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Ámame o Libérame

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Blurb

Matteo De Luca era un hombre joven, atractivo, pero sobre todo era un magnate inmobiliario, codiciado por muchas mujeres, pero el no prestaba atención a ninguna, pues su pasado lo mantenía anclado impidiéndole abrir su corazón.

Alessia Giordano una mujer hermosa, con un gran corazón, amaba secretamente a su jefe, no albergaba ninguna esperanza de tener algo con él, pero por un descuido suyo, una carta de amor en la que confesaba sus sentimientos hacia él, llegó a sus manos, eso junto a una mentira, los unirá , ¿Será suficiente su amor para sanar su corazón?, ¿Podrá luchar contra su pasado y ganar?

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CAPÍTULO 1
No sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado, pero no podía apartar la vista de mi jefe, no por nada malo, sino porque Matteo De Luca era el hombre más atractivo que me había cruzado en mis veintiocho años, era alto, cuando estaba a su lado le llegaba por los hombros, su cabello castaño oscuro, ojos azules intimidantes, pero a la vez sensuales al igual que sus labios, eran algo gruesos, y según mi cabeza, ellos me gritaban “bésame”. Su cuerpo estaba muy bien trabajado, era bastante musculoso, se notaba que pasaba horas ejercitándose, solía llevar una barba de pocos días muy bien cuidada, siempre iba vestido con un traje que le sentaba como un guante, cuando estaba a su lado el aroma de su perfume era realmente cautivador, para mí, él, era un auténtico adonis, un hijo de la mismísima afrodita. Era bastante cotizado entre las mujeres, no solo por lo atractivo que era, sino por el hecho de que a sus treinta años era un magnate inmobiliario, uno de los más ricos del jodido planeta. Sacudí la cabeza dejando de mirarlo, como siguiera así, terminaría descubriéndome y eso sería un problema, suspiré recostándome en la silla, llevaba en este estúpido enamoramiento desde que lo vi el día de la entrevista de trabajo, al principio era una simple atracción, pero con el tiempo se fue convirtiendo en otra cosa y la verdad, me tenía afligida, sabía que él jamás correspondería mis sentimientos. El sonido del teléfono me sobresalto, sacándome de mis divagaciones, rápidamente me enderece cogiéndolo — Despacho del señor De Luca—escuché un suspiro al otro lado, mire hacia la puerta de cristal del despacho de mi jefe, sus ojos azules me miraban fijamente con cierta irritación — Si ya tienes el informe que te pedí, tráelos—un escalofrío me recorrió por la espalda al escuchar su grave voz, aunque su tono era frío, a mí me parecía sensual — Enseguida se lo llevo señor—dije de forma torpe, vi como rodaba los ojos y colgó sin más. Suspiré buscando entre las carpetas que tenía amontonadas a un lado, cuando la encontré me levante acomodando mi vestido, fui hacia la puerta, di unos toques, sin levantar la mirada me hizo una señal con la mano para que pasara, entre acercándome a su escritorio de caoba. — Aquí tiene señor—le extendí la carpeta, la cual agarro de inmediato dejándola a un lado, me quede observando cada facción de su rostro — Puedes retirarte—dijo haciendo que volviera a la realidad, suspiré dando media vuelta saliendo de su despacho Una vez fuera dirigí mis pasos hacia la salita de descanso, me acerqué a la máquina sacando un capuchino de caramelo, al volver a mi mesa, como algo involuntario dirigí mis ojos hacia su puerta, me mordí el labio inferior contemplándolo, se veía tan guapo concentrado mirando papeles. Agarró la carpeta que le había entregado antes, de esta cayó un sobre amarillo el cual se me hacía bastante conocido, teniendo un mal presentimiento comencé a buscar por toda la mesa aquella estúpida carta que había escrito confesando mis sentimientos hacia él a modo de desahogo. Una sensación de pavor me recorrió el cuerpo al no encontrarla por ningún lado, volví a mirar hacia su despacho, sentí un hueco en mi estómago al ver como estaba leyendo el papel rosa, de un impulso me levante de la silla, corrí hacia su puerta abriéndola sin llamar, me acerqué arrebatándole el papel. — E… Esto es mío—dije de forma torpe con la respiración agitada — Pone que es para mí—intentó quitármela, pero la alejé haciéndola una bola — S… Si, bueno… Pero no lo es, yo… Lo siento muchísimo señor, que vergüenza—comenté mirando hacia el suelo, sintiendo mi cara arder, un nudo enorme se formaba en mi garganta— Por favor no me despida—supliqué sintiendo como pronto me echaría a llorar, algo que no podía permitirme ahora, escuché como se levantaba y sus pasos se acercaban a mí. — No voy a despedirla—dijo a lo que levante la cabeza mirándolo con alivio — Gracias…—susurré sintiendo como el aire volvía a llenar mis pulmones — ¿Desde cuándo está enamorada de mí?