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2573 Words
Las cosas como son. ¿Qué presión era la que tenía contra Lucian?  Ninguna. No habían respuestas claras aún, pero una sola se destacaba. Era una duda, en muchas verdades que aún debía encontrar. Lucian salió del gimnasio, horas más tarde de —seguramente pensar en mí porqué era muy diva— terminar su rutina.. Una tonta solución debía haber, aparte de provocarlo y sacarle el diablillo de dentro suyo... Tenía tres meses por delante, pero, ¿por qué tres meses? Charles me daba tres meses. Ahora yo, me encontraba en el suelo limpiando. Había una mancha asquerosa, cosa que jamás me acostumbre a limpiar gracias a las sirvientas que mi padre contrató, y no la podía quitar con nada. De repente, por casualidad del maldito destino, un teléfono comenzó a sonar en la sala de la entrada. Me levanté resignada, con los cabellos pegados al rostro por el sudor infernal que hacía ese día. En cuanto llegué, arrastrándome por ser tan vaga, atendí el teléfono con la más paciencia del universo. Lucian no había salido, por lo cuál, dije lo que cualquier otra sirvienta hubiera dicho: —Buenos días, habla con la mansión de Lucian Warren, ¿en qué puedo ayudarle? Una tos seca se escuchó del otro lado. —Cam, Cameron. Soy su hermano —espetó la otra persona—. Oye, linda, avísale que iré dentro de pocas horas a quedarme con él. Él me quiere mucho. Mi sonrisa se deslizó como un demonio, mis labios fueron de una curva a otra y así se formo la sonrisa más diabólica que podría haber hecho. Y, como Charles también me aseguró, hacer enfadar a Lucian también podría servir de algo. Enseguida acoté: —Sí, si, claro le avisaré —él contestó avisando que pronto aterrizaría en Francia, pero que pasaría de compras por Marsella. Me aseguré, luego de colgar el teléfono, que Lucian no haya escuchado. Por supuesto que dejé pasar las horas. Cuando pasaron más de cuatro horas, en las que Lucian ya había salido del gimnasio para leer un libro en la biblioteca, fui directo a su estudio como todo un angelito —obvio que soy una diabla atrevida— y toqué dos veces con la suma timidez que disimulaba tener. —Pasa —se escuchó del otro lado. En cuanto pasé, Lucian estaba sentado en el ventanal que daba a su jardín. Aquella tarde comenzaba a llover, de a cántaros que por lo previsto —y además en la mansión no había una puta televisión— se había aproximado desde ya en la mañana. Aplané mis labios y me paré al frente suyo. Él ni se espetó de mi postura, y enseguida murmuró: —¿Qué necesitas, Alice? ¿Qué necesitas que yo pueda... —me miró de pies a cabeza, yo me retorcí un poco hasta que su mirada llegó de nuevo a mis ojos— darte? Ese mismo «darte» fue tan sexy que tuve que controlar mis emociones. Pero no era tiempo para distracciones, Lucian simplemente me observó. Qué de seguro tenía las mejillas rojas de vergüenza. —Señor —dije en voz baja con las manos sobre mi vestido, como si fuera la cosa más inocente del mundo entero—, su hermano ha llamado hace unos instantes. Hace cuatro horas, querrás decir, Danita. —¿Y por qué no me dijiste? —respondió, con ese tono de perro rabioso. —Pensé que usted no necesitaba... —¡¿Desde cuándo tú no debes decirme las cosas?! —interrumpió. Retrocedí por el grito, ya que no me lo esperaba. Rápidamente sus pies se condujeron hasta donde yo estaba, el movimiento y el reflejo que tuve; fueron a la velocidad de la luz. Y quedó firme, como un poste, al frente de mí. La historia, en sí, es divertida. Lucian no se llevaba de buen modo con su hermano menor, porqué siempre, tenían competencia por quién se quedaba con la chica primero. Por aquella misma razón y muchas obvias más, Lucian no quería verle el rostro a su hermano. Aunque era por pura curiosidad, ¿para qué Cameron quería visitarlo? ¿Cosas importantes? Parpadeé dos veces volviendo a mí. —Lo siento —dije por lo bajo. —¿De verdad lo sientes, Alice? —preguntó, y en ese momento no entendía porqué lo decía. Luego entendí que me preguntaba si lo «sentía» porqué el cabrón se había puesto más duro que pan de dos semanas, y se había apoyado ante mí. Pues bueno, si nadie me dice no entiendo. —Sí, lo siento —respondí, con una sonrisa de burla. Lucian sin dudas, no me prestó más atención, y aquella sensación de excitación se esfumó cuando me dio las «gracias» y se fue sin nada más que decirme. Quise golpearme por ser tan cabeza hueca. Sin embargo, la tarde pasó de desapercibida, yo había cenado fuera de mi horario.La lluvia fue inmóvil aquella tarde de una casi, posible, primavera. Había encontrado a Lucian mirando por la ventana, como si estuviera batallando en