El pecado en el 12A
El reloj de pared en el pasillo marcaba las once de la noche, pero el tiempo en el apartamento 12A parecĂa haberse detenido en una era de laca, cuero y rebeldĂa. La luz de las lámparas de pie, cubiertas con telas rojas, bañaba la sala con un resplandor de burdel elegante.
—Mica, mirá esto —dijo Elena, su voz cargada de una picardĂa elĂ©ctrica.
Elena se apoyó en su bastón de plata, usándolo como un eje para inclinar su cuerpo hacia atrás. El terciopelo n***o de su vestido se tensó, marcando cada curva con una precisión pecaminosa. Micaela soltó una carcajada ronca y se acercó, atrapando la cintura de su amiga mientras el tocadiscos giraba sin descanso.
—Estás on fire hoy, nena —susurrĂł Micaela, sus ojos brillando bajo el flequillo—. Elvis estarĂa orgulloso. O escandalizado.
—Que se escandalice —respondió Elena, acercándose al rostro de su amiga, disfrutando de la libertad de no tener que rendir cuentas a nadie en ese rincón de Montevideo—. En este edificio, las reglas las ponemos nosotras.
Del otro lado de la puerta, en el pasillo sombrĂo, dos figuras masculinas permanecĂan inmĂłviles. Dante y Luca se habĂan acercado con la intenciĂłn de quejarse, de imponer el silencio que su paranoia de mafiosos exigĂa. Luca levantĂł la mano para golpear la madera tallada, pero Dante lo detuvo, agarrándole la muñeca con una fuerza de hierro.
—Esperá —susurró Dante.
A travĂ©s de la madera, la mĂşsica de "Black Velvet"llegaba con una claridad asfixiante. Pero no era solo la mĂşsica. Eran las risas. Era el sonido rĂtmico del bastĂłn contra el parquĂ©, un *clac-clac* que marcaba un pulso casi erĂłtico. Dante se acercĂł a la pequeña mirilla de cristal antiguo. Lo que vio le helĂł la sangre y, al mismo tiempo, encendiĂł un fuego que no sabĂa que aĂşn poseĂa.
Las vio.
Elena y Micaela bailaban en una comuniĂłn perfecta, una coreografĂa de manos que se rozaban y miradas que desafiaban al mundo. En un movimiento fluido, Elena soltĂł el bastĂłn, dejándolo apoyado contra su pierna mientras Micaela la sostenĂa. Se miraron a los ojos, compartiendo ese cĂłdigo secreto de las niñas que crecieron siendo parias y terminaron siendo reinas.
De repente, como si el mundo exterior no existiera, Micaela tomĂł el rostro de Elena y la besĂł. Fue un beso rápido, travieso, una picardĂa de "hermanas del alma" que sabĂan perfectamente que estaban jugando con fuego. Un beso que sabĂa a vino tinto y a la libertad absoluta de quien no tiene miedo a ser observado.
—¡Maldición! —masculló Luca, intentando ver por encima del hombro de su hermano—. ¿Qué pasa ahà adentro?
Dante se apartó de la puerta bruscamente, su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos estaban inyectados en un deseo oscuro. La imagen de Elena —con su bastón, su vestido n***o y esos labios rojos recién besados— se le quedó grabada como un tatuaje.
—No vamos a golpear —dijo Dante, su voz ahora era un rugido bajo—. No hoy.
—¿Por quĂ© no? —preguntĂł Luca, confundido por la repentina retirada de su hermano, que solĂa ser el primero en derribar puertas.
—Porque no quiero interrumpirlas —respondió Dante, empezando a caminar hacia su propio apartamento con una determinación peligrosa—. Quiero ver hasta dónde son capaces de llegar.
Dante entrĂł a su piso y cerrĂł la puerta sin hacer ruido. Se quedĂł en la oscuridad, escuchando cĂłmo la mĂşsica volvĂa a empezar. Se dio cuenta de que ya no le importaba el ruido. Se dio cuenta de que, por primera vez desde que saliĂł de Italia, habĂa encontrado algo más adictivo que la guerra: la obsesiĂłn.