Celdas de Lujo y Tropiezos del Destino
El cuartel de policía de Clarksdale olía a café quemado y a burocracia, pero el ambiente se rompió cuando ellas entraron escoltadas. No parecían detenidas; parecían estrellas de rock regresando de un concierto salvaje. Elena caminaba con la cabeza en alto, haciendo sonar su bastón de plata contra el suelo de linóleo con un ritmo desafiante, mientras Micaela soltaba una risotada que hizo que el oficial de guardia levantara la vista, confundido.
—¡Les digo que fue justicia poética! —exclamaba Elena, riendo mientras le tomaban las huellas—. Ese tipo aprendió que el "terciopelo n***o" golpea fuerte si no piden permiso.
—¡Y que las botellas de bourbon son excelentes herramientas de defensa personal! —agregó Micaela, guiñándole un ojo al sheriff, quien no sabía si procesarlas o pedirles un autógrafo después de ver el video del bar. Estaban viviendo la locura más grande de sus vidas: estaban presas en el corazón del Delta por defenderse de un acosador, y se sentían más vivas que nunca.
Mientras tanto, un jet privado aterrizaba en una pista secundaria de Tennessee. Dante y Luca Moretti bajaron a paso de carga, con la desesperación marcada en el rostro y la urgencia de la mafia en las venas. Habían rastreado el incidente del bar y sabían que tenían poco tiempo.
Al llegar al lujoso hotel donde se suponía que las chicas se hospedaban antes del altercado, los nervios le jugaron una mala pasada al mismísimo Dante. Él, que siempre se movía con la gracia de un depredador, estaba tan fuera de sí, tan distraído por la imagen de Elena en el noticiero, que al subir el escalón de la entrada principal, su zapato de diseño resbaló.
Dante tropezó, sus brazos se agitaron en el aire y estuvo a punto de estamparse contra el suelo de mármol del lobby. Solo un movimiento desesperado lo mantuvo en pie, pero su dignidad quedó por el suelo.
—¡Jajaja! ¡No te lo puedo creer! —Luca estalló en una carcajada limpia, señalando a su hermano—. ¡El gran Dante Moretti, el terror de Calabria, casi se noquea solo con un escalón! El amor te está volviendo torpe, hermano.
—Cerrá la boca, Luca —gruñó Dante, acomodándose la chaqueta con el rostro rojo de furia y vergüenza—. Es el jet lag. Vamos a la recepción.
Pero la humillación no terminó ahí. Al llegar al mostrador, Dante golpeó la madera con autoridad.
—Habitaciones de Elena y Micaela. Ahora —ordenó con su voz más oscura.
El recepcionista revisó la computadora con calma desesperante.
—Lo siento, señor. Las señoras no han regresado desde ayer. Y su equipaje ha sido retenido por las autoridades locales debido a un... incidente.
Dante se quedó helado. Al girarse para recriminarle a su hermano que se apuraran, fue el turno de la justicia divina. Luca, que seguía riéndose de Dante y no miraba por dónde caminaba, se llevó por delante un carrito de equipaje cargado de maletas. El impacto fue seco y Luca terminó sentado en el suelo, con una maleta rosa sobre el regazo.
—¿Quién se ríe ahora, idiota? —escupió Dante, aunque por dentro sentía que se le caía el alma.
Estaban en el hotel correcto, pero ellas no estaban. Estaban en el país correcto, pero el rastro se enfriaba. Dante se sentó en un sillón del lobby, escondiendo el rostro entre las manos. Estaba perdiendo el control. Estaba en Mississippi, en un hotel de lujo, tropezando como un principiante, mientras la mujer de su vida seguramente se reía de él desde una celda o desde el fin del mundo.
—Están en la comisaría, Dante —dijo Luca, levantándose con dificultad y sacudiéndose el traje—. Las tienen por la pelea del bar.
Dante levantó la mirada. Sus ojos ya no tenían el brillo de la razón, sino el de una obsesión que había cruzado el océano.
—Entonces vamos a sacarlas. Y pobre del policía que intente impedir que vea a Elena hoy.