La tarde se siente pesada cuando Diógenes llega a la mansión Castillo en Pacific Heights. La vista desde el portón principal mostraba el mar calmado y el cielo con un atardecer que lo llena de nostalgia. Era una mansión blanca de estilo mediterráneo, con columnas altas, un jardín perfectamente podado y cuatro autos negros estacionados frente a la entrada.
Se sentía como un perro callejero que volvía a la casa de su dueño después de haber sido pateado en la calle.
El chofer abrió la puerta trasera y Diógenes descendió con su maletín de cuero n***o y su portatrajes. Nadie salió a recibirlo. Solo Elías, el guardaespaldas y chofer de Ámbar, que con su porte imponente y cabello gris oscuro, lo miraba con indiferencia.
—Señor Díaz —dijo con un leve movimiento de cabeza—. La señorita Ámbar está en el comedor. El señor Gerónimo está en su estudio.
—Gracias. Llévame mis cosas a la habitación que me hayan asignado.
Elías no respondió. Tomó las maletas y entró en silencio. Diógenes lo siguió por el largo pasillo de mármol blanco, con luces cálidas y cuadros de artistas europeos. Cada paso que daba resonaba en su cabeza como un recordatorio de su ruina.
Cuando llegó al comedor, la vio sentada en la cabecera. Ámbar.
Vestía un vestido de seda blanco, sencillo, sin mangas, que se ceñía a su cintura y caía en suaves pliegues hasta las rodillas. Su cabello rubio cenizo caía en ondas sobre un hombro y sus labios estaban pintados de un color natural. Su mirada verde se alzó hacia él apenas un segundo antes de volver a su copa de vino tinto.
—Llegaste temprano, cuñado—dijo con voz suave, sin emoción aparente.
—No quería hacerlos esperar —respondió él, acomodándose el cuello de la camisa bajo su saco gris oscuro. Sintió la urgencia de dominar la conversación—. Ámbar, gracias por recibirme. Sé que… no es la situación ideal. Agradezco su ayuda.
Ella dejó su copa sobre la mesa con un suave tintineo.
—No lo es, en efecto —respondió, alzando la vista para mirarlo directamente—. Pero mientras estés aquí, compórtate como un huésped. No necesito problemas.
La frase le dio una puñalada al orgullo. Él, Diógenes Vicente Díaz Rivera, CEO de NexCorp, el hombre que hace apenas un año aparecía en Forbes como uno de los innovadores tecnológicos más prometedores, reducido a un simple huésped.
Se sentó frente a ella, en la larga mesa de caoba. Entre ambos, un candelabro dorado iluminaba su rostro frío con una luz suave. Ámbar tomó un sorbo de vino y miró su reloj de pulsera con diamantes pequeños.
—Necesito hablar contigo de negocios —dijo él, intentando retomar su tono de CEO, esa voz grave y segura que usaba en las salas de juntas—No había tenido la oportunidad porque estaba muy ocupado.
Ámbar arqueó una ceja con elegancia.
—¿Negocios?
—NexCorp aún tiene potencial. Si inviertes en nosotros, podríamos lanzar la actualización de nuestro software de seguridad para empresas que se quedó a medias. Tenemos la plataforma lista, solo falta el capital de inyección y… —su voz comenzó a acelerarse— y tú podrías ser parte de los beneficios. Un 50/50. Es una alianza estratégica, Ámbar.
Ella sonrió con una suavidad que lo desarmó.
—No me interesa, cuñado.
Un silencio llenó el espacio por unos segundos.
Él parpadeó, intentando procesar la frialdad de su respuesta.
—¿Cómo que no te interesa? Ámbar, esta es una oportunidad. Sabes que la tecnología es el futuro, y NexCorp tiene…
—Sé perfectamente qué es NexCorp —interrumpió ella con su voz suave pero filosa como un bisturí—. También sé que está al borde de la bancarrota. Tus inversionistas se están retirando. Todos te mandaron a la mierda. Tu software tuvo fallas críticas de seguridad y Tesla rescindió su contrato. —Se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, sus ojos verdes clavados en él con una calma insoportable—. ¿Por qué querría invertir en un barco que se hunde?
El aire se volvió pesado en sus pulmones. Sintió el sudor frío bajar por su espalda a pesar del aire acondicionado.
—Porque… porque podría reflotarlo. Porque si me das esa oportunidad, podrías triplicar tus ganancias en menos de un año. Ellos no ven lo que yo. —Se inclinó hacia ella, con sus ojos oscuros brillando con la misma intensidad que usaba para conquistar inversionistas—. Porque sabes quién soy. Sabes lo que puedo lograr si tengo los recursos. Además somos familia.
