La imaginación como primer acto.
A la mañana siguiente, muy rápidamente, tomé mis boletos y salí de casa sin decir nada más que una simple mentira. Les había dicho que iría a París a estudiar música, cosa que es mentira, y que no regresaría por tres meses —el tiempo estimado que Charles me dio—, toda una aventura por Europa.
Mi padre, un tanto de mal humor por nuestra discusión, me había alcanzado hasta el aeropuerto pero sin decir una palabra. Me preguntaba por la opción de tomar un jet privado a París pero mi excusa de sociabilizar con el mundo exterior era perfecta a ese momento.
Habíamos llegado al aeropuerto, y por lo dicho de Charles, el chico que me acompañaría llegaría justo a tal hora. Esperé, mucho. En realidad, el estúpido chico se tardó millones de años y me hizo esperar. Muchos me miraban con cierto desinterés, pues la mayoría sabía la posición actual de mi familia y de seguro les era raro verme tomando un avión común en vez de un jet privado como había dicho mi padre.
Pero, ¿sabes algo? Los baños del jet son más horribles que los aviones comunes, porqué el trasero queda por la mitad de la tapa. Y eso es lo más incomodo que hay.
Hablando de casos horribles, de repente apareció Jordan a un extremo de mí.
Y..., ¿yo? ¿Quieres saber cómo estaba mi rostro?
Pues claro: ESTABA EN MODO DIABLA. ¿Qué demonios hacía Jordan con miles de maletas? Pero lo primero: Me había saludado con un beso estruendoso en mis labios, y me había dicho que fuéramos pronto a París y que se nos hacía tarde.
Tenía la presión por las nubes.
La presión hace que algunas personas caigan. Se desmoronen. Se congelen.
No soy de esas personas. Pero ese día sí.
Me encanta la presión. Y más cuando se trata que podré tener copas gratis y no beber la cerveza fea de algún bar europeo. En realidad, me gustaba tener esa presión por las nubes, era como una aventura a: Quién aguantaba más en no tener ganas de follar al otro por tres meses.
Cool.
—Wow, Dana, no creí que fueras tú —espetó cuando subíamos al avión—. Bueno, sí sabía, pero me sorprende que te hayas pasado al lado oscuro de Charles. Eres una traviesa que me hace poner el poste al cielo.
—No te pedí que me dijeras que te hago... eso —solté mientras lo miraba de reojo, acomodé las maletas pequeñas en el portaequipaje a la cabecera—. Pero, qué va. No puedo hacer devoluciones, ¿no es cierto? Entonces, Charles es tu jefe.
—Así es, lo es, entonces puedes quedarte tranquila. Tendrás buena compañía, así que tómalo como nuestra luna de miel. A la cuál nunca nos casamos, pero lo vengo pensando...
¡Perfecto! Tres meses con Lucian y Jordan.
Por cierto, me daba mucha curiosidad conocer a ese tal Lucian. Me imaginaba un feo joven, como su padre, de estatura mediana y canas por el pecho. En mis manos tenía el libro que una chica había escrito, que trataba sobre otra chica que era llevada a conquistar al hijo de su nuevo jefe para matarlo. Entonces, cosas suculentas pasaban entre ellos y ella se terminaba enamorando de él. Ella al final, estaba bajo su encanto y el gilipollas al principio la usaba para eso. Además, nunca mostraba el nombre del chico y su apodo era Lucifer.
Santa madre santísima, ese mismo diablo había engatusado a la pobre muchacha pero al final terminó siendo un jodido sumiso. Me daba por las bolas las novelas románticas dónde el idiota era un engatusador de chicas pero se volvía bueno al final de todo, pero leer esa novela en todo el viaje me despertó más curiosidad por Lucian.
¿Podría yo terminar como la chica del libro?
Cerré la tapa y suspiré contra el asiento del avión, Jordan me sonrió de repente.
—¿Sabes algo? Creo que deberíamos probar algo nuevo, ¿qué me dices?
—No lo entiendo, ¿qué propuesta sucia quieres proponerme ahora? ¿Follar en un bosque? ¿Fantasía con ladrillos lego? —pregunté curiosa, aún teniendo en la mente al mismísimo Lucifer.
Esa novela erótica me había afectado mal.
—Esposarte, ya sabes, sumisa por voluntad.
—Olvídalo. Pero si quieres esposar a una cabra y hacerla tuya, hazlo —contesté negando su propuesta, cosa que no le agradó mucho.
En ese momento solo quise cerrar mis ojos y dormir.
Tener a Jordan a mi lado significaba un largo viaje.
* * * *
Cuando el avión aterrizó me adelanté en buscar las maletas.
Lo que menos quería escuchar era a Jordan y una de sus propuestas estúpidas sobre ser sumisa, o esposas y otras cosas. En cuanto llegamos al hotel, me acomodé en la cama lateral a la ventana que daba una lujosa vista a la torre Eiffel. Mientras que le enviaba fotografías a mi madre, Jordan se quejaba del servicio a la habitación.
Resopló resignado al ver que nadie atendía el teléfono, y se acostó en la cama siguiente a mi costado.
—Supongo que moriremos de hambre —dijo mientras se acercaba a mi cama con cautela—, pero puedo comerte si no me queda otra.
Le pegué en el hombro y dejé que se cayera en la cama.
—Lo único que vas a comer es otro puñetazo si me vuelves a j***r la vida, hombre.
Me levanté para ir directamente al pequeño balcón del hotel. No podía creerlo: ¡Estaba en París! Lo había soñado demasiado, y mucho. Sí, era modelo y jamás había ido a París. Bueno, sí había ido, pero te imaginarás que la vida de modelo no puede disfrutar de maravillas como esas.
