CAPÍTULO 2

636 Words
El pecado en el 12A El reloj de pared en el pasillo marcaba las once de la noche, pero el tiempo en el apartamento 12A parecía haberse detenido en una era de laca, cuero y rebeldía. La luz de las lámparas de pie, cubiertas con telas rojas, bañaba la sala con un resplandor de burdel elegante. —Mica, mirá esto —dijo Elena, su voz cargada de una picardía eléctrica. Elena se apoyó en su bastón de plata, usándolo como un eje para inclinar su cuerpo hacia atrás. El terciopelo n***o de su vestido se tensó, marcando cada curva con una precisión pecaminosa. Micaela soltó una carcajada ronca y se acercó, atrapando la cintura de su amiga mientras el tocadiscos giraba sin descanso. —Estás on fire hoy, nena —susurró Micaela, sus ojos brillando bajo el flequillo—. Elvis estaría orgulloso. O escandalizado. —Que se escandalice —respondió Elena, acercándose al rostro de su amiga, disfrutando de la libertad de no tener que rendir cuentas a nadie en ese rincón de Montevideo—. En este edificio, las reglas las ponemos nosotras. Del otro lado de la puerta, en el pasillo sombrío, dos figuras masculinas permanecían inmóviles. Dante y Luca se habían acercado con la intención de quejarse, de imponer el silencio que su paranoia de mafiosos exigía. Luca levantó la mano para golpear la madera tallada, pero Dante lo detuvo, agarrándole la muñeca con una fuerza de hierro. —Esperá —susurró Dante. A través de la madera, la música de "Black Velvet"llegaba con una claridad asfixiante. Pero no era solo la música. Eran las risas. Era el sonido rítmico del bastón contra el parqué, un *clac-clac* que marcaba un pulso casi erótico. Dante se acercó a la pequeña mirilla de cristal antiguo. Lo que vio le heló la sangre y, al mismo tiempo, encendió un fuego que no sabía que aún poseía. Las vio. Elena y Micaela bailaban en una comunión perfecta, una coreografía de manos que se rozaban y miradas que desafiaban al mundo. En un movimiento fluido, Elena soltó el bastón, dejándolo apoyado contra su pierna mientras Micaela la sostenía. Se miraron a los ojos, compartiendo ese código secreto de las niñas que crecieron siendo parias y terminaron siendo reinas. De repente, como si el mundo exterior no existiera, Micaela tomó el rostro de Elena y la besó. Fue un beso rápido, travieso, una picardía de "hermanas del alma" que sabían perfectamente que estaban jugando con fuego. Un beso que sabía a vino tinto y a la libertad absoluta de quien no tiene miedo a ser observado. —¡Maldición! —masculló Luca, intentando ver por encima del hombro de su hermano—. ¿Qué pasa ahí adentro? Dante se apartó de la puerta bruscamente, su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos estaban inyectados en un deseo oscuro. La imagen de Elena —con su bastón, su vestido n***o y esos labios rojos recién besados— se le quedó grabada como un tatuaje. —No vamos a golpear —dijo Dante, su voz ahora era un rugido bajo—. No hoy. —¿Por qué no? —preguntó Luca, confundido por la repentina retirada de su hermano, que solía ser el primero en derribar puertas. —Porque no quiero interrumpirlas —respondió Dante, empezando a caminar hacia su propio apartamento con una determinación peligrosa—. Quiero ver hasta dónde son capaces de llegar. Dante entró a su piso y cerró la puerta sin hacer ruido. Se quedó en la oscuridad, escuchando cómo la música volvía a empezar. Se dio cuenta de que ya no le importaba el ruido. Se dio cuenta de que, por primera vez desde que salió de Italia, había encontrado algo más adictivo que la guerra: la obsesión.
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