Al mal jefe, buena cara.
Tal y cómo había prometido, yo hice el trato y él fue al hecho.
Cuando volvimos, Jordan no pudo evitar besarme desenfrenadamente contra la puerta del hotel; pero tampoco me resistí. Deslicé mis manos por su larga cabellera salvaje y de rulos, estaba convencida de que si quería llegar bien preparada a la cazona de Lucian, iba a tener que dejarme manosear por Jordan un día antes. O sino, mis hormonas iban a explotar sin dudas.
Levanté mis brazos alrededor de mi cuello, uniéndonos, pecho a pecho, estómago con estómago, muslo con muslo. Era la agonía. Agonía exquisita, deliciosa. Cómo que si yo hubiera caído bajo el encanto de Lucifer, y era la protagonista presa de sus maldades.
Tal vez me estaba haciendo ilusiones, pero juro que es deseo. Es sólo deseo, el deseo de imaginarme a alguien más mientras estoy con alguien más. De pronto, rompe la imagen que tenía en mi mente, y bruscamente me quita los jeans rápido. Mientras que los baja por el largo de mi pierna, me besa el muslo y me aprieta hasta que por traición le acaricio el cabello.
—Tu piel sigue teniendo el mismo sabor, y me encanta —murmuró, y sólo le hacía caricias estando perdida en la vista de la ventana de Lucian que había visto esa mañana—. No te arrepentirás, lo prometo.
Cuando sube, la cosa se prende aún más todavía.
Presiona suavemente mis labios contra los suyos. Es tentativa al principio y luego se derrite en mi contra, es cómo que si fuera pura magia para él. Ahí es cuando empiezo a perder la cabeza. Él abre la boca, y desliza su lengua lentamente. Después con más fuerza, con más firmeza, con más intensidad, como el descenso de una montaña rusa. Cómo si ambos pelearan a muerte, hasta que me sentí satisfecha y con ganas de más.
Pero apareció ahí.
En la habitación.
Sentado y viéndonos como nos hacíamos cochinadas.
Y mi rodilla pateó las pelotas de Jordan después de reaccionar por miedo.
—¡Maldita sea! —gritó, y yo tuve que darme cuenta lo que había hecho—. Por el amor de Dios, Dana, ¿qué mierda sucede?
—Lo siento, solamente, me asusté con la luz de la calle —mentí—. Volvamos a lo nuestro, ¿si? Bésame y hazme tuya.
Jordan se recompuso de inmediato, y ahora fue más rápido que antes.
Es diferente de las otras veces que nos hemos besado. Mejor aún, pensando en Lucian. No hay ninguna ira detrás de eso, ninguna frustración o culpa o un punto que probar. Es sin prisas, lánguido y jodidamente sublime. Es cómo si quisiera esforzarme para excitarme, sin darme cuenta que ya estoy excitada por pensar en alguien más.
Qué ni siquiera me conocía, y que apenas iba a conocer.
Entonces, me posicioné sobre su regazo. A horcajadas sobre su cintura, besando su cuello como si fuera una elección. Realmente no quería follar, no quería hacer nada más que ir con Lucian y bueno... ya sabrás después. Me pongo firme, moviéndome sobre él y sintiendo lo que no quiero sentir. Me estoy esforzando, y mucho.
No intenten esto en casa, niños.
Es como esa escena de Atracción fatal, sin lo escalofriante y lo horroroso. Simplemente, estaba jodidamente caliente pensando en que Jordan era Lucian, me excitaba con alguien que ni siquiera conocía y eso me daba por el culo. Quería hacer de las mías, pero con las manos de Jordan en mi trasero, nada era posible.
—Tu rodilla en mis pelotas me han dado más ganas de follarte.
Tuve que detenerme.
¡Perdón! ¡Lo sé! Venía lo chido, y no pude seguir porqué me sentía insegura.
—Lo siento —dije mientras que me sentaba a su lado, él me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué mierda sucede contigo? ¿Acaso no tienes compasión de mí? —y se señala las pelotas.
—Dije que lo siento, no estoy lista aún.
