El hermano —buenote— de Lucian. La verdad, no sucedió nada más que un regaño y una palmadita en el trasero. Es más, el maldito me obligó a inclinarme sobre el escritorio. Grave error. Le atajé la mano antes de que pudiera estamparse, otra vez, contra mi muslo. Obvio que reaccionó y se excusó diciéndose: «¿Qué estoy haciendo? ¡Este no eres tú!». Ya sabrá Dios porqué. Fuimos interrumpidos por gritos en la entrada. Había llegado Cameron con cinco maletas de temática leopardo. Muy masculino, al decir verdad. Todas mostraban la marca de Gucci, y traía un horrible perfume de Paco Rabano. Digo, Rabanne. Aquel chico me recordaba a mi hermano y su «Olive, la apestosa». —¡¿Vieron que en Brasil hace más calor que aquí?! Lo miré como si estuviese tratándome de sorda. Literalmente, estaba grit

