III Benvenuti a Roma

2219 Words
—Cielo, despierta. Ya estamos por llegar—escucho a Marco susurrar. Abro poco a poco mis ojos y me estiro. Doy un ligero bostezo y acaricio su brazo. —¿Descansaste bien? —Bastante bien, gracias—enderezo el asiento y doblo la mantita de viaje— ¿Cuánto tiempo dormí? —Digamos que casi dos horas—sonríe—, pero no te preocupes, en unos minutos estaremos por aterrizar. Te sugiero que mires por la ventana. Hago lo que me pide y abro las persianas. —Marco…—cubro mi boca al ver tan majestuoso monumento desde el aire—. Es el coliseo. Está justo debajo de nosotros. Oh, no puedo creerlo. —Benvenuti a Roma, mi amor—dice abrazándome. Beso su mejilla y vuelvo a observar por la ventana. El paisaje es un contraste de colores y bellas formas. Digamos que la ciudad es una combinación entre lo moderno y lo antiguo, algo que me ha dejado boquiabierta. Este es otro lugar que no tiene punto de comparación con los videos o las fotos por internet. Debo confesar que a pesar de la situación que estamos viviendo y del porqué de este viaje, ahora mismo me siento llena de felicidad. —Buongiorno. Les habla Jack Mancini, piloto del vuelo BA2490 con destino a Roma—la voz de Jack se hace presente sacándome de mis pensamientos—. Estamos a pocos minutos de aterrizar. Abrochen sus cinturones y permanezcan en sus lugares, por favor. Grazie. La transmisión se corta y el avión comienza a descender poco a poco. La pista de aterrizaje se hace cada vez más visible y el golpeteo de las ruedas contra el pavimento me hacen caer en la cuenta de que ya estoy en otro país. Esto es increíble. Veinte minutos después, la puerta se abre y los cálidos rayos de sol me pegan en la cara. Aspiro el aroma de la ciudad romana y bajo con cuidado por las escaleras. Jack y Marta me dan la bienvenida a Roma, cosa que agradezco muchísimo. —Nos han brindado un viaje estupendo—digo—, lo he disfrutado mucho. Les agradezco la amabilidad y por supuesto, las atenciones. —Grazie mille—dice Marco estrechando la mano de Jack y dándole un beso en la mejilla a Marta—. Siempre es un gusto viajar con ustedes. Los veremos pronto. —El placer es todo nuestro, signore—responde Jack—. Benvenuti a Roma. Cuídense mucho. Nos sonríen por última vez y nos despedimos con un arrivederci. Por lo que Marco me ha enseñado, en español significa hasta luego. Ahora que lo pienso, debo aprender más italiano. Anotaré eso en mi lista de prioridades. —¿Y ahora hacia dónde iremos, mi bello italiano? —digo caminando a su lado. —Tomaremos ese auto y saldremos directo a casa—dice señalando un bonito mini cooper. Es de color n***o, convertible y muy llamativo. ¿Saben? A estas alturas habría esperado cualquier auto menos uno de este tipo. ¿Por qué? Fácil, es demasiado pequeño para que don Pirone lo maneje. Sin embargo, tampoco me asombra. Siempre sale con alguna locura. Saca la llave de la guantera y acomoda las maletas en la cajuela. —Suba, señorita—dice abriendo la puerta para mí. —Marco Pirone, ¿es enserio? ¿Este coche es tuyo? —sonrío. —Si—dice observándolo—. Forma parte de una pequeña colección que tengo, pero no por eso es menos importante. ¿Tiene algo de malo? —No. A decir verdad, es lindísimo. —Entonces, ¿cuál es el problema? —responde cruzándose de brazos. —Ninguno. Solo que no me imagino al gran empresario Marco Pirone en un auto tan pequeño—respondo riéndome. —Te crees muy graciosa, ¿no? —enarca una ceja y me agarra de la cintura. —No, no, pero es la verdad—digo poniéndome de puntitas para mirarlo a los ojos—. Mi amor, eres altísimo. ¿Estás seguro de que cabes aquí? —Sube ya, piccola divertente—gira los ojos y me da un beso. ¿Lo ven? Necesito aprender este idioma. Es parecido al español, pero, Marco habla tan rápido que no puedo seguir el hilo de lo que me dice a veces. —¿Piccola di…? ¿Cuál era la otra palabra? —digo bajando