CAPĂŤTULO 5

702 Words
Secretos, Viajes y una Cena con el Diablo El pasillo del piso 12 bullía con una energía diferente. Elena y Micaela llegaron casi corriendo desde el ascensor, tropezando entre risas ahogadas y gritos contenidos que se escapaban por las comisuras de sus labios. —¡No lo puedo creer! ¡Mica, decime que es verdad! —susurraba Elena con una intensidad que hacía que su voz vibrara. —¡Es verdad, nena! ¡Ganamos! ¡El número 1935, el año en que nació el Rey! ¡Era una señal! —Micaela agitaba un sobre dorado mientras abría la puerta del apartamento a toda velocidad. Una vez adentro, cerraron con doble traba. Se miraron por un segundo en silencio y luego estallaron. Saltaron, se abrazaron y gritaron de pura felicidad, pero amortiguando el sonido con los almohadones del sillón para que ningún vecino curioso se enterara de su fortuna. —¡Un viaje a cualquier destino! ¡Todo pago! —Elena se dejó caer en el sofá, abrazando su bastón como si fuera un trofeo—. ¡Es el sorteo de fin de año del trabajo y nos tocó a nosotras! —Ya sabemos a dónde vamos, ¿no? —Micaela puso un disco de Elvis, pero esta vez a un volumen bajo, casi íntimo. —Graceland —dijeron las dos al unísono, rompiendo en carcajadas—. Memphis, Tennessee. Vamos a ver la casa de Elvis, Mica. Vamos a pisar el suelo que él pisó. —No se lo podemos decir a nadie del edificio —advirtió Micaela, recuperando el aire—. En este lugar las paredes oyen, y no quiero que nadie sepa que vamos a andar con tanta plata encima para los gastos. Es nuestro secreto de Estado. Mientras tanto, en el apartamento de al lado, Dante Moretti terminaba de ajustarse los gemelos de plata de su camisa negra. Había escuchado los ruidos ahogados, el alboroto de alegría que venía del 12A. Su instinto, pulido por años de desconfianza en la mafia, le decía que algo grande había pasado. —Están celebrando algo, Dante. Parecen dos nenas con juguete nuevo —dijo Luca, apoyado en el marco de la puerta. —Ojalá su alegría dure toda la noche —respondió Dante con una sonrisa gélida—. Porque ahora van a tener que celebrar con nosotros. Minutos después, un golpe firme y elegante sonó en la puerta de las chicas. Elena y Micaela se congelaron. Se limpiaron las lágrimas de risa y trataron de recomponer su postura "sexy y atrevida". Elena caminó hacia la puerta, haciendo sonar su bastón con esa cadencia que Dante ya conocía de memoria. Al abrir, se encontró con los dos hermanos: dos torres de elegancia italiana y peligro latente. —Buenas noches, vecinas —dijo Dante, su voz bajando una octava mientras recorría a Elena con la mirada—. Mi hermano y yo nos sentimos culpables por haber sido tan… distantes. Queríamos invitarlas a cenar. Ahora mismo. Elena arqueó una ceja, apoyándose con gracia en su bastón. La adrenalina de haber ganado el viaje la hacía sentirse aún más poderosa. —¿Una cena? ¿Así de la nada? —preguntó ella, desafiante—. ¿No será que el ruido de nuestra música les ablanda el corazón? —El ruido no —intervino Luca con una sonrisa lobuna mirando a Micaela—. Es la curiosidad. —Tenemos un reserva en un lugar privado cerca del puerto —continuó Dante, dando un paso hacia el espacio personal de Elena—. Insisto. No acepto un no por respuesta, y creo que ustedes tienen mucho que celebrar, aunque intenten ocultarlo. Elena miró a Micaela de reojo. El secreto del viaje quemaba en sus pechos, y la presencia de esos dos hombres peligrosos era el combustible perfecto para una noche de pecado. —Danos diez minutos —dijo Elena, cerrando la puerta lentamente mientras sostenía la mirada de Dante—. El terciopelo n***o tarda un poco en estar perfecto. Dante se quedó en el pasillo, escuchando cómo ellas volvían a reír adentro. No sabía qué habían ganado, pero sabía que esa noche, el que iba a ganar el premio mayor era él.
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