—Te comportas como una virgen —resopló, y se acomodó el boxer.
Aunque... sí. No era virgen, eso te lo aseguro. Pero, ¿qué sucede cuando te agarra esa parálisis de amar a alguien o sentir atracción cuando apenas lo viste? Eso me sucedía a mí, y debía terminar con todo eso de inmediato.
Entonces, Jordan y yo comenzábamos en un tipo de discusión a lo: ya-no-somos-novios-pero-follamos.
—Pues, me vale tres pitos si me comporto como una virgen —resoplé juntando mi ropa, y de repente saqué la maleta debajo de la cama para irme de allí lo antes posible.
Estaba decidido: No esperaría hasta mañana, lo haría esa misma noche.
—¿Adónde vas, Dana?
—Con Warren júnior, ¿por qué?
—No te lo permitiré —soltó, y me sujetó del brazo bruscamente.
Estuvimos cara a cara, en ese silencio perturbador que me hacía estregaos el estomago. No me lo permitiría porqué estaba lleno de celos. Esos celos enfermizos que me asustaban cuando me tomaban de sorpresa. Esos celos posesivos, poco amistosos.
—No eres mi jefe, Charles lo es.
—Pues Charles te mintió —espetó, pero al mismo tiempo me soltó—. Todo esto es una mentira, ¿crees que realmente quiere matar a su hijo por capricho? ¡Te envió aquí para que no te metieras en los asuntos de tu padre y él! ¡¿Cómo puedes ser tan ingenua, Dana?!
Juro que no me lo creí.
—Estás mintiéndome para que me quede contigo, y no lo haré.
Y eso porqué estaba llena de furia. Me di la vuelta de nuevo pero él volvió a tomarme del brazo.
—Dana, ¿crees que trabajo para Charles, verdad? —Me hizo girarme para enfrentarle, otra vez, y esa vez pude ver algo en Jordan que no podía explicar—. Dana, el FBI me envió aquí. Todo esto es para investigarlo, investigar esto. Dana, no seas ingenua y cree. Él es un mentiroso.
—El único que miente aquí eres tú, ahora cuídate solo y nos vemos en tres meses.
Y cerré la puerta fuertemente. Suspiré cuando estuve en el pasillo del hotel. Con la camisa a medio abotonar y mis jeans ajustados de la ira que tenía. Caminé hasta el ascensor, bajé al estacionamiento y aceleré para ir directo a la casa de Lucian. Pero antes, tuve la idea de devolver el coche alquilado e irme caminando debajo de la lluvia.
Así que eso hice, y el tipo de la agencia me miró como si estuviera loca.
En francés, muy cerrado y aburrido, me aseguró que llovería muchísimo.
Y así fue, y así fue como caminé más de treinta cuadras hasta las residencias del bajo barrio a las afueras de París. Y cómo siempre fracasaba, tropecé con una piedra y caí de rodillas. Me lastimé las manos, las piernas. Tenía la mala suerte de tener la sangre muy espesa, que de inmediato comenzó a correr por mis brazos como si tuviera la regla en las axilas.
En cuanto llegué a su mansión, noté que las puertas de la entrada estaban abiertas. ¿Esperaba a alguien? Y por coraje me aventuré a entrar, de repente se cerraron a mis espaldas y eso me dio el —maldito— susto de mi vida. Caminé por un pasadizo de flores y árboles, hasta llegar a la entrada.
Busqué el timbre por doquier, pero no había nada excepto que mis puños tratando de hacer el mejor ruido posible. Y en cierta parte, estaba empapada de agua de pies a cabeza. Lastimada, con el coraje posible de hacer lo imposible.
Y ahí nacía su historia. La historia de Lucian: Él nunca ha sido un hombre de familia, ni siquiera el deseo de tener hijos, porque solía tener raros fetiches —cómo coleccionar discos de One Direction que un día descubrí—. Y qué además muchos pensaban en otras cosas, que ahora no puedo decir, je.
