso un disco de Elvis, pero esta vez a un volumen bajo, casi Ăntimo.
—Graceland —dijeron las dos al unĂsono, rompiendo en carcajadas—. Memphis, Tennessee. Vamos a ver la casa de Elvis, Mica. Vamos a pisar el suelo que Ă©l pisĂł.
—No se lo podemos decir a nadie del edificio —advirtió Micaela, recuperando el aire—. En este lugar las paredes oyen, y no quiero que nadie sepa que vamos a andar con tanta plata encima para los gastos. Es nuestro secreto de Estado.
Mientras tanto, en el apartamento de al lado, Dante Moretti terminaba de ajustarse los gemelos de plata de su camisa negra. HabĂa escuchado los ruidos ahogados, el alboroto de alegrĂa que venĂa del 12A. Su instinto, pulido por años de desconfianza en la mafia, le decĂa que algo grande habĂa pasado.
—Están celebrando algo, Dante. Parecen dos nenas con juguete nuevo —dijo Luca, apoyado en el marco de la puerta.
—Ojalá su alegrĂa dure toda la noche —respondiĂł Dante con una sonrisa gĂ©lida—. Porque ahora van a tener que celebrar con nosotros.
Minutos después, un golpe firme y elegante sonó en la puerta de las chicas. Elena y Micaela se congelaron. Se limpiaron las lágrimas de risa y trataron de recomponer su postura "sexy y atrevida".
Elena caminĂł hacia la puerta, haciendo sonar su bastĂłn con esa cadencia que Dante ya conocĂa de memoria. Al abrir, se encontrĂł con los dos hermanos: dos torres de elegancia italiana y peligro latente.
—Buenas noches, vecinas —dijo Dante, su voz bajando una octava mientras recorrĂa a Elena con la mirada—. Mi hermano y yo nos sentimos culpables por haber sido tan… distantes. QuerĂamos invitarlas a cenar. Ahora mismo.
Elena arqueĂł una ceja, apoyándose con gracia en su bastĂłn. La adrenalina de haber ganado el viaje la hacĂa sentirse aĂşn más poderosa.
—¿Una cena? ¿Asà de la nada? —preguntó ella, desafiante—. ¿No será que el ruido de nuestra música les ablanda el corazón?
—El ruido no —intervino Luca con una sonrisa lobuna mirando a Micaela—. Es la curiosidad.
—Tenemos un reserva en un lugar privado cerca del puerto —continuó Dante, dando un paso hacia el espacio personal de Elena—. Insisto. No acepto un no por respuesta, y creo que ustedes tienen mucho que celebrar, aunque intenten ocultarlo.
Elena mirĂł a Micaela de reojo. El secreto del viaje quemaba en sus pechos, y la presencia de esos dos hombres peligrosos era el combustible perfecto para una noche de pecado.
—Danos diez minutos —dijo Elena, cerrando la puerta lentamente mientras sostenĂa la mirada de Dante—. El terciopelo n***o tarda un poco en estar perfecto.
Dante se quedĂł en el pasillo, escuchando cĂłmo ellas volvĂan a reĂr adentro. No sabĂa quĂ© habĂan ganado, pero sabĂa que esa noche, el que iba a ganar el premio mayor era Ă©l.