—con esa pregunta todo el aire se volvió a ir, trague saliva desviado la mirada — No… No estoy enamorada de usted— — En la carta pone lo contrario, es inútil que me mienta, así que dígame, ¿desde cuándo?—cerré los ojos suspirando con pesar — Desde hace dos años… De verdad señor que lo siento mucho, usted jamás debió leerlo, y mucho menos saber… Sobre lo que siento— — No es un delito que sienta algo por mí, pero si le pido que no vuelva a ocurrir algo así, alguien podría malinterpretar que entre nosotros hay algo—asentí forzando una sonrisa, esas palabras se clavaron en mi pecho de forma dolorosa, había sido una forma sutil de rechazarme — No se preocupe, no volverá a pasar algo así…—intenté que mi voz no se rompiera, sin esperar nada más di media vuelta saliendo de su despacho a paso apresurado. Fui todo lo deprisa que pude hasta el servicio, una vez dentro me encerré en un cubículo, me apoye contra la puerta dando rienda suelta a mis lágrimas, el pecho me ardía de forma intensa, desde el momento en que descubrí mis sentimientos por él, sabía que jamás tendría la mínima oportunidad con él. Yo no tenía nada que ver con las mujeres con las que él solía salir, ellas parecían modelos, altas, piernas kilométricas, rostro perfecto, yo era todo lo contrario. Respiré hondo tratando de tranquilizarme, agarré un trozo de papel limpiando mi rostro de lágrimas, mire el reloj de mi muñeca, había estado llorando alrededor de diez minutos, salí del cubículo acercándome al espejo estaba hecha un desastre, mis ojos estaban rojos e hinchados, mi maquillaje se había corrido, suspiré humedeciendo un poco el papel comenzando a limpiarme. Al volver a mi puesto de trabajo evite a toda costa mirar hacia su despacho, el resto de la jornada había sido tranquila, no me había llamado en absoluto cosa que agradecía infinitamente, aunque podía notar su penetrante mirada en mi persona. Suspiré pasando una mano por mi rostro, me sentía bastante agotada mentalmente, necesitaba irme ya a casa, una rosa de papel fue colocada delante de mí sorprendiéndome, levante la cabeza encontrándome con unos ojos marrones que me miraban con diversión. — Una rosa para otra rosa— — Creo que debes mejorar tu repertorio de frases para ligar—reí levemente agarrando la rosa — Mientras al menos te haga reír, no lo haré— — Eres un caso… ¿Qué quieres Renzo?—pregunté mirándola con curiosidad estaba muy bien hecha, parecía real — Quiero que vengas hoy a cenar conmigo—apoyó sus manos en mi escritorio mirándome fijamente, me quedé contemplándolo, él era guapo cabello n***o, ojos marrones siempre con un toque de diversión en ellos, alto, con buen cuerpo — Quizás… En otra ocasión, hoy no me encuentro bien—suspiró asintiendo, pareció entristecerse — ¿Alessia, hasta cuándo me vas a rechazar?, ¿Acaso estás enamorada de otro?, si es así dímelo y dejaré de insistirte— — Renzo yo…— — Señor Farina, ¿cree que es sitio para hablar de estas cosas?—me tensé al escucharlo, Renzo se enderezó dándose la vuelta — Lo siento señor—se disculpó, sin volver a mirarme se fue, suspiré pasando mi mano por el rostro, este día estaba resultando ser un absoluto desastre — Señorita Giordano…— — Lo sé, no se preocupe no se repetirá—le interrumpí mirándole a los ojos, nada más hacerlo me arrepentí desviando rápidamente la mirada — Bien, puede irse a casa—asentí comenzando a recoger rápidamente mis cosas, una vez hecho rodee el escritorio — Que tenga una buena noche, señor—pasé a su lado caminando hacia el ascensor a toda prisa, podía sentir su mirada en mí en todo momento. Al llegar a casa dejé mis pertenencias tiradas en la entrada, sin encender la luz fui hasta mi habitación, me acosté en la cama mirando al techo, el día había sido nefasto. Respire hondo colocándome