El beso del delito y la espera eterna
Pasaron diez minutos. Luego quince. Luego veinte. En el pasillo, el silencio del edificio solo era interrumpido por el lejano sonido de las olas rompiendo contra la Rambla. Dante, que en Italia no esperaba ni por el mismísimo Papa, mantenía una calma antinatural, aunque su mandíbula estaba tan apretada que parecía de piedra.
—Dante, nos están tomando el pelo —susurró Luca, mirando su reloj de oro por quinta vez—. Ninguna mujer nos hace esperar así. Vámonos, esto es ridículo.
—Cerrá la boca, Luca —respondió Dante, sin apartar los ojos de la madera oscura de la puerta—. Ellas no son "ninguna mujer". Están marcando el territorio.
Adentro, Elena y Micaela se terminaban de retocar frente al espejo entre susurros y risitas. Elena se había puesto un labial rojo sangre, tan intenso que parecía brillar. Se ajustó el bastón de plata, asegurándose de que la empuñadura estuviera fría y lista.
—¿Lista para el show, reina? —preguntó Micaela, cuya mirada destellaba con la adrenalina del viaje secreto y el juego de poder con los vecinos.
—Lista. Vamos a darles algo en qué pensar —contestó Elena con una sonrisa de absoluta confianza.
Finalmente, la puerta se abrió. Los hermanos Moretti se irguieron, pero lo que vieron no fue a dos mujeres disculpándose por la demora. Elena salió primero, caminando con ese balanceo hipnótico que su discapacidad convertía en una danza prohibida. Se detuvo a milímetros de Dante, obligándolo a retroceder un centímetro para no tocarla.
—Perdón por la tardanza —dijo Elena, su voz arrastrando las palabras como seda sobre vidrio—. Es que estábamos celebrando... cosas privadas.
—Cosas que un hombre no entendería —añadió Micaela, colocándose al lado de Elena, desafiando la mirada de Luca.
Dante arqueó una ceja, su mirada oscura bajando hacia los labios de Elena.
—Espero que la espera valga la pena. El restaurante no guarda mesas por cortesía.
—Nosotras tampoco guardamos cortesía por cualquiera —retrucó Elena.
De repente, como si se hubieran puesto de acuerdo sin hablar, Micaela tomó a Elena por la cintura y la atrajo hacia ella. Ante los ojos estupefactos de los dos mafiosos, Elena rodeó el cuello de su amiga con un brazo, soltando por un segundo el peso de su cuerpo sobre ella, y la besó profundamente en los labios. Fue un beso lento, cargado de una complicidad que los dejaba a ellos como simples espectadores de una película en la que no tenían invitación.
Se separaron despacio, rozando sus narices y estallando en una carcajada limpia y vibrante, como si acabaran de robar un banco y se hubieran salido con la suya.
—¡Es que somos tan malas, Mica! —exclamó Elena, riendo mientras recuperaba el equilibrio con su bastón.
—Un delito, nena. Somos un delito —respondió Micaela, limpiándose un rastro de labial rojo de la comisura con el pulgar, mirando a Luca con una burla descarada.
Los hermanos Moretti estaban petrificados. Dante sentía que el aire le faltaba. Aquella demostración de libertad y desparpajo era algo que su mente cuadriculada de criminal no podía procesar. No habían "caído" ante su invitación; habían convertido la invitación en su propio escenario.
—¿Y bien? —dijo Elena, golpeando el suelo con su bastón, el sonido resonando en el pasillo como un disparo—. ¿Nos vamos a quedar acá mirando o vamos a comer ese asado uruguayo que tanto prometieron?
Dante sonrió, una sonrisa peligrosa, de alguien que acaba de entender que la caza iba a ser mucho más larga y divertida de lo que pensaba.
—Después de ustedes, señoritas —dijo Dante, extendiendo el brazo—. Si sobreviven a la cena después de eso, les compro el restaurante.