contra sus pensamientos. Pero trataba de medir sus palabras al hablar de su hermano menor, cosa que apenas hizo, no quería romper el ambiente de «soy un macho duro y no lloro por mariconadas». Yo lo espiaba desde mi habitación, en cuanto noté que Jordan estaba tratando de trepar la pared del jardín trasero. Se levantó del cómodo sofá, en la que se encontraba leyendo un libro de Julio Verne, y comenzó a caminar en mi dirección. Como toda gallina, salí disparada de su corral hacía el jardín. Fui de puntillas, ya cambiada de ropa y con el pijama. Cuando salté las normas de seguridad, comencé a mojarme por completa de pies a cabeza. Por supuesto que Lucian ni se espetó que salí de allí. Le grité a Jordan que se bajara, pero el idiota se columpiaba en las ramas para saltar el cerco. —¿Qué haces? Vete de aquí, Jordan, pescarás un resfrío en vez de un pez. —No puedo... —lo interrumpió una rama golpeándolo en el rostro—, ¡pero la puta madre! ¿Por qué tuvo que llover tanto? Ayúdame, Dana. Le di una bofetada, Jordan se soltó de repente. —Cállate —le grité de nuevo, del otro lado del muro. Él había caído afuera en vez de adentro. Entonces, se escuchó un quejido leve. Y la voz de Lucian llamándome adentro de la casa. Comencé a caminar rápidamente, siguiendo un pequeño sendero que comunica el jardín con la entrada de la casa, y —como me había robado el botón de la puerta— la abrí con tan sólo un click y esta se abrió como si fuera cosa del demonio. Las cosas como son. Vi la motocicleta que Jordan había alquilado por esos días, y él se acercó con una ramita de hojas revuelto en su cabello. Me reí a carcajadas verlo caminar por el dolor y el palazo que se había pegado. Le ayudé quitándole la tierra y la rama. —Eres un idiota, ¿sabes? —Un idiota que te cuida la espalda, loquita —respondió, y se subió a la motocicleta—. Y, ¿qué tal van las cosas con Warren júnior? Le cambié de tema de inmediato. —Pues mira, Jordan, debo irme —le agradecí por haber venido y entré a la casa. La cosa fue de Guatemala a Guatepeor cuando vi a Lucian mirándome por la ventana. En cuanto me giré para ver a Jordan, él ya no estaba allí. Se había ido. En cuanto entré, él fue detrás de mí. Tomó una de mis manos libres y me hizo girar hasta acorralarme contra una pared. El pecho me subía y bajaba, y la única tensión que había era su piel contra la mía. Un delicioso calor que me ponía fatal. —¿Con qué permiso te has ido? ¿Eh? —dijo con prepotencia, revoloteando sus cabellos largos que caían en su rostro gracias a la maldita gravedad. «Bebecito...» dije dentro de mí mente. —¿Te importa? —respondí, amagando su agarre y con planes de irme a mi cuarto. Pero cómo Lucian me tenía acorralada más que persona en un bus a las cinco de la tarde. —¿Disculpa? ¿Con qué atrevimiento vienes a hablarme así? Recuerda lo que acordamos, Alice. —Es mi hora libre... —solté, tratando de huir. Pero a medida que Lucian se acercaba,más me apretaba contra sí. —Conmigo no tendrás horas libres, ni para ligarte hombres por ahí o haciéndote la Miss Rebeldía —interrumpió él—, ni siquiera te he dejado salir, no te he dejado que te vayas por ahí con gente que ni conoces. —Si hablas del muchacho de la moto, es mi amigo, ¿tienes algún problema? Mi mente decía: «¡Hazlo enojar, muestrále quién es la perra!». Y mi corazón: «Esta noche no te salvas, pequeña». —Ah, y si es tu amigo, ¿por qué estás aquí, y no con él? —cerré mi boca, había dado un punto extra por hacer enfurecer a Lucian. Pero, él, había dado en el blanco. Fue entonces cuando puse mis dos manos, coquetas, en su camiseta. Dándole un empujón y apartándolo de mí. Pero claro. Macho, pecho, peluo. Lucian se resistió, era mucho más fuerte y hábil. Tomó de mis manos, llevándolas a lo más alto de todo mi cuerpo y acorralándome nuevamente contra la pared. Aunque él insistía en buscar mi mirada, yo mantenía la cabeza totalmente gacha, invadiendo toda la vergüenza que llevaba conmigo. —Mírame —ordenó Lucian, pero ni en pedo iba a mirarlo—, mírame, maldita sea. No me quedo otra, ¿sabes? Lo miré, contemplando aquellos ojos que parecían ser cafés o verdes muy oscuros. Su rostro estaba tallado por los dioses y era la primera vez que podía sentir aquel perfume varonil, tan fuerte, tan deseable. Lucian rozó la punta de su nariz contra la mía, despertando la piel de gallina que se escondía en algún lugar, dejándome sin respiración y provocando que el dolor de mis brazos en lo extremo de su cabeza, se conviertan en jadeos prolongados. Me estaba matando. —Lo lamento —dije, pero él ni me pidió la disculpa. Fue por mi voluntad. —No quiero tus lamentos, quiero la verdad —soltó entre varios suspiros que me llevaban a una locura interminable—. ¿Quién eres, Alice? ¿Por qué me tienes todo el tiempo pensando en ti? ¿Eh? ¿Acaso eres una acosadora? ¿Una sirvienta falsa? ¿Por qué me tienes de esta forma? Oh, amiguito. No tienes la putísima idea de quién soy. No quieres saberlo. ¿O si? —Yo... —respondí, pero no obstante, los labios de Lucian se pegaron con intensidad a los míos. Un beso encendido en llamas, tan provocador que podía humedecerme sin hacer ningún esfuerzo, un beso con ganas, un beso, un simple beso que despertó todo en mí. Cómo que llevaba días deseando eso, que me besara. Pero todo fue extraño cuando Lucian se separó de mí. Me estaba matando lentamente, no sólo tomándome cariño, sino que también, deseando entrar en lo profundo de mi inexperto corazón con respecto al amor. Sin embargo, si Lucian se sentía confundido, creo que yo le ganaba. Tuve que recapacitar. ¿Qué acababa de pasar? Sin dudas, recompensar aquel beso debía hacerse de la forma correcta. Me vestí nuevamente y salí del cuarto. Él seguía allí, parado como un tonto enamorado confuso de sus sentimientos. Me habían dado ganas tremendas de irme pero de besarle nuevamente. Me contuve por miedo. —Haré la cena, señor —dije con la cabeza baja, sacando una atontada sonrisa de los labios de Lucian, quién me sostuvo el brazo antes de llegar a la cocina. —Alice... —murmuró—, mírame. Me costó horrores obedecer, aunque todo lo que había pasado sólo era un juego. —Sí, señor... —solté, siendo Alice ahora y no Dana, levantando mi cabeza mientras los cabellos rubios se acomodaban por si solos detrás de mis hombros. —No volverá a pasar, ¿de acuerdo? —Asentí y me dirigí a la cocina. Vi que él retomaba su lectura, a mis espaldas, viéndome mover de un lado a otro. Sentía esa mirada, esa intensa mirada de descaro. Y por un momento, deseé con fuerzas que me besara de nuevo y me acorralara como lo hizo anteriormente. Lucian pasaba mucho tiempo en el estudio, y aunque lo de aquella noche marcaba algo en nuestra relación de mucama-jefe, todo podía empeorar si deseaba que me comiera como lobo a la abuelita de caperucita. Al día siguiente, fue diferente. Me incomodaba su maldita mirada. Más que nada porqué me tocaba limpiar el estudio ese día. Y él leía los libros mientras que a propósito quitaba la tierra de los libros viejos y dejarme la mugrecilla en el suelo. Gili. Pollas. —Ya deja de mirarme, que me incomodas demasiado —solté de repente, mientras recogía los libros del suelo que él tiraba. —Podrías irte tú, este es mi estudio. Buen punto tuvo el malnacido ese. Pues nuestra relación empeoraba en vez de mejorar. —En tus sueños —le dije, sacandole el dedo del medio mientras que él me daba una de esas sonrisas de arrogancia. —Bueno, qué va, en mis sueños siempre te imagino inclinándote sobre algo... —confesó, y fruncí el ceño—, cómo ese escritorio. Y lo señaló sin ninguna vergüenza. Se refería a follarme en el escritorio, por cierto. —Eres un cerdo. —Estaba bromeando. ¿Por qué tienes que ser tan jodidamente seria todo el tiempo? Deberías aprender cómo tomar una broma. —Puedo aceptar una broma, pero una buena broma... —le digo, haciéndome la exquisita. —¿Sí? ¿Cuándo? ¿Cuándo ya no tengas la regla? —contestó de forma divertida, cómo si no me hartara su conducta de idiota. Resoplé. Debía mantener mi calma. —Cuando esa broma no está siendo pronunciaba por un idiota infantil que se cree es el regalo de Dios para las mujeres. A. La. v***a. Turn down for what. Te pasas, Nico, te pasas. Y todos los memes posibles. Tendrías que haber visto su carita de inocente como de yo no fui. —No soy infantil, puedo hacerte mejores torres de masa colorida que un niño de ocho años... —espetó. De repente, de tanto discutir, nos encontrábamos en una situación donde yo me había quitado los zapatos y soltado el cabello, él se había quitado el suéter. A la v***a, esto se puso intenso. —Piensas por ti mismo siempre, eso te hace infantil —le recriminé volviendo al tema nuevamente—. Siempre con tus respuestas amargadas ya sabe Dios porqué demonios. No tienes idea de nada. Otra sonrisita y de su mirada la misma chispa que comenzaba a hartarme. —Oh, soy un infantil. Inmaduro e inútil infantil. —Claro que sí, eres todo eso y más —señalé en su contra, y él demostró una sonrisa sincera de paz interior. No obstante, creí que todo se ponía más peor cuando se dirigió a mi dirección. En realidad lo bueno vino después. Cuando cerró la puerta con llave. Y se metió la llave en el bolsillo. Santa María Madre de Dios, ¿quieres saber que pasó luego?
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