el vidrio y acomodándome en el suave asiento de cuero. —Divertente—responde subiendo al auto—. Significa pequeña chistosa. Ahora, salgamos de aquí. Nos espera un poco de camino, aunque… —Aunque supongo que se hará corto porque te encanta la velocidad—respondo completando como siempre sus frases. —Ay, bellezza—me sonríe y hace esa seña con la mano que tanto me gusta. ¿Nunca les hablé de los gestos que está acostumbrado a hacer? Esa seña con la mano como dibujando semicírculos en el aire es lo que más me encanta de él. Siempre la hace cuando lo halago, le juego alguna broma o termino sus frases como ahora. Por otro lado, cuando algo no le agrada, ladea la cabeza hacia la izquierda y achina los ojos apretando los labios. Tiene tantos gestos que es imposible dejar de mirarlo. Salimos del aeropuerto Leonardo Da Vinci y nos desviamos hacia lo que parece ser una autopista importante. Leo los letreros que marcan Via Mario de Bernardi y A91. No tengo la menor idea en qué parte de Roma estamos. Todo es tan distinto a París, pero me está gustando. —¿El clima siempre es así en Roma? —cierro un poquito la ventana por el aire frío, pero disfruto del sol pegando en el parabrisas. —En esta época sí. Ahora debemos estar a unos doce grados—responde encendiendo el estéreo—. Pero debo decir que el verano lo disfruto mucho más. Conecta su teléfono vía bluetooth y una melodía bastante agradable llena los parlantes. —¿Qué canción es? —digo moviendo mis pies al ritmo de la música. —Dum Tek Tek—responde meneando la cabeza de un lado a otro—. La canta Hadise, una artista turca. La descubrí en uno de mis viajes a Turquía. —¿Turquía? Nunca me habías dicho que conocías ese país. —Conozco muchos lugares, cielo—sonríe dando golpecitos en el volante—. Hace un año viajé a Estambul por negocios. Quería asociarme con Turkcell, la compañía de telecomunicaciones más grande del país y la tercera en Europa. Me quedé un par de días, pero no llegamos a ningún acuerdo. —¿Y no has intentado renegociar? —Estuve pensando mucho en hacerlo. Después de todo, no pierdo nada con intentar—responde desviándose del camino y tomando la salida rumbo a Roma centro—. Pero volviendo al tema de la canción—sonríe—, durante mi estadía fui a un café llamado Poiká. Ahí escuché esta canción por primera vez. Lo recuerdo muy bien, estaba tomando el típico té turco en la terraza del lugar. Debo decir que su sabor era espectacular. —Quién como tú, mi amor—digo imaginándome el sabor de ese té—. Conoces lugares maravillosos. —Y tú también los conocerás—guiña un ojo y canta la alegre melodía sin darme oportunidad de preguntar a qué se refería. Sonrío al verlo disfrutar. Tiene una voz bonita, profunda pero suave a mis oídos. Me encanta escucharlo. No canta muy a menudo, pero cuando lo hace, no me pierdo ningún detalle. —Cantas hermoso, cariño—me estiro y beso su mejilla. Desvía unos segundos la vista del camino, ladea la cabeza y hace ese gesto con la mano una vez más. Muerde su labio y sonríe haciéndome derretir. —Vaya, a mi ragazzo le gusta que lo halaguen—su sonrisa juguetona y arrogante me hace reír—. Marco Pirone, eres el hombre más modesto que he conocido en la vida. —Y el más guapo, ¿no es así? —me mira por un instante a los ojos. —No me escucharás decirlo—digo recargando mi mano en su rodilla—. Pero sabes que te amo. —Y yo a ti, preciosa—toma mi mano y le planta un beso. El paisaje se va tornando diferente conforme vamos avanzando. Al parecer hemos dejado la ciudad atrás y estamos yendo hacia las afueras. Las casas se convierten en viñedos y grandes territorios de campo. Pasamos un club privado de tenis y pocos minutos después, nos desviamos hacia un caminito empedrado. Marco baja la velocidad y abre las ventanas. —Esto es hermoso—digo sacando la mano y sintiendo el fresco viento acariciar mi cara. El lugar está rodeado de grandes árboles que hacen sombra, se escucha el ruido de las aves y el suave choque de los neumáticos con las piedras del sendero. Es muy relajante. Todo parece ser privado o así me lo parece al ver las grandes rejas blancas cercando el sitio. —Ya estamos llegando—dice acercándose a un gran portón n***o con las iniciales F.P labradas en color dorado. Teclea unos dígitos en el portero electrónico y las puertas comienzan a abrirse—. Bienvenida a la finca Pirone, mia cara—el brillo de felicidad se apodera de sus ojos y avanza por el caminito. Sin duda, está feliz de estar en este lugar. A lo lejos puedo ver una preciosa casa de estilo mediterráneo. Sus detalles en tabique rústico y el color perlado de la entrada la hacen ver magnifica e imponente. Es enorme; es que ni siquiera podría decir que esto es una casa. Cuando el toque hogareño, el buen gusto y la elegancia se enfrentan, surgen mansiones como ésta. Es impresionante. —¿Es tu casa? —digo mirando la belleza de los pinos que la rodean y la fuente en la entrada. —Así es—responde estacionando a un costado del jardín frontal—. Aquí es donde pasé los años más maravillosos de la infancia. Tiene mucho tiempo que no vengo, así que estoy tan nervioso como tú. —No estoy nerviosa—respondo. Entrecierra los ojos y se me escapa una sonrisa culpable—. Bueno, sí. Estoy nerviosa, ¿contento? —Mucho—susurra dándome un beso juguetón—. Estoy contento y agradecido de tenerte aquí. —Gracias, ahora me he puesto más nerviosa—aclaro mi garganta y acomodo mi cabello hacia atrás—. Tu beso no ayuda, Marco. —¿No? —dice acercándose cada vez más—Quizás debería llenarte de besos antes de que bajes del auto. —¿Eso crees? —digo tonteando. —Certo che si. Pero creo que lo dejaremos para después, mi madre ha salido a recibirnos—susurra señalando a una hermosa mujer parada en una de las ventanas de vidrio—. Prepárate para los abrazos efusivos, mi vida. Baja del coche y abre la puerta para mí. Entrelaza su mano con la mía y sonríe. He hablado con sus padres por teléfono y tuvimos algunas videollamadas, pero nunca nos habíamos visto en persona. —¡Mamma! —grita. Su madre corre hacia él y lo abraza. —¡Hijo! ¡Qué alegría tenerte en casa! —ríe de felicidad y él la alza correspondiendo a su abrazo. —Mi sei mancata, mamma. Allora, come te la passi? Su italiano es tan elegante cuando habla. Por lo que logro comprender, le ha preguntado como está. —Yo también te he extrañado, mi amor. Tu padre y yo hemos estado bien, ansiosos por tu llegada y la de esta preciosa señorita. —Mamma, te presento a Abril Maccali, mi novia—dice besando mi mano. —Señora Pirone, un gusto poder conocerla al fin—digo acercándome a ella—. Gracias por recibirme. —Nada que agradecer, muñeca—responde con ese acento venezolano tan bonito—. Ahora ven aquí y déjame darte un aparruño. —¿Aparruño? —digo sin comprender. —Oh, me refiero a un abrazo—ríe. —Vaya, hoy he aprendido algo nuevo—sonrío y me uno a su abrazo. Me recuerda mucho a mi mamá. Es elegante pero muy efusiva, cariñosa y sencilla. —Eres preciosa—dice mirándome—. Toda una belleza latina. Mi hijo ha escogido muy bien. —No solo es hermosa, es el amor de mi vida—responde besando mi mejilla. Me sonrojo ante tal declaración, pero por dentro estoy que exploto de amor. —Que bellos—sonríe con ternura—. Bienvenida a Roma, hija. Espero que tu estancia aquí sea agradable. He preparado todo para que te sientas como en casa. Ay, ¡tengo que decirle a Roberto que ya están aquí! —da pequeños saltitos de emoción y corre hacia la casa. Me río ante su manera tan efusiva de hablar. En efecto, es muy parecida a mi mamá. —Tu madre es encantadora, Marco. Diría que está llena de vida. —Y eso no es nada—ríe negando con la cabeza—. Ven, vayamos adentro. Me toma de la cintura y caminamos hacia la casa.
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