Trampas de Metal y Terciopelo
La noche montevideana caĂa pesada, cargada de esa humedad que solo el RĂo de la Plata sabe regalar. Elena y Micaela cruzaron el umbral del edificio de Pocitos entre risas que resonaban en el vestĂbulo de mármol. VenĂan cansadas tras una jornada larga, pero la adrenalina de su amistad las mantenĂa a flote.
—Te juro, Mica, que si el jefe vuelve a pedirme ese informe antes de las seis, le voy a dar con el bastĂłn en las espinillas —decĂa Elena, haciendo sonar su Ă©bano con fuerza contra el piso, un clac-clac rĂtmico que marcaba su paso orgulloso.
—Y yo le tiro el café encima mientras canto “Trouble”—respondió Micaela, soltando una carcajada y empujando la pesada puerta de hierro del ascensor antiguo—. Entrá, reina.
En las sombras del rincĂłn del ascensor, ya estaban ellos. Dante y Luca Moretti, envueltos en abrigos oscuros, parecĂan parte de la arquitectura de hierro y sombras. Pero las chicas estaban en su propio universo. No los miraron. Ni siquiera notaron que el aire se volvĂa más denso por la presencia de los dos hombres que las observaban con una intensidad depredadora.
Elena se apoyĂł en la pared del ascensor y empezĂł a tararear, su voz era un terciopelo rasgado:
—“Mississippi in the middle of a dry spell...”
Micaela la siguiĂł de inmediato, haciendo los coros con un movimiento de hombros:
—“Jimmy Rodgers on the Victrola up high...”
—Es que esa canciĂłn es nuestra religiĂłn, boluda —dijo Elena, entornando los ojos y moviendo las caderas al ritmo de un bajo imaginario—. Me hace sentir que el mundo es mĂo, aunque me duela la pierna hasta el alma.
Dante, a centĂmetros de ella, apretĂł la mandĂbula. El perfume de Elena, una mezcla de vainilla y peligro, le estaba nublando el juicio. Luca, por su parte, miraba a Micaela con una mezcla de diversiĂłn y deseo mal contenido.
De repente, el ascensor, una reliquia de los años 40, dio un sacudón violento. El metal crujió y la cabina se tambaleó bruscamente entre el piso 4 y el 5.
—¡Epa! —exclamó Elena, perdiendo el equilibrio cuando su bastón resbaló en el suelo pulido.
Antes de que Dante pudiera siquiera estirar un brazo para sostenerla, Micaela ya se habĂa movido con la agilidad de quien ha protegido a su otra mitad toda la vida. Con un movimiento firme y experto, Micaela rodeĂł a Elena y la levantĂł a upa, sosteniĂ©ndola contra su cuerpo para que no cayera.
—Tranquila, nena. Te tengo —susurró Micaela, con Elena en brazos.
Elena, lejos de asustarse, soltĂł una carcajada y se colgĂł del cuello de su amiga.
—“We’re caught in a trap...”—empezĂł a cantar Elena, mirando a Micaela a los ojos, ignorando por completo que a medio metro, Dante Moretti sentĂa que la sangre le hervĂa.
—“I can’t walk out...”—completĂł Micaela, mientras el ascensor volvĂa a gemir y retomaba su ascenso lentamente.
Dante dio un paso al frente, rompiendo finalmente el anonimato. Su voz, profunda y cargada de un acento italiano que cortaba el aire, las obligĂł a salir de su burbuja.
—Parece que la trampa es este edificio, señoritas —dijo Dante, clavando sus ojos en los de Elena.
Elena dejĂł de cantar. Se girĂł en brazos de Micaela, todavĂa sostenida como una reina, y mirĂł al hombre que parecĂa haber salido de una pesadilla elegante. No se amilanĂł. Al contrario, una sonrisa lenta y desafiante se dibujĂł en sus labios rojos.
—Si esto es una trampa, espero que el resto del camino sea tan entretenido como la canción —respondió Elena, sin pedirle a Micaela que la bajara.
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. El juego de sombras en Pocitos acababa de volverse mucho más letal.