El Blues de la Sangre y el Acero
El "Blue Moon Lounge" era un antro de paredes descascaradas en las afueras de Clarksdale, Mississippi. El aire estaba saturado de olor a cerveza barata y humo de tabaco de pipa. Elena y Micaela se habían sentado en la barra, disfrutando de la música, cuando el ambiente cambió.
Un hombre corpulento, con una chaqueta de cuero sucia y ojos que delataban demasiado alcohol, se acercó a Elena. No la miró a la cara; miró su bastón de plata.
—Oye, muñeca... —dijo el tipo, arrastrando las palabras con un acento sureño agresivo—. Ese juguete brilla demasiado para este lugar. ¿Por qué no me lo das y te enseño a bailar sin él?
Elena no se inmutó. Tomó un sorbo de su bourbon y lo miró con un desprecio glacial.
—Este "juguete" tiene más clase que todo tu árbol genealógico. Alejate si querés terminar la noche con todos los dientes.
El hombre soltó una carcajada ronca y estiró la mano para arrebatarle el bastón. Fue su último error.
Con un movimiento fluido y feroz que nadie vio venir, Elena hizo girar el bastón. El sonido del impacto fue seco y brutal: ¡CRACK! La empuñadura de plata se estrelló directamente contra la sien del atacante. Mientras el hombre se tambaleaba, Micaela, sin perder un segundo, agarró una botella de vidrio de la barra y se la partió en la nuca.
—¡Con ella no, imbécil! —gritó Micaela, mientras el tipo caía como un fardo al suelo.
Otros dos sujetos se levantaron de sus mesas, pero Elena, apoyada firmemente en una pierna, usó la punta de su bastón para golpear la rodilla de uno y luego, con un giro descendente, le dio un revés en la cabeza al otro. Se movían con una coordinación letal, como si estuvieran bailando una versión violenta de sus coreografías en Pocitos.
Mientras tanto, en Montevideo...
Dante y Luca estaban en un bar discreto de la Ciudad Vieja, tratando de hablar de negocios para distraer la mente. El televisor del rincón estaba sintonizado en una cadena internacional de noticias, con el volumen bajo. De repente, Luca se quedó petrificado, con el tenedor a medio camino de la boca.
—Dante... mirá la pantalla. ¡Mirá la pantalla ahora! —exclamó Luca, señalando el televisor.
Dante se giró. El titular en inglés rezaba: "TOURISTS DEFEND THEMSELVES IN MISSISSIPPI BAR BRAWL" (Turistas se defienden en pelea de bar en Mississippi).
Las imágenes eran de una cámara de seguridad granulada, pero inconfundible. Ahí estaba ella. Elena, con su vestido rojo, manejando el bastón como una espada de gladiador, golpeando a un hombre que le doblaba el tamaño hasta dejarlo inconsciente. Al lado, Micaela terminaba de patear a otro sujeto antes de que ambas salieran del lugar con una elegancia que desafiaba la lógica del caos que acababan de causar.
Dante se puso de pie lentamente, su rostro pálido y sus ojos ardiendo en un shock absoluto.
—Están en el Delta... —susurró Dante, su voz temblando entre la furia y una admiración casi religiosa—. Están en Mississippi.
—¡Son unas animales! —dijo Luca, mitad aterrado, mitad fascinado—. Dante, le partió la cabeza con el bastón... ¡viste cómo se movía!
Dante no escuchaba a su hermano. Estaba viendo la repetición del video una y otra vez en la pantalla. Ver a Elena defendiéndose, ver esa ferocidad oculta tras su belleza y su discapacidad, terminó de romper lo poco que quedaba de su cordura.
—No son solo mujeres, Luca. Son guerreras —dijo Dante, apretando el borde de la mesa hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Y ahora sé exactamente dónde están.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Luca.
Dante sacó su teléfono y marcó un número internacional que había jurado no volver a usar.
—Prepará el avión. Nos vamos a Estados Unidos. Pero no para buscarlas... sino para llegar antes de que la policía de allá las toque. Nadie pone a Elena tras las rejas excepto yo.
En el televisor, la noticia pasaba a otro tema, pero la imagen de Elena levantando su bastón quedó grabada en las retinas de los hermanos Moretti. El juego ya no era un escondite; era una persecución a través de las venas de América.