"El verdadero amor no es el amor propio, es el que consigue que el amante se abra a las demás personas y a la vida; no atosiga, no aísla, no rechaza, no persigue: solamente acepta."-Antonio Gala
21 de Enero del 2016
5:30am.
Me sirvo un poco de café a la vez que escucho Cien años, una de mis canciones favoritas entonada por el célebre Pedro Infante. Cierro los ojos y dejo que la música inunde mi mente a través de los audífonos. Recuerdo que Mimi y yo solíamos cantarla todo el tiempo. El folclore de nuestro país es algo muy arraigado a nosotras; es algo que nos distingue y que, desde muy pequeñas hizo que amáramos la música y el baile.
Suspiro y miro la cuadra a través de la puerta del balcón. Estas son mis últimas horas en París. Han pasado siete meses desde mi llegada; meses maravillosos que cambiaron mi vida. Tiempo atrás era una mujer con el corazón quebrado, con anhelos de amar y ser amada; con esperanzas de poder ser feliz. Era aquella mujer que necesitaba del baile y de la música para poder olvidar el dolor. Ahora todo es distinto. La vida; París, me dieron una segunda oportunidad para amar, ser feliz y poder luchar por mis sueños. Me otorgaron el mejor regalo: a Marco; el hombre que siempre anhelé y estuve esperando por tanto tiempo. Hoy, a pesar de las circunstancias y de los problemas del pasado, mi corazón al fin se encuentra en paz.
Observo a mi rubia sentarse al lado mío para tomar nuestro último café juntas. Mi mejor amiga y confidente; sé que está triste a pesar de que no me lo diga. Desde que éramos chicas nunca nos habíamos separado; pero comprende la situación y sabe que es lo mejor para todos, al menos por el momento hasta que encontremos una solución.
—Abril, te voy a extrañar muchísimo—agarra mi hombro y se recarga en él—. Sé que no estaremos tan lejos; pero ya sabes, la casa va a estar vacía sin ti.
—Y, sobre todo, ¿quién te va a cocinar? —digo y comenzamos a reírnos juntas.
—Para eso está Luqui—sonríe y le da un sorbito a su café moka—. Decidimos que por mi seguridad es mejor que se quede en la casa. Además, habrá uno que otro agente cuidándonos también.
No me gusta para nada la idea de dejarla en Paris. Estoy preocupada por su seguridad, por la de todos.
—¿Por qué no vienes con nosotros? —la abrazo y ella niega haciendo una mueca.
—No Abru, lo mejor es que me quede aquí. Quiero seguir con las clases en la academia y aparte, no puedo dejar solito a mi novio. Me necesita—sonríe—. Pero tranquila, los dos nos cuidaremos bien.
—Bueno, pero si cambias de opinión, no dudes en llamarnos.
Ella solo asiente con un «Lo prometo» y terminamos nuestro café en silencio. Diez minutos después, subo a la habitación por mis maletas e inspecciono todo por última vez. Ropa, mis objetos de valor, y lo más importante: mi preciado lector de libros. Cierro la última valija y escucho el timbre del interfono.
—Ese es Marco—digo caminando hasta la entrada—. Bueno, llegó la hora—miro mi habitación por última vez, y con un suspiro cierro la puerta.
Marco se encuentra sentado en el sillón, esperándome. Al verme bajar las escaleras, se levanta y me ayuda con el equipaje. Me da un apapacho de los que tanto me encantan y besa mis labios.
—¿Estás lista, bella mía? —sonríe.
—Lista—respondo acariciando su barba.
—Bueno, creo que ésta es la parte más difícil—dice Noemi caminando hacia mi—. Sabes que odio las despedidas, pero tengo la confianza de que vas a estar bien. Siempre vas a contar con todo mi apoyo. Eres mi hermana; aunque no de sangre, pero sí del corazón.
—Te quiero, rubia. Prometo llamarte y mantenerte al tanto de todo desde Italia. Tú también cuídate y cuida de mi pequeño Moe, ¿sí? Sabes que, si lo dejo aquí, es para que te haga compañía.
—Si, lo sé—responde a punto de llorar—. Ven aquí.
Nos fundimos en un fuerte abrazo y no puedo evitar llorar. Voy a extrañarla demasiado. Siempre hemos sido incondicionales, buscando la manera de salir adelante; pero estos meses, ha cambiado mi vida de una manera inexplicable. Estoy agradecida por su amistad, por el regalo de Paris, las alegrías, los bailes… Por ser mi familia.
—Vamos a salir de esta, lo prometo—digo intentando darle ánimos.
—Lo sé, lo sé—sonríe secándose las lágrimas.
—Luc, acércate—digo haciéndole señas con la mano. Se acerca poco a poco hacia mí y se mantiene en silencio—. Cuida mucho de mi amiga, por favor—digo abrazándolo—. Manténgase juntos y llámenos cualquier cosa que necesiten.
—Lo haremos, Ab—responde—. No te preocupes, todo irá bien. Recuerda siempre retener lo bueno de las situaciones. Si esto llegó a tu vida, es porque estás lista para enfrentarlo. No tengas miedo.
—Gracias, Lucas. Muchas gracias—lo abrazo una vez más.
—Ya tenemos todo solucionado en la academia también—dice Marco—. He contratado una maestra para reemplazarte y Lucas se quedará al frente de todo por ahora.
—Eso me llena de tranquilidad—suspiro—. Sólo espero que esto sea temporal. Amo mi clase y esos chicos han sido mis mejores alumnos hasta el momento.
—Buscaremos la manera de solucionar todo esto, mi amor—responde tomando mi bolso de mano y mirando su teléfono—. Ha llegado la hora, debemos irnos.
Bajamos todos juntos a la calle. Acomodamos las maletas en el auto y nos despedimos por última vez.
—Nos veremos pronto—digo abrazando a ambos—. Los quiero muchísimo.
—Y nosotros a ti—responde Mimi acercándose a Marco—. Oye, no te pido que la cuides porque ya sé lo valiosa que es para ti. Solo procura no dejarla sola.
—Tranquila. La famiglia siempre será lo primordial para mí—contesta con ese bello acento italiano—, y Abril es parte de ella.
—Ahora sé libre y vuela lejos, bailarina en apuros—dice Luc sonriendo—. Que tengan buen viaje.
Asiento y subo al auto. Marco enciende el motor y abrocho mi cinturón. Limpio la ventana empañada por el frío y miro como mi amiga derrama algunas lágrimas. Le hago muecas para que no llore más y sonríe haciéndome saber que estará bien.
—¿Lista? —acaricia mi mano y asiento para que arranque.
Tomamos la Bd Périphérique rumbo al aeropuerto Charles de Gaulle. Observo las calles de París por última vez. Todo está en calma y no hay mucha gente afuera; la ciudad apenas acaba de despertar. Tomamos la A1 hacia Lille y nos desviamos en la salida 6 rumbo al aeropuerto. Antes de llegar a la terminal, Marco se desvía de la entrada principal y se dirige a otra sección más privada.
—Ya estamos por llegar—dice bajando la velocidad y deteniéndose frente a un gran portón gris que supongo conduce hacia la pista de despegue.
Un oficial se acerca y nos pide nuestros documentos antes de dejarnos pasar.
—Bonjour. Pasaportes, por favor.
Marco le da nuestros documentos y comprueba que los datos concuerden en su escáner digital.
—Merci, pueden pasar—responde muy amable—. El jet está a unos treinta minutos de su despegue. Que tengan buen viaje.
—Merci beaucoup—expresamos al unísono.
—Dejaremos el auto aquí—dice estacionándose a un costado de la entrada—. ¿Nerviosa?
—Un poco—sonrío—. Ten en cuenta que nunca he viajado en un jet.
—Te gustará, son muy agradables—me da un beso en la mejilla y baja para sacar las maletas.
El portón se abre poco a poco revelando la enorme pista. A lo lejos se encuentra un hermoso Jet estacionado. Es de un color crema bastante elegante. No obstante, lo que más llama mi atención son las letras doradas con el apellido Pirone a los costados. Resaltan con los rayos del sol. Cierro el auto y agarro las pocas maletas que tengo. Entrelazo mi mano con la de mi bello novio italiano y caminamos hacia el jet. Sonrío al ver como con cada paso, el avión se vuelve aún más grande y hermoso. En las escaleras alfombradas hay dos personas esperando por nosotros. Al parecer, Marco los conoce dado que ha alzado los brazos gritando sus nombres.
—¡Buongiorno! qué bueno verlos de nuevo después de tanto tiempo—les da un abrazo y sonríe—. Les presento a Abril Maccali, la mia ragazza.
—Mucho gusto—digo sonriendo y dándole la mano al que supongo debe ser el piloto. Es un hombre algo mayor, de cabello canoso y ojos azules.
—Oh, un piacere, señorita. Soy Jack Mancini, piloto de este bellissimo jet y un viejo amigo del señor Roberto Pirone—responde regalándome una cálida sonrisa.
—Y yo soy Marta, su azafata de vuelo—dice la mujer de apariencia impecable—. È un piacere.
—Gracias, el placer es todo mío—digo sonriendo.
—Ya está todo listo, señor Pirone—dice Jack—. En diez minutos podremos despegar si así lo desea.
—Grazie mille, Jack. En un minuto subimos.
—Con permiso—nos hace una seña con su gorra y sube al jet junto a Marta.
—¿Estás lista para dejar Paris, amor mío? —acaricia mi mejilla y me toma de la mano.
—Lista, mi ragazzo—sonrío nerviosa—. Subamos.
Miro por última vez la pista y subimos por las pequeñas escaleras. He de confesar que nunca había estado en uno de estos aviones, mucho menos me habría imaginado poder viajar en uno, pero esta máquina es un sueño. Tiene cuatro asientos de cuero en color crema, almohadas a juego y televisores en cada lado. Hay un mini bar al fondo, pequeñas mesas de color marrón y un sofá para dos personas. Me siento junto a la ventana y recargo mi cabeza en la almohada. Si, esto es bastante cómodo.
—Les he traído café, agua y unos croissants—dice Marta sirviendo todo en las mesitas.
—Gracias, Marta. Eres muy amable—digo y tomo un sorbo del espumeante café. Vuelvo a recargar la cabeza en la almohada y aprieto el botón plateado junto al asiento para abrir las persianas.
—Me gusta verte relajada—dice esa voz que tanto amo—. Ya estamos por irnos de Paris.
«Ay, Paris. No quiero despedirme de ti» pienso con un hilo de melancolía. Supongo que a nadie le gustan las despedidas, pero a veces son necesarias. Los pocos meses que estuve en esta ciudad me enseñaron mucho. No obstante, no puedo creer que esté sentada en este avión rumbo a Italia, llena de miedo y angustia por lo que pueda pasar ahora que Mauro ha regresado. Ha arrasado con la poca paz que sentía, con la seguridad que había obtenido. Sin embargo, cuento con personas en las que siempre puedo y podré confiar. Marco Pirone es una de ellas.
Verlo tan tranquilo en su asiento, tomando café mientras revisa su teléfono; calma a mi preocupado corazón. Sus ojos se cruzan con los míos asegurándome que todo estará bien.
—Gracias por todo lo que estás haciendo, Marco. Si no estuvieras conmigo, no sé qué habría hecho—aprieto su mano, beso su mejilla y me recargo en su hombro—. No quiero separarme de ti.
—Bella mía, nada ni nadie impedirá que estemos juntos para siempre—dice besando mis labios, llenándome de amor y de esperanza.
—Tienes razón. Nada ni nadie podrá impedirlo—digo cerrando los ojos.
La voz de Jack se escucha desde la cabina solicitándonos abrochar nuestro cinturón. El avión se mueve despacio, acomodándose en la pista de despegue. Marco agarra mi mano y sonrío para que sepa que estoy bien. En menos de un minuto, tomamos vuelo y al fin despegamos. Miro la ciudad por la ventana, el cielo azul de la mañana y no puedo evitar suspirar.
Au revoir, Paris—susurro con un nudo en la garganta—. Hasta pronto.