El silencio en la sala era tan pesado que parecía cortar el aire. El juez asintió con desgano y el fiscal se levantó. —La fiscalía llama a la señora Gina Whitman. Un murmullo recorrió el público. Gina se levantó despacio, respiró hondo y caminó hacia el estrado. El corazón le latía con fuerza, pero cada paso era un triunfo. Cuando juró decir la verdad, sus manos apenas temblaron. El fiscal comenzó con voz firme: —Señora Whitman, ¿podría relatar al jurado lo que sucedió la noche del 12 de abril? Ella cerró los ojos un instante. Recordó el golpe, el piso frío, el olor metálico de la sangre. Abrió los ojos de nuevo. —Sí. Esa noche… discutí con mi esposo, la discusión no iba a ningún lado y entonces quise irme, pero mi esposo Gerald me golpeó. Yo traté de defenderme, pero él me lanzó co

