Marcel
Termino mi baño y me meto a la cama, estoy agotado, no he podido descansar nada. Dudé en compartir la cama con Alexis, pero solo Raúl sabe que mi matrimonio con ella es algo convenido, Luis no lo sabe, prefiero que se mantenga así, por lo que me permito compartir la cama en el hotel con mi esposa. Mi malcriada e infantil esposa.
Escucho cuando llega, pasa al baño directo sin saludar, quizás si se dio el revolcón con Luis, la ducha suena por largo rato, la oigo revisar las gavetas, supongo que se viste, hasta que se tumba junto a mí.
—Buenas noches—digo.
—Buenas noches—responde con tono apagado. Suspira.
Huele a cayenas. ¿Por qué siempre huele a cayenas?
Lamentablemente para ella, se metió sola en la cueva del lobo, se ofreció como sacrificio de forma voluntaria por su ambición y su falta de sesos, no es más que una niña estúpida, que pretende comprar un boleta a la libertad casándose con un hombre rico. Es tan tonta y cobarde que fue incapaz de hacer algo por su vida nunca, ahora será rica, tendrá dinero por casarse conmigo, como si lo mereciera.
No tendrá nada, solo tendrá miseria, y es algo fácil de pronosticar porque no ha hecho nada en su vida nunca por ella misma, no ha estudiado, no ha trabajado, solo saber ser una chiquilla consentida, se le acabó el paraíso, y está tan inocente de eso.
Su padre y su abuelo mataron a mi padre, le quitaron todo. Confabularon por años para perjudicarlo, ahora el muy maldito me recibe el dinero para su campaña política como si fuéramos los mejores amigos, me ofrecía a su hija para que me la cogiera, tan descarado, hasta que subió la oferta a casarme con ella.
La pobre infeliz tuvo suerte de que en mi afán de venganza, yo siempre di más dinero que los demás, ofrecí, era más esplendido, hasta conseguía formas de torcer la leyes para ser el mayor benefactor de su campaña, no le pedía mucho a cambio porque lo que también era el menos incomodo, pero de haber sido cualquiera de los otros viejos babosos, Alexis habría pasado de cama en cama de cada uno de ellos.
La aparté para mí, no porque me importara que esos viejos se la cogieran, era porque yo quería ser quien la destruyera, no ellos, porque ella tendría una razón para odiar a su padre, y no quiero que lo odie, quiero que lo ame, para que cuando acabe con él, sufra.
El gobernador Misler siempre fue una rata, un rastrero, no le importa pasar por encima de quien sea para conseguir lo que quiere, incluso está dispuesto a usar a su propia hija. No la quiere, habría sido tan fácil que la quisiera, porque se la entregaría destrozada para que sufriera, pero sé que eso no le afectaría demasiado. Igual quiero acabarla porque nadie con la sangre de ese maldito va a disfrutar o vivir de nuevo.
Su respiración es regular. Duerme. Trato de hacer lo mismo, antes repaso en mi mente el plan, claro que tendré sexo con ella, me haré el difícil, el que no quiere, y luego la tomaré cuantas veces quiera, ella se hará dependiente de mí, me adorará, haré que me amé, después la lanzaré a la calle sin nada. Haré que le quiten el útero, haré que la marquen de por vida. No será una mujer feliz, será un despojo.
Me despierto, hago mi rutina de todos los días, tras ducharme espero el desayuno a la mesa, casi olvido que ella está aquí, Raúl es quien me lo recuerda cuando me pregunta si ella también tomará el desayuno, asumo que aún duerme, pido para ella también.
Como la princesa no aparece tomo el desayuno con Raúl y Luis, escucho sus pasos cuando casi estamos por terminar.
—Buenos días—dice, se acerca a mí y me besa en la mejilla, su cuerpo se siente tibio, lo recuesta de mí.
Mantiene sus manos sobre mis hombros.
—Siéntate, pedimos desayuno para ti—digo.
—Gracias—dice susurrando, bosteza.
—Hay té también—digo.
—El que no ve eres tú, yo veo que hay té.
—Bien—rio.
—¿Qué haremos hoy para nuestra luna de miel?—pregunta, escucho los pasos de los chicos que se van.
—Nada, debo trabajar.
—¿Y me quedo sola otra vez?
—Está Luis, ya te dije, haz lo que te plazca con él.
Debo ser amable con ella y disimular ahora, pero me cuesta, es muy tonta e infantil. No la soporto.
La oigo soltar un suspiro profundo.
—Pues sí, quizás me lo folle toda la tarde.
—Pues hazlo. Lo dices y lo dices pero no ejecutas—me burlo.
—Hoy lo hago—dice segura—, compraré lencería muy sexy.
—Tienes ya las tarjetas, dispone de dinero y efectivo, cualquier cosa que necesites, puedes llamar a Raúl.
—¿Podemos usar la cama? ¡En serio?
—Él tiene habitación acá, no tienes que usar la cama donde yo también duermo.
Se echa a reír, pero su risa parece falsa, no puedo verla así que desconozco si es sincera su risa, solo puedo presumir que no lo es. Está ardida por mi indiferencia.
Me levanto.
—Nos iremos esta noche a casa.
—No me dio tiempo de conocer París—se queja.
—Aprovecha el tiempo.
Después de reuniones, acuerdos, firmas de contrato y visitas de cortesía, termina mi día, apenas me da tiempo de darme una ducha, ya mi maleta está preparada, olvido una vez la existencia de Alexis.
—¿Dónde está mi esposa?—pregunto a Raúl.
—Debe estar en la pista ya señor.
—¿Sí? ¿Tanta prisa llevaba por irse?—pregunto riendo.
—Está algo baja de ánimos.
Quizás intentó algo con Luis y la rechazó, pienso. Soy su jefe y ella debería saber que él debe estar aterrado de acostarse con la mujer del jefe, pero es caprichosa. Subo al avión, la oigo reír y charlar con Luis, habla sobre la última serie que vio, Luis la conoce y discuten impresiones.
Al llegar a casa, Raúl y lo demás se encargan de ubicar las cosas de ella que al parecer ya llegaron.
—¿Compartiremos habitación?—pregunta ella.
—Sí ¿Te molesta?
—No—dice.
Suspira.
Comienza su desgracia a partir de ahora, solo unas semanas de paz e idilio tendrá, después verá la verdadera cara de la vida, la que le cobra todo.