Durante la noche, mientras que Jordan roncaba como un idiota apresurado y como si se fuera a morir, revisé la planilla que Charles nos envió con los mapas de la casa de Lucian, recorridos, bares a donde recurrir, nuestros comportamientos y todo lo que debíamos hacer.
En primer lugar, el anciano había señalado que unos días antes debíamos merodear por la mansión que su hijo había comprado con el dinero de la empresa. Luego, estudiáramos las calles y el mapa por algún caso de urgencia.
Nos señaló recorridos y callejones, también los bares: Dónde tomar si nos antojaba.
También había remarcado que debía comportarme como una inocente. No sabía a lo que se refería a «inocente», pero supuse que Jordan lo sabía y de seguro se lo preguntaría al día siguiente. Pero Dana no puede esperar nunca, nunca en su putísima vida.
Aunqueeeee... me entró la curiosidad nuevamente.
Ese día, mientras que el trasero de Jordan dormía en la cama de al lado, fui en busca de un coche para alquilar y merodear la mansión por mi misma. Al principio me había perdido, y le daba unas cinco vueltas a la torre Eiffel. Pero después —y que tuve que tirar el estúpido GPS por la ventana— encontré las calles y me dirigí directamente allí. Era una calle estrecha, llena de arboles y cazonas de ricachones.
Y allí estaba la suya, a unos 250 metros de dónde comenzaba la ruta. Y vi que todo parecía estar bien. Era una gran cazona, de unos casi tres pisos y de estructura antigua. Cómo si Da Vinci y Picasso hubieran hecho un pacto s****l y hubiera salido esa majestuosidad. Me estacioné frente a las puertas de la entrada, y observé una ventana abierta. Alguien estaba.
Era él.
Era Lucian.
Y estaba buenísimo.
Rico, papasito, buenísimo.
De pronto me fui en cuanto las cortinas se cerraron, y nuevamente volvi al hotel. El culo de Jordan seguía durmiendo, así que tomando la postura de un militar —y cómo mi abuelo paterno me había enseñado— le lancé un grito y él se despertó sobresaltado.
Cómo que se cagó en los calzones después de eso, me reí mucho por dentro.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Dónde v***a? —dijo sobresaltado.
—Levanta tu trasero de gimnasio y vayamos a dar una vuelta —contesté, dándole la propuesta de ir nuevamente a ver la mansión de Lucian.
De inmediato se vistió y regresé a ese punto. Aunque ahora, algo peculiar sucedió: Mientras nos estábamos acercando a la orilla de la acera de su casa, él salió de repente con una gran bolsa de basura. Detrás de él una chica pelirroja.
—Apa, parece que hay visita en la casucha de Warren júnior —replicó Jordan, y le di una mirada asesina para que se callase.
—Debe ser su novia —propuse.
—Dana, no creo que sea su novia. Ya sabes, Charles ya nos dijo que él es un mujeriego y le gustan mucho el sexo de una noche —murmuró, dándole un mordisco a la dona entre sus manos. Eso me recordaba a Charles—. Peeero, creo que deberíamos estudiar bien el folleto.
Agarré su dona y la tiré afuera del coche, me estaba hartando.
—No hay que estudiar ningún folleto, lo haremos mañana y punto —dije firme—. No quiero recibir señales de mi madre, así que si llama dile que se me ha roto el teléfono.
—No entiendo la prisa, ¿por qué no disfrutamos la vie e'belle de París? —preguntó.
Habían dos razones: La primera es que terminaría siendo su sumisa, y la segunda es porque me arrepentiría. Pero, con condiciones de que pudiera poner le excusa de que pasó algo que me hizo arrepentir. Charles era cruel, de eso estoy y estaré segura.
Ya había sido cruel colocándome al idiota de Jordan como compañero.
—Porque terminaré follando contigo, y no quiero follar justo contigo. Ni menos en París.
—Eso me hizo doler hasta el hígado, qué mala eres —respondió, pero de repente me dio un beso en el cuello. Justo en el momento en el cuál aparte mi mirada a la mansión de Lucian—. Bueno, me gusta cuando te pones mala.
—Y a mi me gustas cuando estás en modo normal.
Cuando regresamos al hotel, nos decidimos en dar un paseo hasta algunos bares costeando la torre Eiffel. Hablamos mucho del caso, luego de algunas cosas estúpidas y por último nuestra «no definida» relación amorosa.
No iba al caso sentirme mal por hacerle creer que iba a darle una oportunidad, pero pensaba que si no me dejaba en paz tendría que soportarlo una vida entera colgado de mis mechones rubios. Pero, iba al caso una cosa: Confiar en él. Si bien, había venido con Jordan porqué él trabaja para Charles y debía tener alguien por si sucedía algo.
Aunque desde que lo vi en el aeropuerto... mi vida valía v***a.
—Y entonces, ¿qué vas a hacer mañana? —interrogó mientras se tomaba la copa de vino que habíamos ido a probar tras invitación del folleto.
—Voy a ir a hacer mi trabajo, vestida para matar, y con mi cara de póker.
Ladeó su sonrisa.
—Entonces es nuestro último día juntos, ¿por qué no aprovechar? —espetó de repente, y nuevamente yendo más allá de las fronteras.
Entonces, mi mente hizo un click: Házlo. O más bien: Déjate manosear así te deja en paz y se larga a otro lugar. Menos de París, obvio, me moría si se fuera lejos de aquí. Debía mantenerlo cerca. Recordé las palabras de Matt al respecto.
—Solamente si me juras que no hablaremos al respecto.
Jordan estiró su mano y se unió con la mía.
—Trato hecho, princesa.