El eco de la sangre y la tormenta.
Narrador Omnisciente
El sabor metálico de la sangre junto al olor a pino quemado era siempre el comienzo de aquel confuso recuerdo. No era un sueño, de eso estaba segura, aunque toda su vida había luchado contra ella misma para convencerse de ello. Más que una simple memoria fracturada, era un fragmento quebrado de cristal que se encajaba en lo más profundo de su mente negado a desaparecer.
La noche estaba convertida en un lienzo cargado de tonos negros y carmesíes, una oscuridad absoluta interrumpida por constantes relámpagos que hacían del bosque una lámpara de fuego antinatural.
Con tan solo cinco años, la pequeña Elara se acurrucaba en lo más profundo del viejo tronco con raíces milenarias del gran roble, observando con pánico incrustado en sus pupilas cómo su hogar estaba siendo reducido a cenizas. No lloraba, el terror que acechaba sus cuerdas vocales no se lo permitía.
A escasos metros de sus ojos se desataba la masacre. Sombras colosales de tamaños inhumanos se movían con precisión a la hora de aniquilar a su manada, con ojos carmesíes que parecían compuestos de sangre pura y un pelaje oscuro como la brea. Cargaban un aura sedienta de caos y destrucción.
-¡Quédate ahí, mi luna, no salgas por favor!
Eran los susurros de su madre acompañados por lágrimas desesperadas que brotaban cada vez con más intensidad sabiendo que no volvería a ver a su pequeña niña.
A pesar del rostro cubierto de barro, hollín y sangre de la mujer, sus manos... sus manos emitían una tenue pero resplandeciente luz de un maravilloso color plateado. Emanando un calor maternal desde lo más profundo de sus palmas al acariciar con ternura la regordeta mejilla de Elara por última vez, llenando a la pequeña niña de una paz temporal, sellando su escondite con una poderosa barrera que sus perseguidores no podrían oler.
El viento se rasgó con el desgarrador aullido de su padre agonizante. Un sonido lleno de valor y desafío que hizo temblar la tierra con su último aliento. Elara vio a su madre atónita con el alma hecha trizas pero con la mandíbula apretada con una ferocidad incomparable, mientras corría hacia las bestias oscuras, con su cuerpo envuelto en ese fuego admirable, blanco y puro que hizo explotar su luz contra la oscuridad de sus aniquiladores.
Y luego... el silencio.
Un silencio más horroroso que los fuertes rugidos de las bestias. La luz se extinguió por completo mientras sombras rojas olfateaban el aire por última vez, anhelando encontrar al cachorro que sabían que aún existía. El último descendiente de la sangre de aquel magnífico clan "Lobo Blanco".
Pero el instinto maternal resistió haciendo que las bestias se marcharan, dejando entre lo más profundo del roble a Elara, quien era abrazada por el lodo, la ayuda y la amnesia protectora que su frágil mente infantil construyó para evitar perder la cordura.
El agudo estruendo de un trueno fue lo único que hizo a Elara despertar de su trance, devolviéndola a la realitdad de golpe. Jadeante y tratando de respirar con normalidad, se aferró tan fuerte al volante del todoterreno que los nudillos de sus delicadas manos se volvieron de un color blanco pálido. La lluvia caía tan fuerte en la cordillera Cantábrica que era inútil el trabajo del limpiaparabrisas y, sin embargo, cada vez que una tormenta azotaba al caer, aquellos desagradables recuerdos salían; el eco de los aullidos y el olor desagradable a humo se instalaban inmediatamente en su mente, atormentando su cordura.
-Calma Elara, basta ya, son solo gotas de lluvia -murmuró para sí misma, tratando de borrar las escenas que se repetian en su mente.
Tras ser encontrada casi congelada por un guardabosques humano y crecer en un orfanato, construyó su vida encima de las cenizas de su memoria perdida. Elara había canalizado ese vacío interno hacia los animales, los únicos que traían paz a su cabeza llena de misterios.
Actualmente, a sus 18 años, se había convertido en rehabilitadora senior del centro de rescate de fauna salvaje más importante de la región.
Encontraba refugio en los animales como si de un acogedor hogar se tratara; ellos no hacían preguntas sobre su pasado ni la miraban con lástima. Un don especial se mantenía en ella, una afinidad casi sobrenatural que convertía incluso a los depredadores más peligrosos en ovejas calmadas bajo su tacto.
El barro del sinuoso sendero hizo patinar ligeramente al todoterreno. El clima estaba en pésimas condiciones mientras que ella debería estar segura y tranquila en el refugio, disfrutando de un buen chocolate caliente, pero el aviso de una avalancha de lodo cerca del barranco del norte le había imposibilitado sus planes obligándola a salir. Si había animales atrapados, no podía dejarlos morir.
Los faros del vehículo combatían por cortar la densa cortina de lluvia, logrando iluminar apenas unos míseros metros por delante. En ese momento exacto, justo al doblar una curva al borde de un precipicio, lo vio.
