IV Famiglia

1373 Words
¿Han visto alguna vez el tipo de mansiones que aparecen en la televisión? ¿Y han notado como siempre todo está impecable, sin una pizca de polvo sobre los costosos muebles? Bueno, esta casa parece sacada ni más ni menos que de alguna película. Si por fuera es ostentosa, no se imaginan lo que es el interior. La sala es inmensa, el sofá de color blanco perlado cuenta con almohadas doradas y ciertas tonalidades en café. La alfombra, que es de la misma gama, la adornan unas preciosas flores tejidas. Los grandes ventanales dejan a la vista la alberca y el jardín lleno de flores silvestres. Lo que más me ha encantado ha sido el techo: tiene unos candeleros colgantes simulando lámparas de mecha; algo bastante retro. —Tu casa es increíble, cariño—digo contemplando el piso de madera y la escalera de mármol. —Grazie, amore mío—sonríe—. Este es y será siempre tu hogar. Siéntete libre de hacer lo que se te plazca. —No lo digas dos veces—bromeo caminando hacia el salón, pero me detengo de golpe. Los recuerdos llueven en mi memoria y no puedo evitar emocionarme. —¿Qué sucede, bella? —camina hacia a mí y me observa con ojos de preocupación—¿Estás bien? ¿Te duele algo? —No, no—digo apenada por haberlo asustado—. Es solo que, tienen un tragaluz. Uno enorme—mis ojos se empañan por las lágrimas y mi voz se entrecorta—. Mi abuelo tenía uno en su casa. Todos los fines de semana solíamos mirar las estrellas. Me abraza por la espalda y besa mi hombro con ternura. —Una noche—digo apoyándome en su pecho—, mientras contemplábamos una estrella fugaz y tomábamos nuestro delicioso Nesquik, me contó como conoció a mi abuela. —¿Y cómo fue? —Fue una noche de verano en Guadalajara. Mi abuelo Eduardo acostumbraba siempre a ir a Los Colomos, un bosque que se encontraba justo frente a su hogar. Le gustaba mucho acostarse en el pasto y contemplar por un buen rato el cielo estrellado—sonrío recordando sus palabras—. Una noche, como siempre, se dirigió al parque en bicicleta. Buscó su pedacito de sitio predilecto, sacó la manta donde se recostaría; pero se dio cuenta de que una hermosa joven de cabello cobrizo ya había tomado su lugar. Dice que estaba tan atenta a la luna que no se percató de su presencia. —Wow—susurra prestando atención—. ¿Logró hablar con ella? —Si—sonrío cerrando los ojos—. Cuando mi abuela giró su cabeza y vio la silueta del abuelo dibujada por la luna, cayó enamorada. Mi abuelo dice que ninguno de los dos pronunció palabra alguna. Se recostó junto a ella y contemplaron la estrellada noche de aquél diecisiete de Junio de mil novecientos cincuenta y cinco. —Vaya, hasta recuerdas la fecha—se sonríe—. Pero, no comprendo a qué viene lo del tragaluz. —Oh, pues verás. A partir de aquella noche en la que se conocieron, jamás dejaron de ver juntos las estrellas. Sin embargo, cuando mi abuela murió, él mandó a construir un tragaluz en su sala—el nudo en mi garganta se hace presente al recordar su rostro avejentado lleno de lágrimas—. Así sería la única manera de no solo tenerla presente en su memoria, sino también sentirla en su corazón cada vez que mirara a través de ese vidrio. —Que amor tan grande le tenía. —Así es—digo con tristeza—. Hace ya un par de años que se reunió con ella y no hay día que no los extrañe. Su amor era tan hermoso, tan ejemplar—suspiro y miro el cielo por la cristalera. —Cuanto lo siento, mi cielo—me abraza cubriendo cada centímetro de mi cuerpo. Escucho su corazón latir, y mi mente viaja hacia las últimas palabras de mi bello abuelo Eduardo. —Lo último que me dijo fue esto—levanto la cabeza para verlo—: Busca con quien mirar las estrellas, mi bella flor—recito acariciando su frente—. En algún rinconcito de este hermoso mundo, hay alguien esperando por hacerte feliz. Búscalo, encuéntralo, atesóralo y jamás lo dejes ir. Déjate amar por la persona correcta. Mereces no solo el cielo y las estrellas, mereces el universo entero. —Tu abuelo fue un hombre muy sabio, mi amor—besa mi mejilla haciéndome ligeras cosquillas con su barba—. Me siento honrado de saber sus últimas