No trabajaba, comía sano, se mantenía perfectamente bien y eso que apenas salía algún gimnasio de la ciudad; aunque no era necesario, tenía su propio gimnasio. Pero no, aquel joven, no era de ese tipo de hombre, al que cualquier persona podía tener de amigo. Él era egocéntrico, demasiado. Excéntrico, detallista, ordenado; el maldito chico atractivo de tus sueños e incluso podría dejarte exhausta hasta mirarte como un maniático por quince segundos.
Nada más que quince.
Y te lo aseguro yo.
Su nombre era Lucian. Le gustaba contemplar los árboles del jardín de su mansión. Un extenso terreno lleno de flores y césped verde, con árboles de naranjas y algunos animales exóticos embalsamados. Al principio, todos pensaban que podría ser un vampiro. Claro estaba, que, a sus veintiséis años de edad, parecía tener menos.
Cómo si los dioses hubieran tallado esa tableta de chocolate en su torso.
Eso lo volvía interesante, jodidamente atractivo. Un hombre al cuál adorar y contemplar durante horas. Pero a él no le gustaban las bromas, ni los rumores, ni nadie. Era como tu vecino, el aguafiestas que se queja porque tú pones la música a todo volumen, pero él te la pone a ti cuando quieres dormir la siesta un sábado.
Había vivido sólo en esa mansión, y desde que apareció en el pueblo, y se volvió la loca obsesión de muchas mujeres de allí. Algo que le encantaba, gozaba y disfrutaba cuando una mujer se mordía su labio inferior al verlo. Era su debilidad. Y así descubrí, desde ese día que entré a su mansión, como él se volvía mi debilidad sin siquiera tocarme.
Le gustaban los diseños antiguos, por lo que su gran mansión, parecía ser una de esas de películas de terror, algo tenebroso y con aroma a libro viejo. Pero lo que nadie realmente sabía, que, dentro de su mansión, pasaron miles de mujeres por su habitación. Pero a veces habían relaciones sin compromiso fuera de la casa. Con esa misma razón, tuve que pensarlo dos veces cuando vi salir a la pelirroja candente. Ese día cuando espié junto a Jordan.
Lucian nunca llamaba a ninguna luego de alguna noche, por lo cual, evitaba enamorarse. No le gustaban las relaciones, ni mantener contacto con ninguna joven que haya sido su juguete s****l por un rato. No tenía mucamas ni mayordomos, no tenía autos deportivos y ni siquiera atuendos de marcas importantes, siendo así, París siempre ha sido una de las ciudades de la moda, el amor y las luces. Lucian, para los demás, era una intriga más en París. Un codicioso soltero, atractivo y estúpidamente guapo.
Un hombre, al cual, cualquier mujer quisiera tener en su cama por una noche.
Una maldita noche.
Eso no era suficiente para él.
Hasta que..., un día, aquel día; del tres de mayo, unos golpes se avecinaron a su puerta. Pues claro, ¿quién podía ser? La macabra de Dana que se había caído mientras escapaba de no sé qué. No tuvo más remedio que atender esos golpes, que fueron una bella y exótica casualidad. Claramente que yo. Además, si el hijueputa no contestaba, le iba a derribar la puerta.
Y esperé un poquito más.
Y más.
Y unos más.
Qué en ese tiempo podría haberme hecho de comer al frente de su puerta, o podía haber vuelto al hotel a ponerme bien perrona.
Alguien abrió. Era él.
—¿Con qué coraje vienes a molestar una noche como esta? —preguntó.
Con una figura firme y despareja, se posicionó al frente de mí. Estaba sin camisa, con pantalones y descalzo. Estaba hecho a la perfección, cómo uno de esos dioses griegos; que posiblemente podría ser Hades.
Me limpié una lágrima que recorría su mejilla, una bien falsa, fingiendo sentirme tan sola y desprevenida. Él no emitió ningún movimiento. Mi mente no iba a seguir el folleto de Charles, iba a hacer de las mías.
—¿Quién eres? —insistió él, cerrando lentamente la puerta.
«Piensa rápido, pedazo de marmota, piensa rápido».
—Dana... —dije, pero me abofeteé a mi misma por dentro—, digo..., Alice.
—¿Dana digo Alice? —preguntó en tono de burla.
Cuando mi vista descendió, la tabla de chocolate en su cuerpo era una delicia exquisita. ¡Te lo puedo jurar! Era cómo si me pidiera que lo comiera, lentamente. En cuanto levanté mi mirada, la suya seguí allí: en mis ojos, mis labios... en todo.
—Alice, me llamo Alice. Yo necesito trabajo y hospedaje —mentí, tratando de verme lo más inocente del mundo.
—¿Qué? ¿Me ves rostro de hotelero y jefe, o qué? —volvió a preguntar.
Me miró como si fuera la cosa más virgen que había visto.
Lástima que se iba a encontrar con una pasa de uva allí abajo.
—Serán tres meses, nada más.
—¿Luego te irás, verdad? Mira niña, yo no puedo... —soltó, y volvió a mirarme de nuevo. Algo cambió en su mirada, y puedo asegurar que eso fue lo que hizo que cambiara de opinión.
Aunque la idea no venía muy mal, Charles me había dicho que fuera algo así como su «acompañante» pero inventé otra excusa mejor. Ser su sirvienta, personal. Así que, de todas formas, ser su mucama significaba algo más.
—Sé cocinar, limpiar. Sé hacer muchas cosas. Tuve una infancia difícil, escapé de un reformatorio para jóvenes, y tú eres el único que me está ayudando ahora. Debo recompensarte de alguna forma —mentí, y creo que la mejor que pude haber dicho.
Lucian lo pensó.
Quizás, yo era otra simple muchacha. Quizás no iba a confiar en mí.
O quizá...
—Está bien... —dijo Lucian, dejando que de un solo paso, pero me frenó antes de que pudiera dar ese paso, estaba sorprendida por su decisión—, pero nada de problemas ni estupideces. No soy un padre para ti y nadie. ¿Entiendes? Y deberías teñir ese cabello rubio.
Maldición, dentro de mi mente ya creía que él era mi sugar daddy.
Miré mis mechones tratando de encontrar la razón en ellos.
—No necesito un padre, sólo un jefe que me dé órdenes y yo obedeceré —solté, esforzándome como más podía, dejando caer el bolso a mis pies y observando a Lucian con mi cabeza gacha—. ¿Qué tiene de malo mi cabello?
Qué sólo le veía los pies, descalzos ante la cerámica.
—Nada... solo quiero que lo tengas en claro... —me miró como si fuese inocente.
—Yo solo quiero ordenes. —Espeté.
Yo no tenía el mejor cuerpo, ni los mejores pechos. Pero tenía una dura cabecita carburando a 100 kilometros por hora. Pero encajaba en su lista, porqué nadie tenía la mirada tan inocente como yo. Obvio, si, toda una diva.
—¿Quieres que te ordene? ¿Qué sea tu jefe? ¿Eso quieres?
—Sí, si quiero —respondí, y noté que mi voz fue como un extraño orgasmo.
«¿Qué me pasa?».
—Me llamo Lucian, Alice... —dijo él, extendiendo su mano mientras dudé en hacerlo, aunque minutos después mi cuerpo fue directamente hacia adentro, recorriendo la mansión y llenándome de alegría al saber que estaría a «salvo». Recorrí la mansión junto a él, mientras que Lucian mr enseñaba cada habitación. Aquella descabellada idea de dejar entrar a una desconocida a su casa, era más grande que toda su mansión. Pues claro, ¡la desconocida era yo! Pero por dentro me juraba que nunca se iba a arrepentir.
Él, como todo hombre, se sentía en el maldito paraíso.
Y clarito que sí: Lucian pensaba mal de mí. Lo había pillado muchas veces observando como me comía las uñas por desesperación. Y quizás deseaba matar, total: Un problema menos, vida feliz.
Me acompañó hasta donde dormiría, y me encantó la delicadeza de la habitación. Pero más raro: Estaba lista para alguien. Cómo si el pervertido supiera que yo vendría ahí. Así que tuve que quitarme eso de la cabeza.
Debía sentírme tan agradecida, que podía decírselo. Capaz él tenía en mente muchas cosas, cómo: follarme. Y luego, ideas más claras: follarme contra alguna estatua de su jardín.
Nada serio, ni nada casual. Sólo un juego. Un juego sucio, discreto y justo. Y para eso, debía tenerme bajo su encanto. Por esas razones, me parecía más un diablo que otra cosa. Yo era un ángelito, dulce y tierno.
—Dormirás aquí..., aunque creo que es una locura tenerte, ni siquiera te conozco —soltó girándose hacia dónde yo estaba, nuevamente.
—Prometo comportarme, era demasiado duro todo...
«Duro». Esa palabra que me salió de la boca como... no sé. Una sensación extraña, cómo si Lauren Jauregui estuviera cantando Expectations entre nosotros.
—Y... ¿Por qué estabas allí? —insistió Lucian, pero me despedí, ni siquiera respondí su pregunta y cerré la puerta a sus narices. Entonces di un fuerte respiro: ¿Qué acababa de suceder? ¿Qué había sido eso? ¿Por qué me atraía tanto él?
En cuanto me recosté en la cama, luego de cambiarme y toda la gran cosa, le envié un mensaje de texto a Jordan qué no dejaba de llamarme a cada rato. Antes que nada, debo aclarar que lo que Lucian había hecho nadie debe hacerlo. No intenten ingresar sexys deconocidos a su casa, por más ardiente que sean.
Tecleé rápido y mandé:
«Dentro.»
Jordan tardó minutos en contestarme, hasta que la notificación me hizo saltar:
«¿Él está dentro de ti?»
Rodeé los ojos, ¿por qué era tan imbécil?
«¡Estoy dentro de la mansión! Logré convencerlo y todo, debías haber visto su cara...»
No contestó.
Y hasta esperé una hora, y nada. Eso era todo, y yo lo había arruinado. Matt tenía razón: Queriendo alejarlo, lo terminé queriendo. No queriendo de la forma que quería a Lucian, queriendo de esa manera tierna y afectiva. Un cariño extraordinario y sútil. Simplemente, una disculpa vendría bien. No podía hacer más nada, la idea de haber llegado ya me comenzaba a caer pésimo.
Simplemente me dormí, y dejé que el ruido de los árboles me hicieran entender la maldita decisión que había tomado.
Y..., ¿si Jordan tenía razón?
* * * * *
A la mañana siguiente, me levanté por el susto de la alarma. Lo había puesto a las ocho en punto. Era mi primer día de trabajo, y en la maleta apenas traía... nada. Pues, ese bolso me había envíado Charles para que pudiera usar. Abrí el bolso y me encontré con un viejo vestido de flores, unas zapatillas, una fotografía vieja de mi supuesta «yo» y un traje de mucama al estilo corte francés.
No estoy bromeando.
Hice lo más rápido en ponermelo, ya entonces se me habían volado diez minutos. Bajé de puntillas hasta la sala, y en los escalones me coloqué las zapatillas que Charles me envió. Por supuesto que me dirigí a la cocina, y me encontré con una descomunal cafetera de esas sacadas de cafeterías de los 80's.
«¿Qué demonios haré ahora? ¿Cómo se usa eso?». Entonces, se me ocurrió la idea de preparar café normal sin tocar esa cosa horrorosa. Cómo que mi mente comenzó a decir: Pon esa cosa horrorosa ahí o verás.
Saqué unos cuantos jarrones métalicos, hasta encontrar algo así como una tetera. Por mi maldita mala suerte, la tetera cayó e hizo un estruendazo horrible. Obvio, te preguntarás: ¿Lucian se despertó?
Ojalá durmiera como Bambi.
En la mansión se sentía todo, hasta quien corriera una silla en la tercera planta. De inmediato acomodé todo, mientras oía sus quejidos desde la escalera. Me estaba muriendo de nervios por dentro, más por saber que estaba por meter la pata en esa situación. De pronto, lo vi asomarse por el pasillo.
Yo ya tenía todo listo.
Sentí su mirada como la fuerza de un huracán llegando a su destino. No obstante, teniendo todo el desayuno sobre la isla de la cocina, él se acercó cautelosamente y yo me giré como si me hubiera sorprendido su llegada. Lucian aclaró su garganta, me miraba fijamente de una manera intensa y profunda. Yo, en ese momento, comencé a temblar como si fuera una gelatina de fresa.
—Buenos días, señor —dije, él sonrió.
—Buenos días.
—Ya le preparé su cappuccino —balbuceé y él me agradeció con un asentimiento. En ese momento, en el que él se sento en las banquetas de la isla, nos quedamos como en una oscura línea delgada de conexión. Cómo si entre nosotros dos, nada existiera.
Después de que terminara su café, se levantó y me avisó que daría un paseo por el jardín. Una vez que él se giró, yéndose por el caminito del bosque, suspiré debido a la tensión. Él estaba con el torso desnudo, y su espalda... Ay, mamás. Mis dedos rozaron con mi vestido, al final de la falda, apretando mis puños mientras la falda se arrugaba dentro de ellos. ¿Quién demonios era ese hombre? ¿Cuál era el trabajo «exactamente» que Charles me había enviado hacer?
Mientras tanto, él estaba en el jardín y yo lo observaba por la ventana de la cocina. Tan pura, tan fría; más fría que Rusia. Tenía una cosa dándome vueltas la cabeza. Estaba a punto de caer en algo extraño, no podía saber que era. Hasta que él desapareció, volví a concentrarme en la cocina.
Aprovechando que el amargado no estaba, tomé el peligro de ir por mi móvil y avisarle a Jordan que estaba jodidamente arrepentida de haberle gritado y que me diera razones para creer en él. Así que con mis piernitas de gelatina, corrí hasta mi habitación y dejé un poco abierta la puerta. Tomé mi móvil y marqué directamente a Jordan.
Un tono, dos, tres; no atendía.
—¡¿Alice?! —dijo Lucian entre gritos, mientras el eco se ahogaba en lo más alto del candelabro que colgaba muy cerca de la escalera principal. Y ese grito lo escuché yo, que me dio la maldita desesperación de llamar a Jordan y que atendiera de una maldita vez.
Lucian no tuvo otras opciones que correr por la casa para encontrarme.
—Contesta, Jordan, contesta... —murmuré.
No obstante, la puerta, de la habitación se abrió como si «Jack, el destripador» me buscara desesperadamente. Entonces, me levanté de un movimiento brusco. Lucian me miró enojado, furioso. Yo escondí el teléfono detrás de mí. Pero él me las tomó de inmediato.
«Valiste verga», me dije por dentro.
—¿Qué estabas haciendo? —dijo él, arrebatando el teléfono de mis manos. Me atreví a quitarselo, pero era imposible. Él era mucho más alto que yo.
—Es mi teléfono —respondí, tratando de llegar a lo más alto de éñ, ya que él, y mis puntillas de pie me hacían mala jugada. Yo me pegaba a su cuerpo, y él al mío.
Lucian quería calor, mucho calor.
—Estás en tu hora de trabajo y yo no permitiré esto —volvió a señalar el teléfono para luego apagarlo del botón que costeaba su lado izquierdo.
—Devuélvemelo.
—Esa no es forma de hablarme, o sino te castigaré... —murmuró, tomando de mi mano y obligándome a tocar su abdomen. Oh madre santa, si hubieras visto mi rostro. Mis mejillas eran dos volcanes a punto de eruptar lava.
Quité mi mano.
Qué vergüenza, vergüenza deliciosa. Je.
—Castígame, no me importa —dije, sentándome en el borde de la cama y mirándolo con la cabeza gacha, tan avergonzada y frustrada por un intento tan estúpido de quitarle mi teléfono. Me crucé de brazos.
—Lo que quiero, es que limpies el gimnasio, debo hacer mi rutina diaria.
Qué gilipollas de su madre.
—Está bien.
Lo dejé en mi habitación con las ganas. No sé si con ganas, pero su carita de: Me ves tranquilo y todo, pero en mi mente te hice el amor tres veces, me daba mala espina.
La habitación que me había dado no era tan lujosa, era una habitación que estaba debajo de las escaleras, era algo apagada y no tenía ventanas hacia afuera. Una cama solitaria, ocupaba casi todo el lugar y también un mueble pequeño.
Su «habitación» era otra cosa.
Parecía el cuarto de juegos del señor Grey.
Y lo sé porqué lo vi rápidito cuando pasé hacía el gimnasio. Una vez allí, acomodé las malditas pesas que casi me rompieron los pies. Limpié los vidrios, y abrí las ventanas. Tenía una colección de discos de un grupo llamado The Neighbourhood, y algunas eran demasiadas explícitas. Me pregunté por dentro, si a él se le paraba el poste de luz con esas canciones.
Sólo lo pensé, che.
Cuando volví, lo encontré sentado en el borde de mi cama. Seguía allí, y me veía fijamente a los ojos. Me hice la inocente mientras que bajaba mi cabeza con sumo «respeto» hacía su sexy persona. Muy sexy.
—Señor Lucian —dije como una tonta inocente—, su gimnasio ya está listo.
Salió de inmediato, pero no tuve excusas para no mentir en ese momento. Si hubiera sido posible, y con ese humor de perror, le hubiera hecho una maldad en su gimnasio. Pero era buena e inocente, hacerle eso sería una locura.
Sería «inocente», según él, pero no tonta.
Fui detrás de él, projurando que el trabajo este limpio. Entrando al gimnasio, Lucian colocó una canción llena de propuestas indecentes. Sexuales, que me hacían sentir calor sin necesidad de tener un roce de piel. Preparó las pesas, acomodó sus manos en la gran barra que las sostenía y comenzó a levantarlas lentamente.
Alabada seas, María.
Lo estaba espíando. ¿Cómo no? ¿Crees que me perdería esa escenita? Lo miraba a través de la puerta que apenas estaba abierta, pero estaba segura ya sabía de mi presencia. Mientras su juego de rutina terminaba, él tomaba agua en recesos. Yo estaba firme, como un soldado, mirándolo, contemplando ese cuerpo esculpido por los malditos dioses.
¿Qué demonios pasó conmigo? Parecía que era como esos dibujitos de niños: Con palitos.
Entonces sucedió lo que nunca pensé: Él comenzó a sonreír, en frente al espejo, mirándome.
Nada detenía a Lucian.
Ni siquiera el deseo de tenerme cerca suyo.
E ir por más.
Y más.
Terminó todo, y él comenzó a acercarse de a poco.
Quise escapar, porqué los pasos de Lucian se acercaban cada vez más a mí, acorralándome, aunque eso era algo imposible si estaba del otro lado. Él abrió la puerta, yendo cada vez más cerca de mi traje de mucama, que no sólo lo volvía loco, despertaba sus sentidos más oscuros dentro de su cuerpo. Dentro de su mente retorcida por miles de mujeres, miles de experiencias y deseos que no podía controlar.
Me sentía como una peligrosa mujer, cómo dice Arianita Grande.
—¿Necesitas algo, Alice? —dijo con sorpresa.
Me chocaba por dentro que me dijera «Alice», porque ese no era mi nombre.
—N-no... —respondí insegura.
—¿Segura? —volvió a insistir, pero esta vez, dando un gesto sucio y provocador. Y no estaba acomodándose los pantalones, su mano apretó con intensidad el bulto que sobresalía de su entrepierna.
Ya no hay respeto.
—S-si..., sí.
—Como digas.
No obstante, cerró la puerta a mi narices, dejándome afuera. ¿Qué demonios había sucedido? Tomé el canasto de ropa que había dejado en el gimnasio, la ropa sucia de Lucian, me conduje por la escalera y fue entonces, que lo pillé mirándome el trasero.
Con qué quieres jugar sucio, ¿eh?
Si quieres jugar sucio, juguemos sucio.
Pero, adivina: ¿Quién ha perdido?