El restaurante estaba casi vacío, aunque la discreción no se debía al día de la semana, sino al precio del lugar. Mesas con manteles blancos, copas de cristal fino y un silencio solemne interrumpido solo por el suave murmullo de un piano al fondo. Gerald llegó primero, impecablemente vestido con un traje gris oscuro y la corbata perfectamente anudada. Su postura, sin embargo, lo delataba: estaba tenso, más de lo que quería mostrar. Julieta entró diez minutos después, con ese aire de seguridad que siempre había exhibido como una armadura. Vestía un conjunto rojo intenso, que resaltaba contra la luz tenue del restaurante. Caminó directo hacia él, con el perfume caro llenando el aire antes de que se sentara frente a la mesa. —Gerald —dijo sin sonreír—. Espero que esta reunión valga la pena.