Los neumáticos chirriaron al frenar en seco, a escasos centímetros del borde. Su corazón galopaba amenazando con salirse del pecho. Rebuscó entre las miles de cosas que siempre cargaba, encontrando una linterna y saliendo del coche a paso rápido ignorando el aguacero que la empapó en menos de un segundo.
Acurrucado entre un montón de arbustos sucios que casi parecían diminutas montañas de barro, había un bulto inmóvil. Revelando, gracias a la luz de la linterna, un cachorro de lobo, pero no uno ibérico como cualquier otro. Este contaba con un pelaje n***o profundo adornado por hilos plateados que resaltaban aun estando apelmazado por el barro y la sangre.
Inusualmente grande para ser un cachorro, de aproximadamente tres meses quizás, y estaba destrozado.
-¡Por Dios, pequeño...! -gritó Elara al ver su estado, cayendo sobre sus rodillas sin importar el barro ni la suciedad.
El animal tenía cortes profundos por todo el cuerpo que amenazaban con mostrar al descubierto sus huesos, como si hubiese sido atacado por una criatura mucho más grande y letal. Su respiración era casi inexistente, un siseo agónico que apenas ayudaba a levantar su caja torácica. Cualquier otro veterinario habría dicho que estaba más allá de la salvación, pero no cualquiera es Elara.
Sin pensarlo, deslizó sus brazos por el cuerpo malherido y flácido del cachorro. Pesaba muchísimo más de lo que aparentaba, con una masa muscular densa bajo su pelaje sedoso.
Corrió hacia el coche, acostando al no tan pequeño herido encima de una manta térmica en el asiento del copiloto.
Rápidamente sacó su botiquín de emergencias del asiento trasero. Sus manos, que normalmente temblaban cuando recordaba su pasado, ahora se movían con una precisión clínica y letal. Limpió la herida principal con suero, revelando un desgarro profundo que amenazaba con exponer el hueso.
En el momento en que presionó la gasa contra la carne abierta, el cachorro despertó con un sobresalto violento. Un gruñido sordo, sorprendentemente profundo y gutural para su tamaño, llenó la cabina. El pequeño lobo intentó morderla, retorciéndose en un instinto puro de supervivencia.
—Tranquilo, mi amor, tranquilo... estoy aquí para ayudarte, no te haré daño —fueron las palabras de Elara, pronunciadas con tanta suavidad que hubiesen fundido hasta el mismo hierro y calmado a ciervos salvajes.
Para sujetarlo sin lastimarlo, Elara presionó suavemente la yema de sus dedos desnudos directamente sobre la piel cercana a la herida. No lo pensó, fue puro instinto.
De repente, ocurrió. No fue un destello cegador, sino un pulso sutil, casi fantasmal. Un tenue resplandor blanco plateado fluyó desde la punta de sus dedos, filtrándose en la piel del animal.
Elara parpadeó, confundida, pensando que era un reflejo de los faros en el cristal mojado. No sabía que estaba guiando la fuerza vital; que la sangre de sus ancestros, largo tiempo dormida, acababa de despertar al contacto con otra criatura de la noche.
El efecto fue instantáneo. El cachorro se paralizó. La agitación desapareció de su pequeño cuerpo como si le hubieran inyectado el sedante más potente del mundo. El gruñido murió en su garganta, reemplazado por un gemido agudo y lastimero. Dejó caer la cabeza sobre las rodillas de Elara, sus músculos relajándose por completo.
La hemorragia severa se redujo a un goteo lento en cuestión de segundos. Elara, atónita, se quedó mirando sus propias manos. Atribuyó la súbita mejoría a la presión que había ejercido, negandose a creer lo que sus ojos parecian haber visto.
—Eres un luchador, ¿verdad, bonito? —murmuró tierna, terminando de vendarle el torso.
Al levantar la vista, se encontró con los ojos del lobo. Eran de un ambar líquido, deslumbrantes y extrañamente penetrantes. Por un segundo infinito, Elara sintió que el animal no la miraba como un cachorro asustado, sino como alguien... alguien que estaba evaluando su alma.
El cachorro frotó su hocico húmedo contra la palma de su mano, esta vez con cariño en sus gestos, cerrando los ojos con lo que parecía gratitud. Elara sonrió, sintiendo un nudo que le
asfixiaba la garganta
—Te llamaré Lucas —decidió en un susurro, acariciando el pelaje de su nuevo amigo.
Elara, llena de preocupación, puso el coche en marcha, desesperada por llegar al refugio para poder suministrarle los antibióticos necesarios al cachorro. Justo al intentar volver al sendero en que se encontraba anteriormente, un fuerte relámpago cayó iluminando su paso, pero esta se detuvo de golpe con la figura que surgía entre las sombras de los pinos.
Inmensa, exageradamente grande y robusta para ser un humano y demasiado erguida para ser un oso. Elara contuvo el aliento, su corazón golpeando dolorosamente sus costillas. El miedo, crudo y primitivo, el mismo miedo de la noche en que murieron sus padres, se apoderó de ella en su forma más viva.
Dos puntos rojos la miraban directamente, tan fuertes y penetrantes que parecían ojos hechos con sangre carmesí intenso, los mismos que la atormentaban en cada sueño.
El cachorro a su lado, que antes creía indefenso, emitió un aullido bajo pero profundo; el vello de su lomo se erizaba en una pose protectora hacia aquella humana de manos mágicas.
Lucas intentó ponerse de pie sobre el asiento, sorprendentemente, interponiéndose entre Elara y la ventana, mostrando sus colmillos de leche hacia la sombra en la distancia con una actitud temeraria que desafiaba su lado moribundo y supuestamente "frágil".
—No, Lucas, quieto —susurró la chica, con sus manos temblorosas alrededor del cachorro, abrazándolo hacia ella sin ejercer fuerza como para lastimarlo.
Aún con pánico en ella, metió la marcha atrás, giró el volante con brusquedad y aceleró a fondo, levantando una lluvia de barro a su paso. No se atrevió a mirar por el retrovisor; condujo como si el mismo diablo la persiguiera, rezando porque aquella sombra que tanto lafi ormentaba en sus pesadillas no existiera y fuera solo una alucinación provocada por el cansancio y el trauma infantil desencadenado por la tormenta.
La llegada al refugio fue un torbellino de actividad. Elara no tuvo tiempo ni siquiera para dormir.
Pasó las siguientes cinco horas en la zona de cuarentena, monitoreando los signos vitales de Lucas, administrando sueros y limpiando el barro de su pelaje oscuro.
Para su asombro, el cachorro mostraba una resistencia médica imposible. Sus heridas estaban a punto de cerrar por completo, un proceso que deberia haber tomado semanas.
Al amanecer, el paso de la tormenta había dejado a Cantabria rodeada de una bruma fría. Lucas demostró ser inusualmente dócil, inteligente... y tierno a los ojos de Elara, quien se encariñaba cada vez más.
Mientras la chica preparaba los informes médicos, el cachorro se negó a quedarse en la jaula de recuperación. Cojeando, la siguió hasta su pequeña habitación contigua a la clínica y se acurrucó pesadamente sobre sus pies.
Elara, exhausta hasta los huesos, se desplomó en el viejo sofá de la habitación. No tuvo fuerzas ni para quitarse las botas húmedas; el calor que emanaba el cuerpecito peludo que tenía encima era tan reconfortante que, por primera vez, se quedó dormida plácidamente sin pesadillas atacando su mente, por primera vez en muchos años.
En la quietud de la habitación, iluminada solo por la tenue luz de la lámpara de mesa, la respiración de Elara se volvió rítmica y pausada. Fue entonces cuando Lucas abrió lentamente.
En su mirada ámbar ya no quedaba ni rastro del cachorro herido, asustado y lastimero que se había ganado la compasión de la chica. Había una profundidad oscura y letal, la inteligencia fría, calculadora y furiosa de un líder traicionado.
Él era Lucian Vane. El Alfa Supremo de la manada Luna Sombría. Traicionado por su mano derecha, Carlos, emboscado por fuerzas abrumadoras y forzado a usar la magia de sangre más oscura de su linaje para sellar su poder y su cuerpo adulto, solo para evitar la muerte.
Ahora estaba atrapado en la forma de un cachorro patético y vulnerable, sellado al noventa por ciento de su capacidad letal.
Lucian levantó la cabeza, observando a la humana que había caído en un sueño profundo y ahora era su salvadora. Cuando ella lo tocó en el coche, Lucian había esperado el frío de las manos humanas, pero lo que recibió en su lugar fue el impacto de una energía extinta. La magia del Lobo Blanco. Pura, sanadora, inmensamente poderosa y magnífica. Su tacto no solo detuvo su hemorragia física, sino que calmó el caos que desgarraba la magia oscura en su interior.
Suavemente, rozó su hocico húmedo por el tobillo de Elara, asegurándose de que estuviese dormida. Dejó escapar un gruñido bajo y grave, inaudible ante el oído humano, pero cargado de una promesa de venganza y protección. Había sentido la presencia de los exploradores de Colmillo de Sangre en el bosque. Si ella lo había rescatado... si ella poseía ese don, estaría en un peligro mortal.
Pero ella le era útil. Estar cerca de Elara aceleraba la ruptura de su sello.
Para sobrevivir y reclamar su trono, tendría que fingir ser la mascota dócil de esta humana despistada pero llena de misterios.
Lucian apoyó su cabeza sobre el regazo de la chica, fingiendo ser un cachorrito inocente. Ella no tenía idea de que, al recoger a ese pequeño lobo del barro, acababa de abrir las puertas del caos, la guerra de manadas y un destino que cambiaría por completo su vida y el mundo sobrenatural para siempre.