de lado abrazando una almohada, sin lugar a duda, debía olvidarme de mis sentimientos por él. Desde aquel fatídico día, había transcurrido una semana, la cual se me estaba haciendo verdaderamente complicada, Renzo me había estado ignorando por completo, eso me dolía, le tenía mucho cariño, él fue la primera persona en hablarme cuando comencé a trabajar en esta empresa, poco a poco se fue convirtiendo en un amigo para mí, pero yo para él, en otra cosa. Las cosas con mi jefe estaban tensas, se me estaba haciendo más complicado trabajar con él, era más distante que antes, más frío, además, estaba de muy mal humor el cual pagaba con nosotros, cerré los ojos masajeándome la sien, sentía que la cabeza iba a explotarme en cualquier momento — Aquí están el informe de cuentas mensual—abrí los ojos viendo a Renzo, dejo la carpeta encima de mi mesa, iba a irse, pero me levante rápidamente deteniéndolo del brazo — Por favor hablemos…—dije mirándolo con súplica, él suspiró girándose, mirándome a los ojos — ¿De qué?— — Te mereces una explicación, y quiero dártela, por favor— se lo pensó unos segundo, para finalmente suspirar y asentir — ¿Comemos juntos?—preguntó con una sonrisa la cual correspondí — Me parece bien… Nos vemos en un rato—asintió alejándose, me quedé mirando su espalda con pesar, ojalá me hubiera enamorado de él, todo sería mucho más sencillo. Me senté soltando un suspiro, sin quererlo miré hacia su oficina, estaba recostado en su silla con los ojos cerrados, tenía los tres primeros botones de su camisa desabotonados dejándome ver un poco de su pecho, mordí mi labio inferior, se veía tan atractivo, me moría de ganas por entrar darle un beso y acariciar su pecho. El teléfono sonó haciendo que diera un bote en mi asiento, conteste dejando de mirarlo sintiendo mis mejillas algo acaloradas. — Despacho del señor De Luca—contesté un tanto torpe — Alessia, aquí hay una mujer que insiste en ver al señor— — ¿Tiene cita o algo?—pregunté mirando la agenda por si tenía que venir alguien y se me hubiera olvidado — No, se llama Valentina Esposito, dice que es su novia—deje de pasar las hojas, levante la cabeza mirando hacia su despacho, nuestros ojos hicieron contacto — ¿S… Su novia?—cuestioné sintiendo mi pecho comenzar a oprimirse — Eso dice, ¿Qué hago?— — Dame un momento, le preguntaré—dejé el teléfono a un lado, me levante bajo su atenta mirada, fui hacia su puerta, toqué y entre sin esperar — Señor, en recepción está la señorita, Valentina Esposito ¿la dejamos pasar?—pregunté mirándolo con la esperanza de que me dijera que no — Que suba—dijo haciendo que mis esperanzas se desvanecieran, asentí con pesar, di media vuelta— Que nadie nos moleste—me detuve un instante, volví a asentir cerrando la puerta, al sentarme respire hondo cogiendo el teléfono diciéndole a la recepcionista que ella podía pasar. No pasó mucho tiempo cuando vi aparecer a una mujer esbelta, de cabello castaño largo hasta la cintura, ojos grises, llevaba un vestido ceñido color rojo bastante corto, al pasar por mi mesa me miro con desprecio, colocó una sonrisa burlona y entro en el despacho contoneando las caderas. Suspiré mirando fijamente mi mesa, sintiendo esa fuerte opresión creciendo por momentos, odiaba cuando tenía una nueva novia, porque hacía que me sintiera morir, cerré los ojos apretándolos con fuerza, no iba a llorar no podía hacerlo, me vería tan patética. Dirigí la mirada hacia el despacho encontrándome una escena desagradable, ella estaba detrás de él besando su cuello mientras desabotonaba su camisa, nuestras miradas se encontraron, rápidamente la aparte soltando un suspiro. — ¿Lista?—preguntó Renzo sobresaltándome — ¿Ya es la hora?—miré el reloj de mi muñeca sorprendiéndome — Eres una despistada—comentó riendo, disimuladamente miré hacia su despacho, la puerta de cristal ahora estaba opaca— Pero ese es uno de tus encantos—forcé una sonrisa mirándolo ahora a Renzo, me levante agarrando mi bolso — Vámonos—dije poniéndome en pie — ¿No le avisas al jefe?—cuestionó mirando hacia el despacho con curiosidad — Está ocupado… Pero le dejaré una nota—escribí en un papel y lo dejé encima de la mesa— Listo, vámonos—lo agarré por el brazo tirando de él hacia el ascensor haciendo que riera.

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