palabras. Gracias por compartirlas conmigo. —Y yo me siento dichosa de saber que esas palabras se están cumpliendo justo en este instante—lo agarro de la gabardina y lo acerco hacia mi—. Eres mi más grande tesoro, mi bello hombre de ojos enigmáticos. —Mi Abril—sus verdes ojos me contemplan con amor y sonrío al sentirme tan amada por él—No sabes cuánto ti amo. —Disculpen la tardanza, hijos. Roberto bajará en unos momentos—dice Alice bajando las escaleras—. Estoy tan feliz de que estén aquí, juntos. Y más aún, de poder conocerte, Abril. —Yo también. Aunque me hubiese gustado que fuera en otras circunstancias—expreso avergonzada. —Ven, siéntate conmigo—sonríe y da palmaditas en el sofá—. Primero, no importan las circunstancias, me siento feliz de tenerte en casa. Mi Rober y yo estamos convencidos de que estarás segura y protegida en Roma. Segundo, dime solo Alice, ¿de acuerdo? —De acuerdo, Alice—me cuesta un poco este tipo de confianza, pero creo que con el tiempo me acostumbraré—. Muchas gracias. —Chévere. Bueno, siéntete como en tu casa—se levanta y abre del todo las cortinas de los ventanales—. Por cierto, ¿cómo están tus padres? ¿Estuvieron de acuerdo en que te quedaras aquí? —Marco, mis padres…—volteo preocupada—. No los he llamado desde que dejamos Paris. —Tranquila, hace un momento recibí un mensaje de tu padre y le he dicho que estamos bien y a salvo en Roma—sonríe abrazando a su madre—. Así que cuando estés instalada, puedes comunicarte con ellos. Asiento y le agradezco. No sé en qué momento le ha escrito a mi padre, pero es bueno saber que mi familia está enterada. —¡Mio figlio è arrivato! —se escucha el grito desde la segunda planta y el ruido de pasos acercándose. —Ese es tu papá, ¿verdad? —susurro a su lado. —Si. Aquí viene con toda su bulla—sonríe mirando las escaleras—Prepárate, preciosa. Su padre baja los escalones a paso veloz y Marco va a abrazarlo. —¡Mio figlio! Oh, ¡qué alegría! —dice su padre abrazándolo y plantándole un beso en la mejilla—. Cuanto tiempo sin verte. Al fin estás en casa. —Gracias por recibirnos, papá—se da la vuelta y estira su mano para que me acerque—. Quiero presentarte a Abril, la mia ragazza. —¡Abril! —abre sus brazos y se acerca hacia mí. Me abraza y planta dos besos en mis mejillas—Benvenuti a Roma. Que gusto tenerte con nosotros. ¡Sei bella, figlia! —El gusto es mío, señor Roberto—respondo un poco apenada por no poder comprender el italiano como quisiera—. Grazie mille por recibirme, no tengo palabras para expresar lo agradecida que estoy con ustedes. —No tienes que agradecer, hija. Ahora eres parte de la familia. Además, nuestro hijo te ama muchísimo y por ende nosotros también. Es admirable como estas personas a pesar de no conocerme del todo, puedan expresar su amor y alegría por tenerme en este lugar tan sagrado. Admito que me ha descolocado un poco el recibimiento, pero es que, saberse tan amada es algo indescriptible. Alice y Roberto son los suegros que toda mujer anhela tener y lo admito, me siento muy pero muy dichosa. Alice es una mujer bellísima y muy bien conservada. Es alta, de pelo castaño y ojos color miel. Su manera de ser es especial: cariñosa, llena de energía y con ese hermoso toque que distingue tanto a las latinas. En cambio, debo decir que Roberto es el típico italiano de temperamento fuerte, alegre; de gran corazón y por supuesto, muy familiero. En cuanto al físico, es bastante parecido a Marco. Su pelo canoso fusiona muy bien con sus ojos esmeraldas, y debo decir que es alto también. Viéndolos, logro comprender la personalidad tan definida de Marco y todo lo que hace que sea único. Lo lleva en los genes. —Creo que es hora de que te instales—dice Alice sosteniendo mi brazo—. Acabas de llegar y necesitas ponerte cómoda. Marco, acompáñala a la stanza con las mejores vistas, ya sabes cuál es. —Por supuesto que si—responde—. Vieni con me, amore. —Con permiso—les sonrío y subo las escaleras. «Benditos genes y bendita lengua italiana» pienso al ver a mi novio sonreír y besar mi cuello.
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