Ámbar ladeó la cabeza con un gesto casi dulce.
—Sí, sé quién eres, Diógenes. —Su sonrisa se desvaneció—. Por eso no me interesa.
Antes de que él pudiera responder, Angel el mayordomo, abrió la puerta del comedor. Diógenes pudo ver a Elías de pie en la puerta como un perro que espera ser llamado.
—Señorita Ámbar, ha llegado el señor Ferrari.
El corazón de Diógenes dio un vuelco.
Por la puerta entró Matteo Ferrari, alto, de hombros anchos, con cabello castaño claro peinado con estilo europeo y ojos grises penetrantes. Vestía un traje azul medianoche, perfectamente entallado. Su reloj Patek Philippe asomaba bajo el puño de la camisa blanca. Sonreía con esa confianza nata de quien nació y creció entre lujos y negocios.
—Ámbar, amores mío —dijo con su acento italiano suave, inclinándose para besarla en los labios y tomar su mano—. Lamento llegar tarde, amore. El tráfico estaba imposible.
—No te preocupes, Matt. —Ámbar le sonrió, esa sonrisa cálida que nunca le dirigió a Diógenes, y se levantó de su silla. Matteo rodeó su cintura con naturalidad y la besó en los labios suavemente por segunda vez antes de sentarse a su lado.
Diógenes sintió que el estómago se le retorcía. Matteo Ferrari había sido su compañero de universidad en Stanford, su mejor amigo durante años. Habían hecho trabajos juntos, proyectos, noches de estudio y borracheras estudiantiles. Matteo siempre fue el genio de la programación y la inteligencia artificial, y al graduarse fundó FerrariTech en Milán, expandiéndola a toda Europa y Asia. Su fortuna era incluso mayor que la suya en sus mejores tiempos.
—Diógenes, hermano —dijo Matteo con esa sonrisa abierta que lo había hecho tan popular en Stanford—. Qué bueno verte aquí. Lamento tu perdida. Aunque… —miró a Ámbar con picardía— no sabía que cenaríamos juntos esta noche.
—Sí, cenaremos muy seguido desde hoy. Se estará quedando hasta que se estabilice economicamente según papá—dijo Ámbar, sentándose nuevamente mientras el mayordomo servía el primer plato, una sopa cremosa de langosta.
Matteo le tomó la mano bajo la mesa y Diógenes pudo ver el roce de sus dedos. Sus entrañas ardieron. No por celos amorosos. Sino por celos de poder. Matteo y Ámbar. Dos gigantes. Dos fortunas. Dos mentes brillantes. Y él, reducido a un mendigo en su propia tierra.
—Si necesitas capital puedo ayudarte con eso.
—No quiero molestarte, estoy en transición. No te preocupes. Está situación mejorará.
—Si necesitas mi ayuda solo dime no seas tan orgulloso, amigo.
—Matteo… —dijo, forzando una sonrisa queriendo desviar el tema— ¿Tú también estás invirtiendo en Vicoin?
—Claro. —Matteo bebió un sorbo de su vino—. Ámbar es la mejor inversionista en criptomonedas que conozco. Su portafolio en Asia es impresionante. Estamos considerando una fusión parcial con FerrariTech para expandir su tecnología de transacciones seguras.
Diógenes casi no escuchó el resto de sus palabras. El zumbido en sus oídos era tan fuerte como un enjambre de abejas.
Ámbar, mientras tanto, comía con elegancia, su espalda recta, su mirada fija en Matteo cuando él hablaba, y en su plato cuando no. Nunca en Diógenes.
Cuando terminaron de comer, ella levantó la vista y habló con la misma frialdad que un cirujano ante un paciente terminal, cuando Matteo salió a la terraza para fumar un puro.
—Mañana te reunirás con Elías para asignarte tu oficina en la empresa de papá, Diógenes. Y por favor… —sus ojos verdes se clavaron en los suyos, haciéndolo sentir como un insecto bajo una lupa— no molestes con tus propuestas de inversión otra vez. La próxima vez, no seré tan gentil.
Matteo miró la escena desde la terraza con curiosidad, como si no entendiera del todo la tensión que los envolvía.
Diógenes no pudo responder. Su lengua estaba pegada a su paladar. Cómo si los ratones se la habían devorado. Solo bajó la vista y sintió, por primera vez en su vida, la verdadera humillación. No era un rechazo de negocios. Era la certeza de que ya no era nadie para la mujer que antes cortejaba como un pasatiempo sin valor.
Y Ámbar, en su corazón, disfrutó de cada segundo. Se giró y se fue a la terraza donde estaba su prometido y el mejor amigo de Diógenes sin mirar atrás.