CAPĂŤTULO 3

656 Words
Trampas de Metal y Terciopelo La noche montevideana caía pesada, cargada de esa humedad que solo el Río de la Plata sabe regalar. Elena y Micaela cruzaron el umbral del edificio de Pocitos entre risas que resonaban en el vestíbulo de mármol. Venían cansadas tras una jornada larga, pero la adrenalina de su amistad las mantenía a flote. —Te juro, Mica, que si el jefe vuelve a pedirme ese informe antes de las seis, le voy a dar con el bastón en las espinillas —decía Elena, haciendo sonar su ébano con fuerza contra el piso, un clac-clac rítmico que marcaba su paso orgulloso. —Y yo le tiro el café encima mientras canto “Trouble”—respondió Micaela, soltando una carcajada y empujando la pesada puerta de hierro del ascensor antiguo—. Entrá, reina. En las sombras del rincón del ascensor, ya estaban ellos. Dante y Luca Moretti, envueltos en abrigos oscuros, parecían parte de la arquitectura de hierro y sombras. Pero las chicas estaban en su propio universo. No los miraron. Ni siquiera notaron que el aire se volvía más denso por la presencia de los dos hombres que las observaban con una intensidad depredadora. Elena se apoyó en la pared del ascensor y empezó a tararear, su voz era un terciopelo rasgado: —“Mississippi in the middle of a dry spell...” Micaela la siguió de inmediato, haciendo los coros con un movimiento de hombros: —“Jimmy Rodgers on the Victrola up high...” —Es que esa canción es nuestra religión, boluda —dijo Elena, entornando los ojos y moviendo las caderas al ritmo de un bajo imaginario—. Me hace sentir que el mundo es mío, aunque me duela la pierna hasta el alma. Dante, a centímetros de ella, apretó la mandíbula. El perfume de Elena, una mezcla de vainilla y peligro, le estaba nublando el juicio. Luca, por su parte, miraba a Micaela con una mezcla de diversión y deseo mal contenido. De repente, el ascensor, una reliquia de los años 40, dio un sacudón violento. El metal crujió y la cabina se tambaleó bruscamente entre el piso 4 y el 5. —¡Epa! —exclamó Elena, perdiendo el equilibrio cuando su bastón resbaló en el suelo pulido. Antes de que Dante pudiera siquiera estirar un brazo para sostenerla, Micaela ya se había movido con la agilidad de quien ha protegido a su otra mitad toda la vida. Con un movimiento firme y experto, Micaela rodeó a Elena y la levantó a upa, sosteniéndola contra su cuerpo para que no cayera. —Tranquila, nena. Te tengo —susurró Micaela, con Elena en brazos. Elena, lejos de asustarse, soltó una carcajada y se colgó del cuello de su amiga. —“We’re caught in a trap...”—empezó a cantar Elena, mirando a Micaela a los ojos, ignorando por completo que a medio metro, Dante Moretti sentía que la sangre le hervía. —“I can’t walk out...”—completó Micaela, mientras el ascensor volvía a gemir y retomaba su ascenso lentamente. Dante dio un paso al frente, rompiendo finalmente el anonimato. Su voz, profunda y cargada de un acento italiano que cortaba el aire, las obligó a salir de su burbuja. —Parece que la trampa es este edificio, señoritas —dijo Dante, clavando sus ojos en los de Elena. Elena dejó de cantar. Se giró en brazos de Micaela, todavía sostenida como una reina, y miró al hombre que parecía haber salido de una pesadilla elegante. No se amilanó. Al contrario, una sonrisa lenta y desafiante se dibujó en sus labios rojos. —Si esto es una trampa, espero que el resto del camino sea tan entretenido como la canción —respondió Elena, sin pedirle a Micaela que la bajara. El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. El juego de sombras en Pocitos acababa de volverse mucho más letal.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD