¿Fuerza de voluntad?

1355 Words
— Papá… — suelto el aire una vez contesto. Es un experto en interrumpir. — ¿CON QUIEN ESTÁS? — me grita mi padre, furioso. Tengo que alejar mi teléfono un poco de mi oído — de madrugada tenemos que ir a buscar a tu madre, tus amiguitos pueden esperar. Me tiene que haber ubicado por el GPS. — Papá, voy a ir con ustedes, me despertaré a la hora — pongo mis ojos en blanco. — Ven a casa ahora. Tienes treinta minutos — creo que siento como chirrían sus dientes por el teléfono. Y corta el llamado. Suspiro mientras miro la pantalla. Muy pocas veces me habla de esa manera. Soy una persona adulta, ¿Cuándo lo van a entender? Trato de llevarles la fiesta en paz, pero hay veces en que ellos mismos se superan. Adoro a mi padre, pero hay días en que sólo quiero salir corriendo. Aunque...esta vez no avisé. Maldito GPS. Sólo me trae problemas. — ¿Necesitas volver a casa? — Es evidente que ha escuchado la conversación, mi padre estaba gritando a través del teléfono. — Si, lo siento. Me gusta estar aquí contigo — digo con una sonrisa un tanto incómoda— Pero… —… No quieres tener problemas, tienes que madrugar… — termina mi frase. Escuchó todo — Vamos — se empieza a enderezar en su asiento, levanta el brazo llamando al garzón, mientras yo saco mi billetera. Pero él me para en seco. — No. Yo te traje, yo pago. Está bien, en teoría sigo siendo estudiante, y desempleada. No voy a discutir por eso. Empezamos a caminar hacia el estacionamiento, tomados de la mano y rodeando la maldita pileta. Peter sigue sin hablar mucho, pero rodea la pileta junto a mí. Me pregunta si tengo frío, hace uno que otro comentario relativo al camino, o al ascensor. Creo que conversar no es lo suyo. Parece que es lo mío. Suelto una risita, por mi pensamiento idiota. Me mira de reojo, pero muevo mi cabeza. — Estaba pensando que quizás… hablo demasiado… — me avergüenza decirlo en voz alta, pero mi boca está conectada a mi cerebro. No existe un filtro. Por muy idiota que sea, siempre termino diciendo lo que pienso. Se empieza a reír. Creo que esta vez sí es de mí. — Puede ser, pero me encanta… Suena la campanilla y se abren las puertas del ascensor. Estamos solos. Una vez dentro, ni siquiera alcanzo a darme cuenta cuando se abalanza sobre mí, apretándome contra la pared. Toma mi rostro con una mano, y con la otra me abraza por la cintura. Y me besa. Mi cabeza se nubla por completo. Es tan profundo, que ni siquiera puedo respirar. Se me paran todos los pelos del cuerpo. Instintivamente, lo abrazo por la cintura, atrayéndolo aún más hacia mí. Pasan sólo unos segundos, hasta que sentimos la campanilla del ascensor y se abren las puertas. Nos separamos sólo unos milímetros, sin soltarnos, respirando el aire del otro. A lo lejos se escuchan risas de un grupo de gente, quizás subiendo a algún auto, pues las voces desaparecen casi de inmediato. No se ve más gente alrededor. Me toma de la mano y a paso rápido camina hacia su auto, arrastrándome de la mano. Yo lo sigo. Se acerca a mí, a la puerta del copiloto, mira a todos lados, y cuando se asegura que ya no hay gente alrededor me empuja contra la carrocería, juntando sus labios con los míos. Siguiendo con lo que empezamos en el ascensor. Me sujeta con una mano de la cintura, mientras con la otra se sujeta al auto, aplastándome cada vez más. Una de sus manos sube a mi nuca, profundizando aún más el beso, si es que eso se puede. Yo me cuelgo a su cuello, sin separarme un solo segundo. Lo conozco hace menos de cuarenta y ocho horas, ¿Cómo puede provocar esto en mí? Jamás me había dejado llevar de esta manera. Anula todos mis sentidos. Cuando empiezo a sentir aún más abultado su pantalón contra mi vientre, reacciono. Compórtate, Cristina, ¡es un lugar público! Aunque... lo hace más excitante... Pongo mis manos en su pecho y trato de empujarlo. Me lleva unos 15 centímetros de diferencia, hoy llevo un vestido de verano y balerinas. Creo que por caballerosidad se separa lentamente, pues es mucho más grande que yo. Se aleja sólo un par de centímetros. Aún no ha sacado su mano de mi cintura ni de mi cuello, respirando sobre mis labios. — Lo siento — susurra. Empieza a pasar su nariz suavemente por mi cuello, acariciándome y aspirando mi olor. Me da un beso en el cuello, aprovechando que he ladeado mi cabeza para darle espacio — no me pude contener…— sigue sin soltar mi cintura. Y en un segundo, me vuelve a besar, apretando aún más mi cintura. Me cuelgo nuevamente a su cuello. Sin razonar, he acercado nuevamente mis caderas hacia él, dejándome llevar. Pero no, ¡sé fuerte! me repito, debo llegar a mi casa. Mi padre me va a matar. O encerrar, nuevamente. Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad, que suele ser bastante pero esta vez se ha ido casi por completo, insisto. — Me encanta esto, pero si quiero seguir con vida necesito llegar a mi casa… — susurro en su oído mientras lo empujo suavemente. Resopla. Se aleja de mí, dándome un poco de espacio y me abre la puerta de auto. Mientras, sentada trato de calmarme, hiperventilando, veo que él ha llegado a su lado de la puerta. Antes de abrirla, se ha apoyado en sus rodillas mirando hacia atrás del auto, creo que tratando de respirar normalmente. Pasan un par de segundos y luego se sube. Me mira sonriendo, empieza a retroceder y pone el auto en marcha. La vuelta es silenciosa, aunque esta vez no son miraditas de reojo. Simplemente nos quedamos mirando. Yo sonrío como idiota. No sé qué me produce esto. No sé qué me pasa con él. Se estaciona a unos metros de la entrada de mi casa y se gira hacia mí. — Te volveré a ver, ¿verdad? — pregunto. — Quizás por ahí…— dice burlándose y me guiña un ojo, repitiendo lo que dije ayer. Se acerca, me acaricia con su mano derecha la mejilla, y me da un tierno beso en la boca. — Al menos tengo tu número de teléfono — dice sobre mis labios, mientras nos sonreímos, sin desconectar nuestros ojos. Bajo del auto y camino sin mirar atrás. Una vez llego a la puerta de entrada, saco mis llaves y me doy vuelta. No ha parado de mirarme. Me sonríe y luego echa a andar su vehículo. Me quedo con una sonrisa estúpida en la cara viendo cómo se aleja. Entro a la casa y suspiro. Sólo está prendida la luz de la lamparita de la mesa de entrada. Me saco las balerinas y camino lo más silenciosa que puedo, hasta que escucho de lejos los gritos de mi padre. — ¡Cristina! Tengo que saber dónde y con quién estas. Y si vamos a buscar a tu madre en un par de horas, no puedes andar escapando y yendo por ahí de fiesta con tus amiguitos. Ay papito de mi corazón…si supieras que no estaba precisamente con uno de mis amiguitos... — ¡Perdooooon, me levantaré a la hora! — grito, y me meto rápidamente a mi habitación. Tiro lejos mi ropa, me meto en mi pijama y me acuesto. Ahora sé su edad, apellido y que es Ingeniero. Y que no nació acá. Tal como podría ser un asesino en serie, un estafador… hay mil posibilidades. Secuestrador está descartado. Mis habilidades detectivescas están fallando. ¿Cómo puedo dejarme llevar de esa manera si con suerte sé cómo se llama? Sé que a esta hora no encontraré ninguna respuesta. Y debo despertar en un par de horas. Así que trato de quedarme dormida, de nuevo pensando en ese hombre, preguntándome por qué me mira de esa manera, y por qué no habla de su vida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD