Una cerveza y un gin tonic, por favor.

1691 Words
Cuando me subo, Peter se acerca suavemente y me da un beso en la comisura de los labios. —  Hola… — me dice mientras se aleja sonriendo. —  Hola… — susurro, tratando de ordenar mi cabeza.   ¿No que no quería nada con hombres aún? Pasa fugazmente por mi cabeza la escena de mis amigas aleccionándome sobre conocer gente, sólo hace un rato. Ni yo me entiendo. Peter pone el auto en marcha. — ¿A dónde vamos?  — pregunto. — ¿Te parece si vamos a tomar algo por ahí? — dice él sin dejar de mirar el camino.   Mientras miro por la ventanilla, de nuevo en silencio, veo que nos vamos a acercando a la zona de bares y pubs que solemos frecuentar con mis amigos. También veo que me mira de reojo. Yo hago lo mismo, aunque trato de no hacerlo. Me pondré roja ¿Por qué estoy tan nerviosa? En cambio él, se ve bastante seguro. No es muy comunicativo. Para hacer el silencio más llevadero, pongo la radio y empiezo a tararear sola y desafinada, como siempre. Parece que le hace gracia. Estaciona su auto en un estacionamiento subterráneo, se baja y antes que de la vuelta para abrirme la puerta, ya estoy abajo. Me mira y solo se ríe moviendo la cabeza. Me pongo a su lado y empezamos a caminar al ascensor. Sin preguntar toma mi mano. Y…me gusta cómo se siente. Una vez dentro, sin parar de tirarnos miraditas inocentes, ambos sonreímos sin decir nada. Cuando salimos del ascensor, veo la fuente que me aterra. Estamos en una calle peatonal. Y la dichosa fuente está al medio. Es enorme, de unos diez metros de diámetro. No es muy profunda. Pero, me da pánico acercarme. Mis amigos están acostumbrados, y cuando están conmigo también se alejan, rodeándola lo más lejos que la calle permite. Lo sé, es estúpido. Pero no puedo pasar por aquí de otra forma. Tomo a Peter de la mano y sin preguntar lo alejo, dando una vuelta aún más larga.  Me mira extrañado. — Lo siento, no me gustan las fuentes de agua. Alza una ceja, como preguntándome qué pasa. —  Simplemente…no me gusta el agua…— alzo mis hombros, como si no pasara nada. No quiero que me pregunte nada más. Sonríe ante el comentario. Debe pensar que estoy loca. No, no lo estoy. No tanto. Cuando al fin llegamos, nos dirigimos a uno de los bares que no conozco. En realidad, no es tan juvenil, quizás por eso no hemos entrado nunca. Al llegar a la puerta, pide una mesa para dos, nos hacen pasar hacia una terraza alejada del ruido. Solo hay un par de mesas a una distancia considerable, con otras dos parejas. El lugar lo adornan guirnaldas con pequeñas bombillas, y cercos de arbustos verdes y lavandas. Muy bonito. Se puede ver el cielo estrellado. Me quedo mirando hacia arriba, con la boca abierta. —  Desde aquí también puedes ver las estrellas – dice, mientras me corre el asiento para que yo me siente. —  Así veo… — contesto con una risita. —  Creo que te gusta mirarlas — eso era bastante fácil de deducir. — Bueno, mi abuelo solía enseñarme los nombres de las estrellas, constelaciones y esas cosas. Falleció hace algunos años. — Lo siento. — Es parte de la vida… — respondo mientras acomodo una servilleta, tratando de no mirarlo. La muerte y los hospitales no son mi tema favorito. Para qué decir las piletas. — A veces lo extraño… — sigo hablando sin pensar—… le gustaba escaparse conmigo y llevarme a los cerros de noche a ver estrellas. Era nuestra aventura. Volvíamos de madrugada, así que siempre teníamos problemas…— me empiezo a reír. Lindos tiempos.    Y Peter se pone a reír conmigo. — ¿Qué es lo gracioso? — Tú. Tu risa. Es contagiosa. Pensé que eras más seria. —  No, creo que nunca lo he sido. Soy más del tipo que hace estupideces. — ¿Salir corriendo de tu ex con un desconocido a un mirador a ver estrellas entra en la categoría de estupideces? — Definitivamente salir corriendo de mi ex con desconocidos entra en la categoría de estupideces... – y me siento como una tonta cuando sonrío con mi respuesta. Para mi sorpresa, él sonríe también. — Entonces me encantaría hacer más estupideces contigo...    Y ahí vamos, me he puesto roja de los nervios. Se acerca el garzón a tomar el pedido, pide rápido una tabla, una cerveza para él y un gin tónic para mí. — Tienes buena memoria Peter. — Sólo si se trata de cosas que me interesan.   ¿Cuál es su afán por verme roja? — ¿Cuándo parten tus prácticas? — sigue, al ver que yo no he respondido. — En un par de semanas. También voy a entrar a un estudio de abogados a hacer una pasantía, al mismo tiempo. — Me imagino que debe ser cansador. — Lo será…   Nos quedamos en silencio unos minutos mirándonos, él parece estudiarme. No entiendo por qué me mira de esa forma. Sus ojos verdes me hipnotizan. Aun así, en silencio, el aire no se siente incómodo. Me gusta estar con él. Tampoco he dejado de pensar en todo lo que pasó anoche, cómo me tocaba en su auto… De repente, se viene a mi cabeza el recuerdo de Samuel, en los últimos meses de nuestra relación. Recuerdo totalmente inoportuno. Nunca me sentí así con él. Aquella última vez que salimos a tomar algo, que estuvo más concentrado en su celular que en mí. O tratar de hablar de algo conmigo… — Cristina… ¿estás bien? — pregunta Peter, interrumpiéndome. — Si, si, perdona, estaba recordando algo — digo agitando mi mano, restándole importancia. Me mira con el ceño fruncido, pero no insiste y cambia el tema. Perfecto. — Los amigos con los que estabas anoche, ¿son tus amigos de la Universidad? — Si, casi todos nos conocemos de primer año. Sólo a Alex lo conocimos en cuarto año. Creo que se volvió mi mejor amigo una vez que me sentí mal en la biblioteca. El no conocía mucha gente, parece que le caímos bien porque empezó a sentarse a estudiar con nosotros. — ¿Te pasa muy seguido? — Oh no, esa vez estaba enferma. Alex tuvo que ir a dejarme a casa. Desde ahí me sobreprotege, nos volvimos inseparables. Casi como hermanos —Alex se preocupa por mí de verdad, en cambio mis padres…simplemente les gusta el control. Nos quedamos un minuto en silencio. — ¿Dónde naciste? Ayer dijiste que no eras de aquí… — Nacimos en Alemania. — ¿Nacimos? — eso explica el pequeño acento que tiene. — Si, tengo una hermana melliza y una hermana menor… — ¿Melliza? – abro mis ojos como platos. ¿Es una broma? — Si, hay muchos mellizos en mi familia  —   esboza una sonrisa ladeada, pero a mi se me aprieta el estómago un segundo — ¿Tienes hermanos? — me pregunta. — Dos hermanos menores, Gabriel y Diego el más pequeño….— Disimula Cristina, disimula. Con una sonrisa incómoda, pregunto hace cuánto viven acá, y cambio de inmediato el tema de conversación.   Una vez llega nuestro pedido, seguimos hablando de cualquier cosa. En realidad, yo hablo más que él. Tengo que disminuir mi consumo de alcohol, me hace hablar más de lo normal. Le cuento algunas aventuras que he vivido con mis amigos, como aquella vez que convencimos a la profesora nueva que Alan y Alex eran alumnos de intercambio y sólo hablaban francés. La profesora trataba de explicarles con gestos, y nosotras tratábamos de aguantarnos la risa. Ellos, fieles a sus personajes sólo asentían. No diré cuánto nos amonestaron por esa pequeña bromita. O aquella vez que para la semana de aniversario de la Universidad se paseaba un corpóreo, y por alguna razón nos perseguía. Nunca supimos quién era ni por qué lo hacía, pero los cinco terminamos encerrados en un cubículo en el baño de hombres por horas. Juntos somos unos idiotas, que lo pasan bien. Pero idiotas al fin y al cabo. Y cómo hemos sobrevivido en el departamento de Elisa a punta de pizza y bebidas energéticas noches enteras sin dormir. Una vez Xavi se quedó dormida y llegó en su pijama de ositos a dar el examen. Como es de esas malas mujeres que se ven increíbles con lo que tengan puesto, solo nosotros nos dimos cuenta.   Peter no habla demasiado, sólo se ríe de mis historias, de vez en cuando a carcajadas. Debe pensar que tenemos problemas mentales. Él no habla de su vida. En general, no habla. Sólo se limita a estudiarme y reír, no sé si de mi o conmigo.  Como sea, me gusta estar con él. Está sentado a mi lado. De pronto siento como su mano toma mi mejilla, mirándome directo a los ojos. — ¿Cuántos años tienes? — pregunto. Con lo poco que habla, hay que preguntar… — Treinta y dos. ¿Tú? — Veinticuatro. — ¿Apellido? — Klatz — empieza a acercarse. — No hablas mucho de ti… — No hay mucho que pueda decir de mi… — ¿Estás seguro de eso? — digo en un susurro. Su mano ahora está sobre mi rodilla, bajo la mesa. Pongo la mía encima, sin apartarlo. Nuestras manos siguen unidas bajo la mesa, y él se acerca cada vez más. — ¿Eso importa? — su mano ha empezado a subir por mi muslo lentamente. Ya no puedo hilar correctamente mis pensamientos. — No lo sé…— Estoy más concentrada en su mano. No me pidan respuestas inteligentes por favor, que ya no estoy pensando. Estamos a un par de centímetros, puedo sentir su aliento. De a poco empezamos a acercarnos más...   Mi celular empieza a sonar interrumpiéndonos. Ambos nos despegamos de golpe, como si alguien nos hubiese sorprendido haciendo algo indebido. Si seguía subiendo su mano junto a la mía…bueno, habría terminado en una situación totalmente indebida. ¡Y en público! Saco de mi bolso el maldito teléfono y miro la pantalla.  Mi Padre. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD